La poción mágica

Por Fernando Savater, catedrático de Filosofía de la Complutense de Madrid (EL PAÍS, 27/02/03):

A lo largo de la historia ha habido diversos brebajes maravillosos, capaces de tonificantes milagros en quienes los consumen pero cuya composición permanece misteriosa. Robert Graves fantaseó sobre el kykeon que tomaban los iniciados en Eleusis, aunque no parece demasiado de fiar; en cuanto a la poción mágica que da vigor a Asterix y compañía, sólo el druida Panoramix sabe sus ingredientes exactos y se los calla, con buen criterio; también permanece secreta la fórmula magistral de la coca-cola y los grandes barmen suelen negarse a divulgar las recetas exactas de sus mejores cócteles. De modo que nada tiene de raro que hasta hace poco el mundo mundial haya desconocido de qué se compone el arrollador bebedizo gracias al cual los nacionalistas logran siempre ganar las elecciones en el País Vasco. Sólo últimamente se ha ido desvelando este misterio, hasta el punto de que ya podemos ofrecer al público curioso algo más que conjeturas al respecto.

Aún no podemos establecer la dosificación exacta, pero sí nombrar los dos ingredientes fundamentales de esta poción mágica: uno de ellos es la democracia y otro el terrorismo. Por separado, ninguno de ellos basta para garantizar la hegemonía permanente de los nacionalistas ni mucho menos que puedan sacar adelante en un corto plazo sus proyectos soberanistas. La sola democracia ofrece indudables posibilidades, pero también serias cortapisas constitucionales; además, pese a exilios y desestimientos, la mayoría nacionalista -cuando la hay- es precaria y siempre bajo la amenaza de que, si desaparece el miedo, cambien de voto muchos de los hoy afectos por oportunismo o resignación. El terrorismo tiene su punto y logra éxitos parciales, pero es inimaginable que consiga algún día derrotar en toda regla a las fuerzas armadas del Estado: más bien parece evidente que ya ha entrado en una irreversible cuesta abajo y que, si bien tiene aún peligro, carece de futuro. Sin embargo estos dos elementos separados e insuficientes, cuando se combinan, producen un cóctel formidable. Desde luego el terrorismo no “ayuda” a la democracia en el País Vasco, pero colabora a que los nacionalistas que se acogen a ella la consideren insuficiente y propongan como remedio a la violencia ir más allá de sus normas actuales, lo que coincide casualmente con su propio proyecto. También sirve para que puedan dar lecciones de democracia, denunciando las medidas antiterroristas como cortapisas a las libertades generales. Como ETA no coarta su libertad política, sino la de la oposición, se quejan de que se empleen medidas políticas y legales extraordinarias para acabar con un mal que a ellos no se lo parece tanto como cuentan los afectados. Por lo visto, el único modo “liberal” de combatir al terrorismo es ir haciéndoles graduales concesiones institucionales, hasta que ya no tengan que molestarse en seguir matando para conseguir el resto.

