La política y los «virtuosos»

La política y los «virtuosos»

Asqueado por la mediocridad del ambiente, por los tiras y aflojas, las descalificaciones y las condenas entre facciones del Gobierno, y no menos por los insultos a la judicatura y a quienes no les dicen «sí, bwana» de personas indocumentadas que hace pocos años no hubiesen soñado con sus posiciones de hoy, he vuelto al huerto de los clásicos, que dan menos disgustos.

Conocemos desde Platón y Aristóteles, muy lejos en el tiempo y tan cercanos, la búsqueda de las bondades del Gobierno de los «virtuosos», que desemboca en las reflexiones más recientes sobre la responsabilidad de los intelectuales en la política, que serían los «virtuosos» de hoy. Se considera que los primeros intelectuales modernos se reunieron en torno a Emile Zola (Anatole France, Marcel Proust, León Blum…) en el sonado debate público que llevó a revisar el llamado «caso Dreyfus», el capitán judío condenado injustamente, desde aquel célebre artículo de Zola en 1898: «Yo acuso».

El intelectual no tiene necesariamente que ser un sabio. Para Bobbio su menester es nada menos que «prescribir valores», lo que le une a la idea platónica y aristotélica; una especie de médico de la sociedad cuya aspiración, a veces en la sombra, habría de ser marcar caminos desde una razonable independencia de criterio. Puede ser un científico, un técnico, un pensador o un artista, o muchas más cosas. Basta que opine en un contexto social en el que su reflexión sea útil. Debería ser un combatiente contra la abulia y el enmascaramiento en el seno de la sociedad; un aguijón incómodo porque trata de despertar, de fustigar, de estimular a la opinión. Su papel es el de abanderado de la verdad sin sometimientos.

Antonio Gramsci, desde su posición de comunista, apunta al intelectual «orgánico» que sirve, porque da argumentos, a lo ya decidido por el poder, lo que supone una especie de menester de acompañamiento, funcionarial, sobrevenido. Es una vía hacia el páramo que hace considerar a Eco que los intelectuales son un grupo social «inútil e irresponsable», generalización injusta. Muchos otros, antes y después, han reflexionado sobre la responsabilidad de los intelectuales en la política. De nuestro Ortega a Sartre y Camus, a Bourdieu y Althusser, éste desde la influencia de Gramsci.

España contó antes y durante la Segunda República con una pléyade de intelectuales influyentes que prepararon la caída de la Monarquía de Alfonso XIII, dando fin al último tramo de la restauración canovista, y luego marcaron con sus ideas, como si fuese con piedra de pedernal, la breve experiencia republicana, aunque no pocos pronto cayeron en la decepción y el desánimo, como Ortega en su artículo «Un Aldabonazo», que incluía el célebre «no es esto, no es esto» (Crisol: 9 de septiembre de 1931) y que debe leerse junto a su célebre reflexión anterior «El error Berenguer», que se cierra con la afirmación «Delenda est Monarchia» (El Sol: 15 de noviembre de 1930).

Ortega, Pérez de Ayala –dimitido de la embajada en Londres en junio de 1936– y Marañón, arietes de la Agrupación al Servicio de la República, fundada en febrero de 1931, acabaron huyendo de la España republicana en guerra, temiendo por sus vidas, y sus hijos lucharon en las filas «nacionales». También por temor abandonaron España Pío Baroja, Clara Campoamor, Azorín, Severo Ochoa, Ramón Menéndez Pidal y el exministro republicano Salvador de Madariaga…

Y ahora ¿qué hacen los intelectuales? Parecen estar a lo suyo, que no es lo de todos. Para encontrarlos en la política hay que asistirse del candil de Diógenes, que nunca encontró ante su luz el hombre auténtico que buscaba. Y ni por esas. Vivimos una realidad preocupante y ni los intelectuales de izquierda, para defender lo que hacen los suyos, ni los de derecha para condenarlo, parecen haberse desperezado. O no lo suficiente.

El afecto de los ciudadanos por los políticos es manifiestamente mejorable según las encuestas. La política es un menester de servicio a los demás y ese servicio comúnmente no se valora. En cuanto a los intelectuales, la mediocridad ambiente que padecemos –también en la política– repele a quienes, como aguijones de la opinión, como combatientes contra la abulia, deberían apoyarla desde las ideas y acaso protagonizarla. Este es uno de los principales problemas que hoy padecemos. No todo es economía aunque sea lo que más nos acucia.

Los ciudadanos desconfían de los políticos, y la política, que circula como la sangre por el sistema venoso de los partidos, se aleja de los intelectuales. Pensar por cuenta propia, y obviamente no con deslealtad sino desde la dignidad y la consecuencia, paga a menudo el peaje de la sombra o el alejamiento. Los intelectuales provocan una incomprensible desconfianza en los partidos. Se prefieren y requieren «apparatchik» que deben pensar lo justo, tener la cultura justa, aconsejar lo conveniente y si no aconsejan, mejor. Están donde están para no caer en la tentación de incordiar.

Si no reaccionan los «virtuosos» –léase intelectuales–, si no están en el Gobierno, ni en los partidos y tampoco crean opinión, ¿cómo sorprendernos de que la sociedad no reaccione ante la realidad que vivimos? El Gobierno amasa el voto subvencionado, no pocos cientos de miles de nuevos nacionalizados españoles tendrán derecho a votar, y se desmonta el edificio del Estado de derecho pieza a pieza. Pocos levantan la voz. Las calles tranquilas. ¿Qué nos pasa?

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando

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