La política de la frustración

Ralf Dahrendorf, miembro de la Cámara de los Lores, ex comisario europeo de Alemania y ex rector de la London School of Economics (LA VANGUARDIA, 16/10/05).

¿Es cierto que la extrema pobreza alimenta la violencia y, finalmente, la revolución? Muchos lo creen así, e intentan explicar fenómenos como las insurgencias guerrilleras y el terrorismo islámico en esos términos.

Sin embargo, Karl Marx y Alexis de Tocqueville, los dos grandes analistas sociales del siglo diecinueve, sabían mejor lo que mueve a las personas y lo que hace cambiar las sociedades. La extrema pobreza genera apatía, no rebelión. A lo más, los muy pobres pueden ser utilizados para ocasionales demostraciones de furia, pero no son el material del cual los terroristas o los revolucionarios están hechos.

Un grupo mucho más importante en cualquier sociedad son quienes han comenzado a avanzar a nuevas condiciones de vida, pero encuentran bloqueado su camino. Sus deseos y ambiciones no son poco realistas si se consideran las circunstancias, pero se ven frustrados. Las cosas no avanzan tan rápido como lo desean, o no lo hacen del todo, debido a condiciones que no controlan. Las oportunidades existen, pero no se pueden aprovechar ni hacer realidad.

Este grupo, no los desesperadamente pobres y desvalidos, forma la gran fuerza movilizadora de protestas violentas y, en último término, de cambios de envergadura.

La política de la frustración ha sido particularmente evidente en el mundo poscomunista durante los últimos quince años. La mano dura del régimen de la nomenklatura desapareció, y la visión de una nueva vida como la de las sociedades abiertas del Occidente parecía real. Sin embargo, de hecho las cosas fueron peores, al menos al principio. La ruta a la prosperidad y la libertad no era un camino sin obstáculos. Por el contrario, llevaba a un valle de lágrimas.

La gente reaccionó de varias maneras. Quienes tuvieron la oportunidad emigraron, primero a los centros de progreso económico de sus países nativos, y luego hacia el exterior, a países y lugares donde el nuevo mundo se pudiera encontrar de inmediato. Quienes se quedaron comenzaron a votar de modos extraños. Por ejemplo, eligiendo a los sucesores de los viejos partidos comunistas de los que tan gustosamente se habían deshecho hacía sólo un par de años atrás.

A pesar de todas sus debilidades, la Unión Europea ha ayudado inmensamente a los países poscomunistas de Europa del Este y el Sudeste. Hizo soportable el valle de lágrimas, al ofrecer ayuda financiera y de otros tipos, y al mantener la promesa de la membresía y la prosperidad económica en el futuro cercano. Lo que es igual de importante, si la UE no hubiese apoyado la creación de una infraestructura administrativa y social para la libertad, podría haber habido un retroceso incluso más serio de tintes comunistas e incluso fascistas en Polonia, Hungría y otros países.

Si bien la política de la frustración fue controlada de esa manera en el mundo poscomunista, irrumpió con tonos de venganza en el mundo islámico. Aquí el fenómeno tampoco tuvo nada de novedoso. Con el inicio de la modernización, millones de personas quedaron desarraigadas de sus comunidades y modos de vida tradicionales. En particular, los hombres jóvenes vieron la perspectiva de una vida más semejante a la que se les presenta a través de la televisión occidental.

No obstante, pronto descubrieron que hacerla realidad requeriría un viaje más largo y arduo de lo que habían previsto. De hecho, tomaría al menos una generación, durante la cual habría que hacer gran parte de los esfuerzos de la vida moderna, mientras sus frutos seguirían siendo esquivos.

Las generaciones anteriores pueden haber estado más dispuestas a aceptar la carga de trabajar y esperar, pero hoy la gente quiere resultados inmediatos. Si los beneficios no se hacen presentes rápido (y para la mayoría no ocurre así), surge el descontento. Los procesos de migración masiva que no han hecho más que comenzar serán el mayor problema de las próximas décadas. Particularmente en África, la migración será casi la única ruta rápida a la modernización.

Quienes no han podido irse a otros países, o que han fracasado en los países a donde han emigrado, están en un dilema. Para ellos, el viejo mundo de lazos y costumbres tradicionales ya no existe, pero el nuevo mundo de la modernidad sigue fuera de su alcance. Están perdidos en un limbo de incertidumbre y desilusión.

Se ha argumentado que este fue uno de los problemas de las “naciones tardías”, como la Alemania de hace un siglo. Hubo líderes seductores (Hitler entre ellos) que aprovecharon la sensación de frustración resultante. Cualquiera sea el valor de tales teorías, es evidente que la frustración de las ambiciones de los jóvenes en los países en desarrollo los convierte en el objetivo de los predicadores del odio y los tienta a abandonar el curso de un progreso trabajoso, haciendo que vuelvan la atención hacia una acción más efectista.

Lo que llamamos “terrorismo” tiene muchas causas, y hay que ser cautelosos ante las explicaciones simplistas. No obstante, la política de la frustración, de las ambiciones estimuladas y luego truncadas, es claramente una de ellas.

Por eso, es también un reto para quienes vivimos en circunstancias más afortunadas. Si no deseamos quedar sumergidos en un ambiente de violencia y de respuestas autoritarias frente a ella, las instituciones internacionales deben hacer por el mundo en desarrollo lo que la UE ha podido hacer por los países poscomunistas. No hay una tarea mayor ni más importante para las democracias del mundo.