La política distópica de Europa

La reciente victoria del conservador Partido de la Ley y la Justicia en Polonia confirma una tendencia reciente en Europa: el acenso del capitalismo de Estado iliberal, encabezado por populistas derechistas autoritarios. Se puede llamar Putinomía en Rusia, Órbanomía en Hungría, Erdoğanomía en Turquía o un decenio de Berlusconomía, de la que Italia aún no se ha recuperado. Pronto veremos sin lugar a dudas la Kaczýnskinomía en Polonia.

Todas ellas son variaciones del mismo tema discordante: un dirigente nacionalista llega al poder cuando el malestar económico da paso a un estancamiento crónico y persistente. Ese autoritario democráticamente elegido empieza después a reducir la libertad política mediante un control férreo de los medios de comunicación, en particular la televisión. Después (hasta ahora siempre han sido hombres, si bien Marine Le Pen, de Francia, encajaría en ese modelo, si alguna vez llegara al poder) aplica un programa opuesto a la Unión Europea (cuando el país es miembro de ella) u otras instituciones de gobernación supranacional.

También se opondrá al libre comercio, la mundialización, la inmigración y la inversión extranjera directa, mientras que favorecerá a los trabajadores y las empresas nacionales, en particular las de propiedad estatal y las privadas y a los grupos financieros con vínculos con los ocupantes del poder. En algunos casos, partidos nacionalistas claramente racistas apoyan a semejantes gobiernos o aportan un carácter aún más autoritario y antidemocrático.

Desde luego, semejantes fuerzas no están aún en el poder en la mayor parte de Europa, pero están volviéndose populares casi en toda ella: el Frente Nacional de Le Pen en Francia, la Lega Nord de Matteo Salvini en Italia y el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) de Nigel Farage consideran el capitalismo de estado iliberal de Rusia un modelo y a su Presidente, Vladimir Putin, un dirigente merecedor de admiración y emulación. También en Alemania, los Países Bajos, Finlandia, Dinamarca, Austria y Suecia la popularidad de los partidos de derecha populistas anti-UE y antiemigrantes van en ascenso.

La mayoría de dichos partidos suelen ser conservadores socialmente, pero sus políticas económicas –antimercado y basadas en el temor de que el capitalismo liberal y la mundialización erosionen la identidad nacional y la soberanía– tienen muchos elementos en común con partidos populistas de izquierda, como, por ejemplo, Syriza en Grecia (antes de su capitulación ante sus acreedores), Podemos en España y el Movimiento Cinco Estrellas de Italia. De hecho, del mismo modo que muchos partidarios de partidos izquierdistas radicales en el decenio de 1930 dieron un giro de 180 grados y acabaron apoyando a partidos autoritarios de derecha, las ideologías económicas de los partidos populistas actuales parecen converger de muchas formas.

En el decenio de 1930, el estancamiento y la depresión propiciaron el ascenso de Hitler en Alemania, Mussolini en Italia y Franco en España (entre otros autoritarios). El tipo actual de dirigentes iliberales puede no ser aún tan políticamente virulento como sus predecesores del decenio de 1930, pero su corporativismo y su estilo autárquico son similares.

El resurgimiento del populismo nacionalista no es de extrañar: el estancamiento económico, el elevado desempleo, la desigualdad y la pobreza en aumento, la falta de oportunidades y los miedos a los migrantes y a las minorías que “roban” puestos de trabajo e ingresos han dado un gran impulso a esas fuerzas. La violenta reacción contra la mundialización –y la más libre circulación de bienes, servicios, capital, mano de obra y tecnología que la acompañan– que ha surgido ahora en muchos países es también una bendición para los demagogos iliberales.

Si el malestar económico se vuelve crónico y el empleo y los salarios no aumentan pronto, los partidos populistas pueden estar más cerca del poder en más países europeos. Peor aún: la zona del euro podría volver a estar en riesgo y una posible salida de Grecia causaría un efecto de dominó que con el tiempo provocara una ruptura de la zona del euro. O una salida de Gran Bretaña de la UE puede desencadenar una desintegración europea, con los riesgos suplementarios representados por el hecho de que algunos países (el Reino Unido, España y Bélgica) estén en riesgo de desmembrarse.

En el decenio de 1930,  con la Gran Depresión llegaron al poder regímenes autoritarios en Europa e incluso en Asia y al final acabó en la segunda guerra mundial. El resurgimiento actual de regímenes y dirigentes de capitalismo de Estado iliberal no está próximo a instigar una guerra, porque los gobiernos de centro derecha y centro izquierda aún comprometidos con la democracia liberal, políticas económicas ilustradas y sistemas del bienestar sólidos siguen gobernando en la mayor parte de Europa, pero el tóxico caldo del populismo que está cobrando fuerza ahora podría aún abrir la caja de Pandora y desencadenar consecuencias impredecibles.

Esa ola en ascenso de iliberalismo hace que la tarea de evitar la ruptura de la zona del euro revista una importancia aún más decisiva, pero, para lograrlo, serán necesarias políticas macroeconómicas y estructurales que impulsen la demanda agregada, la creación de empleo y el crecimiento, reduzcan la desigualdad de renta y de riqueza, brinden una oportunidad económica a los jóvenes e integren, en lugar de rechazar, a los refugiados y a los migrantes económicos. Sólo unas políticas audaces pueden detener el deslizamiento de Europa hacia el estancamiento persistente y el populismo nacionalista. La clase de timidez observada en los cinco últimos años no hará sino aumentar los riesgos.

Si no se actúa decisivamente ahora, acabará produciéndose el fracaso del Estado pacifico, integrado, mundializado y supranacional que es la UE y el ascenso de regímenes nacionalistas distópicos. Las características de esas situaciones se han reflejado en obras literarias, como, por ejemplo, 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y la última novela de Michel Houellebecq, Sumisión. Esperemos que sigan limitadas a las páginas impresas.

Nouriel Roubini, a professor at NYU’s Stern School of Business and Chairman of Roubini Global Economics, was Senior Economist for International Affairs in the White House’s Council of Economic Advisers during the Clinton Administration. He has worked for the International Monetary Fund, the US Federal Reserve, and the World Bank. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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