La política económica al revés

La economía mundial está atrapada en un peligroso engaño. Cuando la gran bonanza iniciada en los noventa dio paso a un derrumbe todavía mayor, las autoridades apelaron a viejos trucos de ingeniería financiera con la esperanza de recuperar la magia. Al hacerlo, convirtieron una economía global desequilibrada en el matraz del mayor experimento de política económica de la historia moderna. Estaban convencidos de que era un experimento controlado, pero fue todo lo contrario.

El ascenso y la caída de Japón tras la Segunda Guerra Mundial fue un anuncio de lo que vendría. El milagro de crecimiento de una economía japonesa en ascenso se basó en una insostenible represión del yen. Cuando en 1985 Europa y Estados Unidos desafiaron esta metodología mercantilista con el Acuerdo del Plaza, el Banco de Japón respondió con una resuelta política de flexibilización monetaria que impulsó enormes burbujas crediticias y de activos.

El resto es historia conocida. Las burbujas estallaron y la desequilibrada economía japonesa se derrumbó rápidamente. Con su productividad considerablemente deteriorada (un síntoma que las burbujas habían ocultado), Japón fue incapaz de orquestar una recuperación significativa. De hecho, todavía hoy se enfrenta a desequilibrios debidos a su falta de capacidad o voluntad de encarar reformas estructurales imprescindibles (la denominada “tercera flecha” de la estrategia de recuperación económica del primer ministro Shinzo Abe, la “Abenomics”).

A pesar del fracaso miserable de los métodos de Japón, el resto del mundo sigue decidido a usar la política monetaria como remedio para males estructurales. La suerte quedó echada en un trabajo fundacional publicado en 2002 por economistas de la Reserva Federal de los Estados Unidos, que se convirtió en el plan maestro de la política de estabilización macroeconómica del país durante los mandatos de Alan Greenspan y Ben Bernanke al frente de la Reserva.

La premisa central del artículo citado era que el principal error de las autoridades monetarias y fiscales de Japón había sido actuar con demasiada timidez. Los autores del trabajo no creían que las burbujas y los desequilibrios estructurales fueran el problema; por el contrario, argumentaron que las “décadas perdidas” de ínfimo crecimiento y deflación en Japón se habrían evitado si las autoridades hubieran encarado las políticas de estímulo antes y con mayor intensidad.

Ojalá fuera tan sencillo. De hecho, el énfasis en la velocidad y la intensidad (esencia de lo que las autoridades económicas estadounidenses ahora llaman “big bazooka”) provocó una insidiosa mutación de la enfermedad japonesa. Las inyecciones de liquidez de la flexibilización cuantitativa (FC) cambiaron los canales de transmisión de la política monetaria: en vez de usar los tipos de interés, ahora se opera sobre los mercados de activos y divisas. Esto, por supuesto, se considera necesario porque los bancos centrales ya empujaron las tasas de referencia hasta el otrora temido “límite cero”.

Mas no temáis, proclaman los defensores de la política monetaria no convencional. Lo que los bancos centrales no pueden conseguir con herramientas tradicionales, ahora lo lograrán a través de tortuosos canales basados en efectos riqueza en los mercados de activos o con las ventajas competitivas obtenidas mediante la devaluación monetaria.

Aquí es donde se produce el engaño. Los efectos riqueza y monetarios no sólo no sirvieron para alentar una recuperación económica significativa tras la recesión, sino que además engendraron nuevos desequilibrios desestabilizadores que amenazan con mantener la economía global atrapada en una serie continua de crisis.

Tomemos por caso a Estados Unidos, el más vivo ejemplo de la nueva receta de recuperación. Aunque la Reserva Federal incrementó su balance desde menos de un billón de dólares a fines de 2008 hasta 4,5 billones en el último trimestre de 2014, el PIB nominal sólo aumentó 2,7 billones. Los otros 900.000 millones de dólares se derramaron sobre los mercados financieros y alentaron una expansión del mercado accionario estadounidense al triple de su volumen. Entretanto, la economía apenas consiguió exhibir una recuperación claramente deficiente, con el crecimiento real del PIB estancado en una trayectoria del 2,3%, exactamente dos puntos porcentuales por debajo del 4,3% que había sido la norma en ciclos anteriores.

De hecho, y a pesar de la enorme inyección de liquidez por parte de la Reserva Federal, el consumidor estadounidense (que se llevó la peor parte en la violenta recesión de balances de 2008 y 2009) no se recuperó. El gasto real en consumo personal creció a un ritmo de apenas el 1,4% anual en los últimos siete años. Como era previsible, los efectos riqueza de la flexibilización monetaria los sintieron sobre todo los ricos, quienes concentran la mayor parte de las tenencias de acciones. Pero para la agobiada clase media, los beneficios fueron insignificantes.

A esto, los adeptos al contrafáctico responden con la muletilla de que “pudo haber sido peor”. ¿Pero es realmente así? Al fin y al cabo, según la famosa observación de Joseph Schumpeter, los sistemas de mercado siempre han tenido una capacidad casi milagrosa para curarse a sí mismos. Pero después de la última crisis, los rescates del gobierno estadounidense y la manipulación de precios de activos por parte de la Reserva Federal la anularon.

El deficiente desempeño económico de Estados Unidos no impidió a otros imitar sus políticas. Por el contrario, ahora Europa lanzó su propio programa de FC. Incluso Japón, punto de partida de toda esta historia, encaró una nueva forma intensiva de FC, muestra de su aparente deseo de aprender las “enseñanzas” de sus propios errores (tal como los interpreta Estados Unidos).

Pero más allá del impacto de esta metodología sobre una u otra economía, están los riesgos sistémicos más amplios que surgen del alza de las bolsas y la debilidad de las divisas. Conforme los bancos centrales se pasan el testigo en la carrera de inyecciones excesivas de liquidez, el peligro de burbujas globales de activos y devaluaciones competitivas se hace mayor. Entretanto, un falso sentido de seguridad adormece a los políticos y les quita incentivos para confrontar los desafíos estructurales que tienen por delante.

¿Qué hará falta para cortar el círculo? Como recalcó el premier chino Li Keqiang en una entrevista reciente, la respuesta es comprometerse con la reforma estructural, un enfoque estratégico de China que, según señaló, otros no comparten. Ahora que todos se inquietan por la denominada desaceleración de China, parece que sus líderes tuvieran una evaluación más realista y constructiva de los problemas que enfrenta la política macroeconómica que sus homólogos en las economías más avanzadas.

En Estados Unidos y otros países, el debate de políticas después de la crisis se tornó del revés, y las consecuencias pueden ser devastadoras. Confiar en la ingeniería financiera y eludir la difícil tarea de hacer cambios estructurales no es receta para una recuperación sólida. Por el contrario, es promesa de más burbujas de activos, más crisis financieras y un estancamiento secular a la japonesa.

Stephen S. Roach, former Chairman of Morgan Stanley Asia and the firm’s chief economist, is a senior fellow at Yale University’s Jackson Institute of Global Affairs and a senior lecturer at Yale’s School of Management. He is the author of the new book Unbalanced: The Codependency of America and China. Traducción: Esteban Flamini

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