La política de la ambigüedad

Por Julia García-Valdecasas, ministra de Administraciones Públicas (LA VANGUARDIA, 30/12/03):

En estos días se han multiplicado los análisis sobre lo acontecido en Catalunya tras las últimas elecciones autonómicas y sobre las consecuencias que pueden derivarse del llamado “pacto de izquierdas”. Los resultados de las elecciones catalanas, y sobre todo los resultados de la negociación de gobierno posterior a ellos, merecen ciertamente una reflexión.

Si bien los pactos de gobierno son completamente legítimos, éste no ha aparecido ante la opinión pública catalana como un pacto para gestionar y gobernar –no se habla de propuestas de acción política en positivo–, sino más bien como una contienda política. Incluso hay quien ha calificado las negociaciones como una puja o una subasta o, simplemente, un reparto de poder.

Es evidente que las dos formaciones cuyos líderes se presentaban como opciones de gobierno, PSC como alternativa y CiU desde la Generalitat, son las que han protagonizado el mayor desgaste y fracaso respecto a sus pretensiones. Maragall no llegó a superar a Mas y CiU ha perdido el gobierno de la Generalitat tras el pacto tripartito. La ambigüedad de su mensaje y su definición, más que a favor de Catalunya en contra de un abstracto Madrid, encarnación de todos los males y excusa para las carencias propias, han tenido probablemente sus consecuencias.

El ascenso de Esquerra Republicana puede deberse, en buena medida, a la propia radicalización de CiU y del PSC, que han creado un problema ficticio en la sociedad catalana. Su constante oposición al que algunos llaman “Gobierno de Madrid”, que no es tal sino el Gobierno que la mayoría de los españoles ha elegido democráticamente, lejos de suponer réditos políticos ha supuesto un fracaso electoral para las formaciones que lo han practicado, ya que han perdido cada uno de ellos diez diputados.

He constatado que, en muchas ocasiones, en Catalunya no llega lo que se hace o se dice desde el Gobierno, sino una lectura sui géneris de lo que algunos interpretan que dice o hace el Gobierno. Un ejemplo es la curiosa lectura de las elecciones catalanas, demostrativa una vez más de la incapacidad de autocrítica existente, que he escuchado a determinados líderes políticos respecto a que José María Aznar es “culpable” del incremento en votos de Esquerra Republicana. Los que han gobernado durante veintitrés años manejando los hilos del poder, ya sea desde el Ayuntamiento o desde la Generalitat, no pueden esgrimir como argumento de sus resultados que son consecuencia directa de las políticas establecidas por el Gobierno del Estado, ya que tal argumentación carece de toda lógica.

Baste otro ejemplo de la intervención en el mensaje cuando Esperanza Aguirre obtiene la confianza democrática de una amplia mayoría en la Comunidad de Madrid, en Catalunya un medio de comunicación abrió su emisión con el siguiente titular: “Esperanza, obligada a gobernar en solitario”. Es decir, un éxito electoral se convierte subliminalmente, a través de estos mensajes, en una situación peyorativa. Es evidente que el mensaje del presidente del Gobierno, claro y rotundo, de respeto al resultado producido en unas elecciones democráticas se traslada a Catalunya desde el filtro acomodaticio de quienes creen que es más fácil ganar la confianza de los electores sacando fuera de Catalunya los problemas y dispersando las responsabilidades.

Pero hay hechos objetivos que, por mucho que no se quieran reconocer, son lo que son: el ascenso de Esquerra Republicana sólo puede encontrarse en el fomento del nacionalismo radical por parte de Convergència i Unió, en una especie de “laissez-faire, laissez-passer”, que debe llevar a todas las formaciones políticas a la reflexión.

La sociedad catalana de hoy, después de veinticinco años de apuesta constitucional, no entiende los mensajes desorientados; y sí entiende que todos hemos podido progresar dentro de esas reglas del juego que, por no representar ninguna ideología política, han podido serlo de todas y de todos los españoles. La ambigüedad, en política como en otros ámbitos de la vida, tiene sus consecuencias. Y sorprende que se hable de “gobiernos de unidad” cuando lo que se ha planteado desde un principio es un pacto de exclusión.

Significativa es la lectura del pacto de gobierno sellado, denominado pacto de unidad, cuando se afirma: “Los partidos firmantes del presente acuerdo se comprometen a no establecer ningún acuerdo de gobernabilidad (acuerdo de investidura y acuerdo parlamentario estable) con el Partido Popular en el gobierno de la Generalitat. Igualmente estas fuerzas se comprometen a impedir la presencia del Partido Popular en el gobierno del Estado y renuncian a establecer pactos de gobierno y pactos parlamentarios estables en las cámaras estatales”. ¿Cómo se compagina este pacto con una oferta de diálogo?

Puedo entender la aspiración de gobernar de cualquier formación política, que me parece perfectamente legítima, pero lo que no puedo entender es que esa aspiración se base en la exclusión y en el rechazo, y no en un deseo de mejorar la realidad catalana y la calidad de vida de los catalanes. Personalmente, he sufrido la amenaza del terrorismo por cumplir con mis responsabilidades en la Delegación del Gobierno en Catalunya, e incluso , con un comando de ETA operando en Catalunya, las expresiones de un foro en la web de las juventudes de Esquerra Republicana, que mante-nía enlace con la web de Jarrai y una página para fabricar explosivos, y que contribuyó a difundir esa amenaza: “Valdecasas, pim, pam, pum, no tienes derecho a la vida”.

Sé que no es ésta la política que quiere hacer ERC ni creo que se sientan orgullosos de que se les haya utilizado, pero lo que no puedo entender, ni creo que la mayoría de los catalanes entienda, es que nunca haya recibido una explicación de Carod-Rovira u otro líder de esta formación por lo que se difundió en sus páginas de Internet.

Hoy existen dos discursos por parte del Gobierno catalán, uno más discreto y suave en Catalunya y otro mucho más beligerante fuera de ella. Parece como si se intentara provocar respuestas aceradas y así poder afirmar que el Gobierno del Estado no es dialogante. Prueba de ello son algunas de las últimas declaraciones realizadas por el señor Carod-Rovira en medios de ámbito nacional, en las que ha llegado a afirmar que “España no sirve para muchos catalanes por tratarse de un Estado antipático”, reflexión cargada de “profundidad y plena creación”.

El pasado mes de octubre Jordi Pujol escribía en una publicación de la Generalitat, “Cataluña hoy”, que los estudios de opinión permiten constatar la existencia de imágenes negativas y recelos sobre Catalunya, apreciadas fundamentalmente en aquellos que no la conocen directamente, mientras que quienes llegan a conocer su realidad pueden afirmar que Catalunya es tierra de acogida. Es difícil no ver que está ocurriendo precisamente esto respecto a la imagen de España en Catalunya, que al ser filtrada y deformada convierte en recelosos a quienes nunca lo han sido.

Creo que Catalunya es, de verdad, tierra de acogida, generosa y solidaria, con empuje y dinamismo social. Ese espíritu abierto nos ha permitido siempre progresar a los catalanes y ser emprendedores y activos. Nada más lejos que esa exclusión y ese recelo que propician algunos equivocadamente. La sociedad catalana les va a decir que no está en ese planteamiento ni desea un futuro de aislamiento y de insolidaridad que sólo puede perjudicar los intereses de Catalunya y frenar su progreso.