Aún mejor complicidad representa la violencia cuando se aproximan elecciones, como las municipales que tenemos en puertas. PNV, EA y IU (no olvidemos a IU) ejercitan su perfecto derecho democrático a presentar sus listas, hacer campaña electoral y recorrer el país en busca de votos. ¿Qué culpa tienen ellos de que quienes se les oponen no puedan hacer lo mismo? Si los demás no pueden completar sus listas, por que no todo el mundo está dispuesto a jugarse la vida por ser concejal, que las rellenen con gente de fuera. Ellos se limitarán simplemente a hacer constar que esos candidatos no son vascos ni han pisado nunca esta tierra: ¡que les vote quien quiera! Y si los mítines electorales de PP y PSOE resultan casi inviables, porque ETA los ha declarado explícitamente objetivos militares, a ellos que no les pidan cuentas, que bastante tienen con preparar los suyos. Y si los votantes no nacionalistas se marchan del país, hartos de un clima de coacciones y vejaciones, pues qué le vamos a hacer. Quienes les votan a ellos están en cambio muy contentos. Cuando al día siguiente de los comicios se vea que han vuelto a ganar, eso lo único que demostrará es lo acertado de su estrategia y el gran apoyo con que cuenta el plan Ibarretxe. En cambio, a los que tensionan y crispan, las urnas les habrán vuelto a pasar factura… Y la poción mágica que proporciona poder surtirá de nuevo efecto. Puestas así las cosas, resulta natural que cuando el Comité de las Regiones de la Unión Europea ha decidido convocar una audiencia extraordinaria en su pleno de abril para apoyar a los concejales vascos amenazados, los intentos de entorpecer la medida o de retrasarla por lo menos hasta junio -después de las elecciones- hayan venido de Jose María Muñoa, comisionado del lehendakari en ese organismo. No conviene que en Bruselas se enteren de que quienes más dan la lata con la Europa de las regiones rigen precisamente la región europea con menos normalidad democrática.

La reacción nacionalista ante las detenciones de los directivos de Egunkaria y el cierre cautelar del periódico son también muy significativas. Puede discreparse de la medida y deplorarla, pero resulta por lo menos sospechoso convertirla en un ataque a la cultura vasca, al euskera y a la libertad de expresión. En primer lugar, porque el juez no ha cerrado el diario por el contenido de sus artículos (al día siguiente salió otro a la calle con el mismo tipo de colaboraciones) sino por sus presuntas vinculaciones empresariales con la banda terrorista. En segundo lugar, porque -si las acusaciones resultasen probadas- los que están haciendo un flaco servicio al euskera son quienes lo ponen al servicio de ETA. La verdadera amenaza hoy para esa lengua no es que en nombre del antiterrorismo se ataque al euskera, sino que en nombre del euskera se ampare al terrorismo. Por ello sería muy oportuno que los escritores que se han movilizado en apoyo de Egunkaria mostrasen el mismo celo para denunciar que en la tradicional korrika anual a favor del vascuence sólo se vean pancartas y camisetas a favor de los presos y nunca ninguna contra ETA, pese a que varias de las víctimas -la última, sin ir más lejos- fuesen euskaldunes. ¿O acaso se respeta a una lengua matando a quienes la hablan? Tampoco falta la misma manipulación en otros actos culturales. En el último encuentro de bertsolaris, que tuvo lugar hace pocas semanas y fue televisado, pudo escucharse a Xabier Amuriza -uno de los participantes más destacados- versificar así sobre el tema de las personas que llevan escolta: “Yo te preguntaría una cosa a ti, escolta que estás ahí / ¿Ya sabeis qué somos nosotros?/ ¿Y sabrás tú también cuánto te pagan por proteger a unos criminales?”. No conozco ningún comentario de los defensores de la cultura vasca sobre esta descarada apología de la barbarie.

Como “¡Basta Ya!” lleva tiempo denunciando esa pócima formada por democracia y terrorismo, se ha convertido en el enemigo público número uno para los nacionalistas. Arzalluz asegura que nuestras críticas equivalen a tomar las armas y nos acusa de crear un clima propicio a la guerra sucia. De este modo, queda convalidado que la próxima vez que maten a alguno de nosotros será un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Y el mismo dirigente peneuvista declara indignado que nuestro propósito es desplazar de las instituciones al nacionalismo. ¡Naturalmente que sí! Sería muy sana una alternancia semejante para probar que en el País Vasco también pueden gobernar quienes están amenazados directamente por el terrorismo y a pesar de ello. A lo mejor no lo hacían peor que los que ahora mandan. En la manifestación contra el cierre de Egunkaria participaron tres consejeros del Gobierno vasco, los de Educación, Cultura y Justicia. ¿Será casualidad que sean las tres cosas de las que andamos menos sobrados?

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