La piel del tiempo

Por Juan Villoro, escritor (EL PERIÓDICO, 17/10/08):

Los archivos de la policía ofrecen una literatura perversa. En su momento tienen lectores secretos, casi siempre paranoicos. Luego son bombas de tiempo: su impacto puede ser más peligroso que las armas.
Milan Kundera acaba de ser acusado de delatar a un disidente. ¿Se trata de una ficción? De ser así, su estilo es el de un realismo kafkiano. De acuerdo con el informe 624/1950 hallado en el Ministerio del Interior checo, el 14 de marzo de 1950, a las cuatro de la tarde, Kundera se presentó ante la policía para advertir que el piloto desertor Miroslav Dvorácek había regresado al país y tenía cita con una mujer. Dvorácek fue arrestado en el vestíbulo del edificio donde vivía la chica y pensó que ella lo había delatado. Durante 14 años trabajó en una mina de uranio. En las carpetas de la policía figuraba otro nombre para el delator: el novelista nacido en Brno el 1 de abril de 1929.

LOS PERIODISTAS que exhumaron los datos no han podido entrevistar a Kundera, quien niega los hechos. Más allá de la posible culpabilidad del autor, dos temas llaman la atención: la fuerza que una herida conserva a través del tiempo y la capacidad de la realidad para calcar la obra de un escritor.
Después del fracaso de la Primavera de Praga, Kundera consideró que su escritura solo podría prosperar en el exilio. Una frase de Rimbaud, “la vida está en otra parte”, le dio el título de una novela y un lema de conducta. En 1975 se estableció en París y convirtió su desarraigo en el nervio conductor de su obra.
De 1981 a 1984 viví en Berlín Oriental y solía pasar los fines de semana en Praga, donde vivía Sergio Pitol. Si en Europa Occidental Kundera era visto como el explorador de la libertad en las tinieblas del comunismo, en Checoslovaquia gozaba de menor jerarquía que Bohumil Hrabal, cuyas novelas eran menos programáticas y más lúdicas, y que Václav Havel, el dramaturgo que entraba y salía de la cárcel con sus discos de Velvet Undergound. Kundera había sido estalinista, apoyó las renovaciones de Dubcek y finalmente optó por un individualismo ajeno a toda militancia.
Havel y Kundera polemizaron en torno a la Carta 77 enviada por intelectuales al presidente Husak. El autor de La broma se negó a firmar porque repudiaba el “exhibicionismo moral”. La carta no cambiaría la realidad; sólo tranquilizaría a los disidentes.

ESTA DISCUSIÓN es el núcleo de Rock ‘N’ Roll, la extraordinaria obra de teatro de Tom Stoppard, que se presenta en Barcelona en la brillante puesta de Àlex Rigola. Nacido en Checoslovaquia, Stoppard recupera 40 años de historia a partir de la figura de Jan, un checo que estudia filosofía en Cambridge, se aficiona al rock hasta tener las canciones inyectadas en las venas, vuelve a Praga a luchar por transformaciones contraculturales, es víctima de delaciones, repudia el marxismo, padece cárcel y es testigo de la Revolución de Terciopelo. Con brío inaudito, Stoppard describe la actitud de un comunista inglés ante las malas noticias del Pacto de Varsovia, traza varias historias de amor y plantea el dilema de la ética individual ante la razón de partido. Las actitudes de Havel y Kundera se contrastan; en cierta forma, Jan comienza compartiendo el individualismo del novelistas y acaba entregado a la resistente obra de teatro que el dramaturgo monta en la realidad. Después de la trilogía The Coast of Utopia, que se ocupa de la vida intelectual en los orígenes del movimiento socialista, Stoppard quedó listo para discutir el entramado de su propia época.
El caso de Kundera ofrece un paralelismo fascinante con la obra Rock ‘N’ Roll. En un ensayo sobre Kafka, el novelista comenta que en las sociedades totalitarias el delito antecede a la culpa. La víctima es condenada de antemano y obligada a indagar su propio delito. Esta inversión de la justicia determina tanto la novela El proceso como los juicios de Moscú.

EN SU OBRA, Kundera opta por otra estrategia. Sometidos a impulsos eróticos y fanatismos ideológicos, sus personajes aman o traicionan por causas sensuales o políticas de las que no siempre son conscientes. Los poetas líricos pueden ser cómplices de la tortura.
Volvamos al expediente 624/1950: una chica aguarda a su hombre en un edificio; otro personaje –su futuro marido– tiene un amigo, llamado Milan, que delata al visitante y así lo saca de la jugada. ¿Un triángulo amoroso resuelto en clave política? Toda la literatura de Kundera se inscribe en ese gesto. Esto en modo alguno lo declara culpable; no se trata de criminalizar al autor con nuestra lectura, lo cual sería un triunfo póstumo de la policía comunista. Lo interesante es que Kundera estuvo cerca de una situación así y la convirtió en la sustancia obsesiva de su literatura.
El padre de Stoppard fue médico y murió en la segunda guerra mundial. En una ocasión, el dramaturgo conoció a un paciente de su padre. Tenía una cicatriz en la muñeca, la huella de una incisión practicada por el cirujano. Es el único legado que el hijo ha visto de su padre: una tenue cicatriz, la piel del tiempo. Contra el olvido, escribió su poderosa Rock ‘N’ Roll. Más allá del desenlace personal de Kundera, queda claro que la literatura toca heridas que no cierran.