La política de la memoria

Si existe un estudio de referencia indiscutible sobre el conjunto de ejecuciones y matanzas efectuadas por cualquier Estado europeo contra una parte de la población que se encontraba bajo su jurisdicción o control durante el período de la II Guerra Mundial en territorio europeo es la obra magna de Raul Hilberg, La destrucción de los judíos europeos, cuya primera edición en inglés apareció en el año 1961.

En 1994, Hilberg hizo entrega a su «eterno» agente literario, Theron Raines, de un manuscrito que contenía la narración de los avatares vividos relacionados con su investigación hasta esos momentos acerca de la ruina y aniquilación de los judíos europeos. Mas ¿qué motiva a Hilberg a ofrecer a mediados de la década de los noventa ese relato al lector? «Me han preguntado en muchas ocasiones por qué inicié esta investigación y qué reacciones me encontré en el transcurso de mi trabajo. En esta crónica de mis experiencias refrendo y desgloso mis respuestas a estas preguntas. El resultado es una historia que trata sobre mi propia persona, pero que también hace referencia a una serie de fenómenos connaturales a la política de la memoria en Estados Unidos, en Israel y en Europa desde finales de los años cuarenta a principios de los noventa». Esta crónica, editada inicialmente en inglés en 1994, con el título The Politics of Memory, acaba de ser trasladada al idioma español por la editorial Arpa en la traducción de Àlex Guàrdia Berdiell, con el título de Memorias de un historiador del Holocausto.

El lector de estas «confesiones» encontrará un relato en el que podrá distinguir tres partes correlativas. La primera de ellas responde a un trasunto autobiográfico de un judío vienés nacido en 1926 y cuya familia, de extracción humilde, tuvo la oportunidad de supervivencia al poder salir en ferrocarril de la capital austriaca y llegar a Estrasburgo el 2 de abril de 1939, concluyendo su largo trayecto de extrañamiento atracando en el puerto de Miami el 1º de septiembre de ese mismo año, precisamente el día que comenzó la invasión alemana de Polonia. De esta manera, como el propio relator anota, «su infancia acabó de un manotazo».

La parte segunda recoge la atmósfera vivida por un joven estudiante en un país de acogida del que sólo conocía su situación geográfica, pero no su idioma, y que, una vez concluida su participación en la II Guerra Mundial en territorio europeo como soldado del ejército norteamericano, inicia sus estudios universitarios, en el Brooklyn College de Nueva York, centrados en la historia y las ciencias políticas. Y es allí donde nace su inclinación hacia la investigación del Holocausto, y más en concreto de la Shoá, esto es, el proceso llevado a cabo por el Estado nacional-socialista alemán o cualquier otro Estado de Europa durante la II Guerra Mundial, que pretendía destruir a un grupo amplio y disperso de judíos europeos. Para ello, lo primordial era definir qué es lo que se entendía por judío; una vez identificados, expropiar sus pertenencias; reunirlos y concentrarlos para su control; y, finalmente, eliminarlos, dentro de toda una lógica de aniquilación utilitarista y siempre rentable.

La tercera parte se articula en torno al desarrollo de sus trabajos de investigación hasta la década de los noventa, con especial hincapié en el trayecto recorrido por el estudio que concluye en su obra magna, y de las reacciones críticas, académicas, políticas y editoriales que suscitaron sus investigaciones.

La originalidad de su riguroso planteamiento -siempre avalado documentalmente-, a diferencia de lo realizado por otros autores, organismos o instituciones estatales, que han situado a las víctimas como eje de sus aportaciones, ha sido el hecho de tener primordialmente en cuenta a los responsables de la catástrofe. «Situar a la víctima y no al culpable -indica Hilberg- en el foco de atención es la pared maestra de casi todo lo que se ha hecho -sea una enciclopedia, un instituto o un museo- en Estados Unidos o en Israel».

Con la consciencia de esta constatación, desde 1948, Raul Hilberg fue desarrollando sus investigaciones remitiéndose, entre otros registros, a las pruebas reunidas para los procesos de Nüremberg, a los archivos de los países de Europa Occidental y a los de Europa Oriental una vez abiertos poco después de 1985, así como a la correspondencia de los Consejos judíos durante la época de dominio nazi (1933-1945).

El rigor mantenido en la realización de sus trabajos le hizo afirmar a Hannah Arendt (muy a su pesar), en carta a Klaus Piper, de 22 de enero de 1963, que Hilberg «ha trabajado quince años sólo con fuentes […] Nadie podrá escribir nunca sobre estas cuestiones sin recurrir a él». Asimismo, los resultados obtenidos, expuestos en las conclusiones de su obra, no han dejado de crear controversia en corrientes de pensamiento de la comunidad judía.

La obra de Raul Hilberg no es una obra más sobre el Holocausto. La contribución de sus estudios es inestimable, en una vida marcada por su condición de judío extrañado; pero que entiende, por su tradición judaica, que su deber sagrado es el de intentar buscar la excelencia para poder desentrañar la verdad de los acontecimientos humanos.

De su legado, todos somos deudores. Y así, con la concurrencia de los historiadores que han seguido su estela, hemos llegado a conocer hasta el día de hoy, al amparo documental, que el asesinato de más de cinco millones de judíos (la Shoá), de más de dos millones de prisioneros de guerra soviéticos, de más de trescientos mil serbios, de más de un cuarto de millón de gitanos, de unos cien mil enfermos mentales polacos, alemanes y austriacos, en aplicación de eutanasia infantil y de adultos, y, entre todos ellos, más de un millón de niños aniquilados, son las cifras más cautelosas de lo que produjo el Holocausto.

Y es necesario tenerlas siempre presentes, pues el Holocausto -no lo olvidemos- es un asunto estatal, desarrollado por el propio Estado contra una parte de la población que se encontraba bajo su jurisdicción o control: sobrante, y cuya existencia obstaculizaba el logro de sus fines. Pero, por eso mismo, tampoco nos olvidemos de la relación del pasado con el presente, pues el Holocausto muestra un modelo como espejo para las tentaciones totalitarias de nuestras actuales sociedades, integradoras de producción y consumo sin límites y para las que el eje garantista de su supervivencia gira en torno a los resultados contables; lo cual genera un creciente excedente de personas que ya no pueden ser partícipes de esos procesos de producción y consumo. Y, ante este patrón social-productivo, la pregunta es, cada vez más recurrente: ¿Qué hacer con los que no son necesarios?

Alberto Mira Almodóvar es escritor y coautor de Para entender el Holocausto y Los lugares del Holocausto, ambos editados por Confluencias.

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