La pompa de las ceremonias palatinas

Tras contraer matrimonio, el Rey Alfonso XII preguntó su opinión sobre la Reina a un amigo de la infancia, el conde de Benalúa. —«¿Qué te parece, Julio?». Titubeando, este contestó: –«Es distinguidísima, tiene majestad, un no sé qué atractivo…». El Rey, que miraba divertido a su amigo, le interrumpió: —«No te esfuerces; a mí tampoco». Don Alfonso era aficionado a las mujeres exuberantes y de trapío, y la Reina era precisamente todo lo contrario. Era dueña, eso sí, de una sólida cultura y de exquisitas aficiones artísticas (su colección de abanicos antiguos era sobresaliente). Tenía, además, un gran talento para saber estar, que junto a sus innegables virtudes domésticas y su permanente rectitud hicieron de ella una perfecta cumplidora de su deber.

El poder precisa engalanarse de formas para deslumbrar al pueblo y subyugarlo gentilmente. El origen divino de la Monarquía estaba imbuido de pompas que ayudaban a aceptar que el cetro se ostenta por razones de nacimiento, envuelto en la concepción mística de la gracia de Dios. Con la democratización paulatina de la vida en todos sus ámbitos se han ido allanando las costumbres, aligerándose el auge fastuoso de las ceremonias regias. En el XIX, se creía que ya no se podía llegar más bajo cuando algún que otro grande de España llegaba a las ceremonias palatinas en un modesto simón.

Durante toda la historia, los Reyes no han tenido vida privada. Los Reyes son Reyes en todo momento. Y para que los súbditos vieran ese derecho como legítimo, sus siluetas debían ser sublimadas. Aquí es donde se originan la etiqueta y las ceremonias, en el aparatoso intento de escenificar una vida idílica de artificiosa teatralidad y no exenta de esa obligación regia de mantener una constante rectitud física y moral. Cada movimiento del Rey o de la Reina ha estado siempre previsto. Las Reinas de España, por ejemplo, debían estar durante siglos a las diez de la noche en la cama, tuvieran o no ganas de hacerlo. Para vigilar este comportamiento estaba la camarera mayor, cuya principal misión era la cumplimentación de no realizar nada que la etiqueta no permitiera.

En la segunda década del siglo XXI, el ambiente español –a pesar de lo que dicen las crónicas políticas, económicas y sociales, cuya labor es afirmar que todo se podría hacer mejor– se caracteriza por la frivolidad propia de los seres felices. Así lo sigue demostrando cada ceremonia palatina que tiene lugar en España. En ellas, los terciopelos y los entarimados sirven para representar esas actuaciones hieráticas y programadas puntillosamente, que luego son visualizadas por el gran público con referencias respetuosas y envueltas en el mito de lo inabordable. Lo más importante, siguiendo con esa frivolidad que digo que sin darnos cuenta vivimos debido a que somos seres felices, continúan siendo el peinado y los zapatos de la Reina.

El instinto de conservación afirma el sentido de la nacionalidad. Cualquier historia, ni aun escrita a larga distancia de las pasiones y con testimonios dignos de fe, puede precisar de un modo absoluto y convincente las verdaderas causas de los hechos más memorables. En la experiencia se halla el fundamento de todos los conocimientos que dimanan de dos fuentes: la sensación y la reflexión. Esta experiencia nos dice que la etiqueta no puede perderse nunca, puesto que sostiene y engrandece nuestro sistema jerárquico y nuestra estabilidad social. El techo de Tiépolo con la conquista del Vellocino, origen de la Orden del Toisón de Oro, en la antecámara de Palacio, debe seguir cubriendo los actos que expresan el poder y la magnificencia de la Monarquía española.

Disfrutemos, pues, y con satisfacción merecida de estas celebraciones de etiqueta tan nuestras antes de que sea un embajador oriental al que haya que preguntarle qué le ha parecido la ceremonia palatina y su respuesta sea: –«Ha estado bien, sólo el harén deja algo que desear».

Clara Zamora Meca, profesora de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

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