La política, a la luz de Montaigne

Faltos de proyectos vitales que nos movilicen, y hartos de circunloquios mostrencos que nos paralizan, con un lenguaje académico que supura endogamia esterilizante, nunca como ahora recobran y reclaman su protagonismo los clásicos. Por todos, Montaigne, que nos dejó en herencia el venero inagotable de sus «Ensayos», «un soliloquio deleitoso acerca de cualquier tema casual que pasa por su cabeza», en expresión de Ralph Waldo Emerson. Inagotable deleite y lección insuperable que, en todo tiempo, proyectan la luz del gran humanista, tanto sobre la aventura personal de cada uno de nosotros como sobre el escenario público en el que ineludiblemente nos movemos, las tablas que fugazmente pisamos. En esos dos planos, individual y colectivo, sólo la libertad es garantía de nuestra dignidad de actores y de la calidad de la representación, de la obra en que, con mayor o menor acierto, acabamos interviniendo.

Como hombre libre, Montaigne era extremadamente prudente y receloso del compromiso. «Hay que administrar la libertad de nuestra alma, no hipotecándola más que en ocasiones justas, las cuales, si juzgamos cuerdamente, son muy pocas. Las gentes están hechas a dejarse arrebatar por lo pequeño y lo grande, por lo que les importa y por lo que no. Se ingieren indiferentemente doquiera que haya obligación y tarea, y están sin vida cuando están sin agitación», nos dice. Algo de eso nos pasa también a nosotros, así cuando enajenamos nuestra libertad, en una democracia contemporánea, a la hora de emitir nuestro voto, cualquiera que sea su alcance. Es inconcebible que, salvo obsequiosos maestrillos orgánicos, alguien se atreva a poner un supuesto principio de disciplina partidaria u ortodoxia ideológica por encima de la libertad personal del votante, el ciudadano que, de modo irrestricto, dispone, en un acto cualificadamente voluntario, de su intransferible depósito de libertad. Con quien vota cabe previamente el diálogo y el pacto, pero no la claudicación impuesta por una circunstancial nomenclatura.

La política no puede convertirse en un saldo menor, en una cínica almoneda de libertades, de la que siempre traen causa la corrupción y el envilecimiento colectivos. Montaigne vuelve sobre lo ya advertido, aunque de un modo más preciso: «La mayoría de las personas libres abandonan, a cambio de pequeñas ventajas, su libertad, vida y ser en manos y poder de otras». A esto algunos lo vienen llamando «contrato social». No, amigos, hay que hacerse valer, por dignidad y porque nuestra vida, la vida, es por antonomasia, como decían los viejos romanos, un bien «extra commercium», el mayor de los que disponemos, frágil e irremplazable siempre. Los menestrales biempensantes, siempre políticamente correctos, no carecen de buenas intenciones. Pero Montaigne nos descubre, cuando se ocupa de la libertad de conciencia, que «es habitual que las buenas intenciones, si no se gobiernan con moderación, lleven a los hombres a viciosísimos efectos». Porque «el hombre, en su todo y en sus partes, es siempre mixtura y abigarramiento». De ahí la necesidad de reconocer y preservar la libertad de cada uno porque, desde la atalaya de la nuestra, en palabras de nuestro clásico, «no debemos juzgar lo que es posible y lo que no lo es con arreglo a lo verosímil o inverosímil de nuestros sentidos».

Hay que acercar, por ello, nuestra perspectiva a la de los otros, dejar que se confunda con la suya, con humildad y sin imposiciones, aun con el riesgo de que el paisaje compartido no sea el deseado por cada uno de nosotros.

Claro José Fernández-Carnicero González, jurista.

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