La práctica de la caza

Por Carles Vivé, técnico forestal (EL PERIÓDICO, 12/10/07):

Hoy empieza la temporada de caza y nuestros campos y bosques vuelven a llenarse de tiros y ladridos, no siempre del agrado de todo el mundo. Cazadores y detractores de la práctica de la caza vuelven a estar una vez más enfrentados. Decía Ortega y Gasset que el hombre siempre había cazado porque siempre hubo poca caza. Delibes dice que la afición a la caza solo puede entenderla otro cazador.
Hoy en día existe una animadversión general manifiesta contra la caza. El público, en general, no entiende por qué unos hombres dedican su tiempo libre a perseguir animales y matarlos. Por otro lado, también existe una concienciación general sobre los temas ecológicos y medioambientales. Se dice con frecuencia que si no hay caza es porque se ha cazado demasiado a determinadas especies y sus poblaciones han quedado mermadas y precarias. También personas que tienen la vivienda habitual en urbanizaciones sufren cada semana el estrépito de los disparos, en esas áreas colindantes, antaño pertenecientes al bosque o al campo y ahora urbanizadas. Y no solo eso: algunos puñados de perdigones llueven sobre el tejado o el patio de las casas.

EL PIM PAM PUM que se genera los primeros días de caza, por parte de tiradores apostados cerca de los campos, que esperan el paso de las palomas torcaces y los tordos, es vivísimo. Los tordos, que son palomas salvajes, pertenecen a una especie en clara expansión. Hoy no es difícil verlos en cualquier gran ciudad de Catalunya. Por otro lado, casi todo el mundo sabe de la expansión del jabalí. En los paseos de fin de semana no resulta difícil ver a cazadores apostados esperando la llegada de este animal. Ver a los cazadores, con el rifle o la escopeta y la canana llena de munición, produce cierta impresión. En fin, que en grandes dosis generales, los cazadores no están muy bien vistos que digamos.
Pero hay otra cara de la moneda. Si no hubiese cazadores, las poblaciones de jabalís crecerían con mucha más desmesura de lo que ya lo hacen. Cada temporada se cazan en el territorio catalán decenas de miles de jabalís. Sí, sí: decenas de miles. Esto es positivo para la payesía, que ve cómo los campos y huertas quedan un poco descansados de las trastadas continuas del jabalí. Desde ramas rotas de árboles frutales hasta viñas esquiladas, riegos gota a gota destrozados, campos de hortalizas, patatas y maíz dañados, etcétera.
El jabalí, un animal muy prolífico e inteligente, también cruza carreteras, lo que provoca accidentes de tráfico, algunos de gravedad. Por otro lado, también hay que decir que el jabalí es un gran consumidor de huevos de aves que nidifican en la tierra, como la perdiz y el urogallo. Me dice el guarda mayor de la reserva de caza del Vall d’Aran que, después de estudiar las poblaciones de urogallos araneses, están prácticamente convencidos de que el continuo empobrecimiento de estas es causado por el jabalí.
De modo que estaremos todos de acuerdo en que el jabalí, de una forma u otra, tiene que controlarse. Hay quien podría apuntar que estos suidos se han expandido desmesuradamente por la ausencia de depredadores naturales, como el lobo. Pero, ¿cuántos lobos harían falta para controlar adecuadamente a estos animales? Probablemente, varios centenares. Y esto también acarrearía consecuencias negativas para la ganadería. Por otro lado, Catalunya es un país tan hiperedificado y urbanizado que seguramente tantos lobos supondrían aún más contratiempos.
Por lo tanto, los cazadores son necesarios para ayudar de forma muy directa a controlar a estas numerosas poblaciones. Sin ir más lejos, los cazadores intervenían en el control de las poblaciones de rebecos en los Pirineos. Estas poblaciones habían aumentado muchísimo, a pesar de la caza controlada, desde la creación de las reservas de caza, allá por los años 60 y 70, que habían albergado unas colonias de rebecos muy precarias. Pero hace pocos años se declaró una epidemia conocida como peste virus y que en poco tiempo se ha apoderado de las reservas de caza. La mortalidad ha sido muy importante: se calcula que de un 70% u 80%.

EL MAYOR beneficio de la caza es la enorme cantidad de dinero que genera. Una temporada de caza de perdices en la comarca de la Segarra oscila fácilmente entre los 2.000 y los 5.000 euros anuales por cazador. Pertenecer a un grupo que cace el jabalí supone entre 600 y 1.200 euros por cazador. Si lo que se quiere es cazar un ciervo, una cabra hispánica o el emblemático rebeco, ya puede preparar la cartera, porque, si lo que se busca es un trofeo, la cifra puede ser de escándalo y podemos irnos al millón largo de las antiguas pesetas. Sea como sea, cada año todos los permisos se agotan y, en algunos casos, como el del rebeco, hay bofetadas para hacerse con alguna de las autorizaciones.
Por otro lado, la caza es escandalosa: los ladridos de los perros persiguiendo a las futuras piezas, los disparos y especialmente la sangre de los animales abatidos no son del agrado de muchos. También es fácil ver que el colectivo de cazadores es cada vez un grupo más envejecido. No hay relevo generacional. Salen algunos jóvenes, pero pocos. La juventud prefiere dedicar su tiempo de ocio a otras actividades. Y también es cierto que para ir a cazar hay que madrugar, y esto no gusta demasiado.