La posibilidad de una Ayuso

El pasado domingo nos llegaban las imágenes de una calle Génova ocupada por miles de personas. Habían ido allí para mostrar su repulsa por la campaña de desprestigio que la cúpula del primer partido de la oposición, el PP, había lanzado contra uno de sus políticos más populares y queridos, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. El espectáculo era sorprendente, aunque no imprevisible, pues había ido gestándose durante unos días pródigos en acontecimientos bochornosos.

Hubo anteriormente concentraciones malhumoradas ante la sede del PP. Pero hacía tiempo que no la protagonizaban "los propios", chasqueados y rabiosos. Un número muy importante de madrileños se habían echado a la calle en un pequeño Dos de Mayo fruto de la amenaza a una ilusión. Ilusión que, precisamente, se había materializado un mes de mayo: el del año pasado, cuando Isabel Díaz Ayuso ganó las elecciones a la presidencia de la Comunidad.

Apelar a acontecimientos históricos es socorrido y por ello peligroso. Pero lo sucedido el domingo tenía tintes de amotinamiento, aunque fuera uno de los de antes del aperitivo. Y me atrevería a decir que en espíritu estuvo con ellos gran parte del país.

Porque lo desatado en Génova contra quien había conseguido (quizá por primera vez en forma tan rotunda) aunar las simpatías e ilusiones de un votante muy harto, rebosaba los límites de Madrid. Algo extremadamente raro, un milagro. Y un milagro es algo que no puede ser, y que además es imposible. Michel Houellebecq sabrá perdonarme por el título.

Como catalana que ha visto subir y bajar diversos suflés de la esperanza, lo conseguido por la presidenta sólo es comparable a la fervorosa e ilusionada acogida que tuvo el proyecto Ciudadanos en Cataluña. Cuando se presentó por primera vez en el teatro Tívoli, cientos de personas sobrepasaron su capacidad de aforo y tuvieron que quedarse en una calle Caspe que fue un clamor.

Allí había confianza e ilusión. Y en la de Génova, personas que no se resignaban a que su confianza e ilusión fuera convertida en cenizas por los celos y envidias de unos dirigentes inmaduros y acomplejados. Dirigentes, ahora quizá desactivados, que podrían arrebatarles la ocasión histórica representada en una política atípica, valiente y próxima.

Nadie se esperaba que en el aburrido y previsible mundo de la política como-medio-de-vida surgiera alguien que diera la impresión de estar pensando en el país. Alguien capaz de plantar cara a un Gobierno que bajó a los infiernos para conseguir el poder.

Que hablaba sin complejos de España, de la monarquía, de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y del resto de instituciones y símbolos que unen a los españoles.

Con arrojo suficiente para imponer lo que consideraba más racional durante la pandemia, manteniendo la hostelería y los comercios abiertos.

Que igual encontraba "sorprendente" que el papa Francisco pidiera perdón a México por los pecados de la Iglesia Católica que decía que había que "combatir el machismo, pero no a los hombres".

¿Cómo no iba a aplaudirla con las orejas un ciudadano moderado, pero no por ello con el cerebro licuado? Gente común y corriente que lucha por mantener su estatus, ¡o lograr uno!, y que sufre continuamente los palos en la rueda de políticas disparatadas, basadas en ideologías trasnochadas y sin base contrastada.

Ayuso se convirtió en un fenómeno de masas porque parecía dispuesta a vehicular la necesidad de cambio de unos ciudadanos enfadados, impotentes e, incluso, afrentados. Personas que vivieron con el ay en el cuello el vergonzoso proceso de mi tierra, Cataluña. Que nos apoyaron, que incluso se subieron al Ave para estar presentes en la extraordinaria manifestación del 8 de octubre del 2017.

Todo para ver cómo al final los sediciosos se convertían en socios del gobierno. Gente que se pasma ante activistas que nunca levantaron una persiana por la mañana, pero que disponen de carteras ministeriales que reparten millones de euros en fantasías de género. Que vieron cómo se aceptaba a EH Bildu como animal de compañía.

Había desespero en la concentración del domingo en Génova. Pero también determinación. Estarán contentos por el giro de los acontecimientos. Alberto Núñez Feijóo podría ser el mal menor. Aunque políticamente correcto e incapaz de librarse de la tentación identitaria, al menos no es un insensato.

¿Pero qué va a pasar con la casi imposible Ayuso, gran esperanza blanca de buena parte del país? Las acusaciones vertidas por Pablo Casado a los medios, aunque maliciosas y sin respaldo demostrado, van directas a su línea de flotación. No pasa nada si te llamas Ada Colau, Laura Borràs o Pablo Iglesias y la sombra de la corrupción, real o imaginaria, planea sobre tu cabeza. Ellos no tienen electores; tienen feligreses. Pero Ayuso es una santa laica, y su veneración, por ello, mucho más frágil. Su activo más importante es la confianza que provoca en la gente. "Va de cara", dicen los ayusers.

Ayuso tiene que ir hasta el final. Una buena señal es que dijera que "no la creamos por cariño", sino por la evidencia. Ella, que desata emociones, no las quiere como política. Son las mejores palabras que le podríamos oír. Es una ordalía, pero puede salir reforzada. Y nosotros que la necesitamos, qué duda cabe, también.

Teresa Giménez Barbat es escritora y exeurodiputada.

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