La política como «fake»

La crisis catalana ha puesto de moda la política-fake. Barack Obama cultivó la política-ficción, Donald Trump y Nigel Farage apostaron por la política-reality, y Puigdemont y Junqueras han acabado por consagrar la política-fake. El fake es una falsificación que se usa con frecuencia en las redes sociales para suplantar la realidad. La política-fake no suplanta la realidad, sino que la ignora. Los que producimos ficción sabemos que las historias tienen que ser verosímiles para ser creídas por el público. Ahora, sin embargo, todo vale: el exilio-instagram, el referéndum todo a cien, la épica del selfie made man, los clips-maidán, los spoilers-kosovo, la justicia-skype, la economía-Monopoly, la república-twit o la independencia de la señorita Pepis. A veces la vida imita a la mala televisión y la política a los peores fakes. Cataluña ha salido perdiendo tras cinco años de procés, pero eso es lo de menos, porque los datos no importan. Cuando la fuerza de la razón deja paso a las emociones y los sentimientos se desbocan, hasta una verdad tan obvia como que las papeletas se fabrican en casa, pero los billetes no, tiene dificultades para ser entendida y asimilada. No importan las cuentas, sino los cuentos.

Recordaba Billy Wilder que si la leyenda es más importante que la verdad hay que publicar la leyenda. Lo malo es que en la era de la modernidad líquida, la política-fake no se publica, sino que se viraliza. Son los tiempos de la posverdad. O sea, de la mentira, la que repetida miles de veces se convierte en propaganda y dogma de fe, pues el independentismo es un nuevo credo. La raíz religiosa del movimiento y su fe ciega en un paraíso que no existe es obvia. Hasta el punto de que ya no se fabrican ideas, sino mantras que acaban por convertirse en los nuevos mandamientos: España nos roba, Cataluña es una colonia, Europa nos necesita, el mundo nos mira, Franco ha vuelto, etcétera. Como el enamoramiento, la política-fake también tiene algo de enajenación mental transitoria. Es obvio que la religión y el amor/pasión son las dos pulsiones que mejor explican y adjetivan el hiperventilado movimiento independentista.

Decía Wallace Stevens que uno no vive en una ciudad sino en su descripción. En este caso, podríamos decir que la política-fake no vive en una nación, sino en su circunvalación, que en este caso es una nube. La que ha construido el soberanismo en su imaginario resulta claramente desmedida y disparatada. Un país que considera traidor a Serrat y fascista a Isabel Coixet tiene que hacérselo mirar. El paralaje es un fenómeno que consiste en que cuando un observador se desplaza, el horizonte se modifica. Uno de sus actores más extremos fue Don Quijote. Puigdemont tampoco le va a la zaga; lo que pasa es que, en lugar de confundir los molinos de viento con los gigantes, confunde el horizonte con un decorado y lo mueve a discreción según sopla la tramontana. Hace un par de semanas, por ejemplo, fue Hamlet por unas horas en la Dinamarca del Sur y quiso convocar elecciones, lo cual es una excelente noticia porque significa que al menos tuvo un momento de duda. Si no metódica, al menos centrífuga. Y dudar es bueno. Lejos de ofender, enriquece. Pero la política-fake duda poco. De humor, sin embargo, anda sobrada. Hasta el «Financial Times» se ha tomado a broma la internacionalización del conflicto y ha apostado por la risa para abordar todo este desvarío. El día menos pensado va a pedir que le lleven la jueza a domicilio como si fuera una pizza. Puro Gila. Por si fuera poco, Junqueras ha afirmado que hay que ir a votar para que gane el bien sobre el mal, lo cual nos deja ya a la puerta de «La guerra de las galaxias». Darth Vader con barretina. Llegados a este punto, las leyes dan igual, incluso la de la gravedad.

Da la impresión de que, como poco, los soberanistas han optado por una voluntaria suspensión de la incredulidad, que es como llamó Coleridge al mecanismo que usamos los lectores cuando nos enfrentamos a una obra de ficción. Por eso el procés se ha convertido en una película. Una película que nos va a salir muy cara. Como la afición no pide resultados, se trabaja más para la galería de las redes sociales que para mejorar el bienestar de los ciudadanos, que es el primer objetivo de todo gobernante serio. A fin de cuentas, alquitranar carreteras y poner aceras es muy aburrido. Frente a la política-Bartleby de Rajoy (preferiría no hacerlo), la política-fake del soberanismo parece una rama de la literatura fantástica. De otro modo no se entiende que se hayan fugado más de dos mil empresas y que nadie haya dimitido. Por no hablar del nulo reconocimiento internacional de la DUI.

Política-fake es proclamar la república y no tener siquiera preparados unos pinchos para los invitados. En un país civilizado, los protagonistas de tal fake se hubieran ido a casa y sus seguidores los hubieran jubilado de por vida. Pero aquí no dimite ni el apuntador ni los palmeros. Al revés, en los tiempos de la política-fake los causantes de tal erial pasan por ser unos héroes. Demasiados por metro cuadrado. Hasta el punto de que Rufián y Dante Fachin figuran en el reparto. Vuelven Esteso y Pajares. Otra de cine de barrio. Macron reconoció en su reciente visita a la Guayana que no era Papá Noel. Como solo soy amo de casa, ignoro el tiempo que pasará hasta que algún héroe de verdad tenga el valor de decirle a toda esta gente que no existen los Reyes Magos. O al menos reconocer que la independencia es como un Porsche: el coche que todo el mundo desea, pero que nadie necesita. Como diría Monsiváis, o ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba entendiendo. Que la fuerza (del seny) nos acompañe.

José María Besteiro, periodista y productor de Televisión.

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