La pregunta del año

Si 2015 fue el año de las fantasías, 2016 tiene toda la pinta de ser el de las realidades. El de la dura, clara e insoslayable realidad. A los españoles nos encantan las fantasías. No por nada nuestro libro más famoso lo protagoniza un antihéroe que vivía en las nubes hasta que, molido a palos, regresó a la tierra. Aunque entonces fue a su escudero a quien le dio por fantasear. Un poco como le ha ocurrido a España a lo largo de su larga historia.

Pero volvamos al momento actual. El año que acaba de terminar estuvo tan lleno de fantasías como de tropiezos, de subidas espectaculares como de caídas vertiginosas, de quien, recién llegado a la política, se creía capaz de asaltar el cielo como de quien vendió humo y se lo compraron en manifestaciones multitudinarias, declaraciones irreflexivas, saltos a la piscina sin mirar si había agua. Hubo la resurrección de muertos, como el bolchevismo leninista y de la Comuna parisina, ¡de 1871! Hubo incluso el intento de un expresidente de Gobierno de descabalgar al que había elegido sucesor. Hubo mentiras como casas que se creyeron como revelaciones, y verdades como puños de las que nadie hizo caso. Hubo, en fin, el revivir de nuestros fantasmas, que creíamos haber dejado atrás, cuando surgen más fuertes que nunca. Sin que ni siquiera las elecciones los alejen.

El despertar ha sido el de después de una borrachera. Estamos en plena resaca, con la boca seca, el estómago airado y la mente confusa. Nadie entiende lo que pasa; sobre todo, la miseria material y moral que nos rodea. Nos sentimos amenazados desde dentro y desde fuera, la mayoría de las cosas que ocurren no tienen explicación y buscamos un culpable sin acabar de encontrarlo, aunque si nos mirásemos al espejo nos daríamos cuenta de que los culpables somos nosotros. El mejor ejemplo es Cataluña, la más «europea» de nuestras comunidades. Su presidente durante más de dos décadas fue, alegadamente, el capo de una mafia familiar. El resto se ha tragado que pueden independizarse gratis. Y no hay nada gratis en este mundo. Así están.

Si me hicieran la faena de obligarme a elegir personaje de 2015, elegiría a ese adolescente tejano de buena familia que, hace dos años, robó cervezas de un supermercado, se las bebió con sus amigos y, con tres veces el máximo de alcohol permitido en la sangre, se puso al volante de una furgoneta, iniciando una carrera alocada en la que mató a cuatro viandantes antes de chocar con otros dos vehículos y volcar, a consecuencia de lo cual uno de sus amigos ha quedado paralítico. Con todo el dramatismo del caso, lo que lo ha hecho célebre es su defensa al ser juzgado: un psiquiatra testificó que el muchacho era víctima de «afluencia», es decir, de la excesiva permisividad en que le habían criado sus padres, que le impedía distinguir el bien del mal. Y un juez aceptó el argumento, condenándolo a diez años de libertad vigilada, sin entrar en la cárcel, al no tener 18 años, la mayoría de edad.

Que lo de «excesiva permisividad» era cierto se demostró hace poco, cuando, a punto de llegar a esa mayoría –lo que podría significar su ingreso en la cárcel, sobre todo cuando un vídeo lo mostraba en una party bebiendo, algo que tenía prohibido en su sentencia–, su madre lo metió en un coche y, convenientemente disfrazados, desaparecieron en México. Hasta que alguien los reconoció, los denunció, fueron detenidos y empezaron los trámites de extradición, que hasta ahora sólo han afectado a la madre, pues han surgido problemas legales con el hijo, que estas autoridades esperan resolver pronto.

Si elijo a ese chico y ese caso como referencia del año recién terminado es por la parábola que encierra: ¿puede la «afluencia» justificar un cuádruple homicidio? Estoy seguro de que cuando Galbraith escribió su famoso libro The Affluent Society (1958) nunca llegó a imaginárselo. Porque la pregunta puede formularse de otra manera: «¿Se puede ser “víctima” de la “afluencia”», como alegó el abogado defensor? Al parecer, sí, al menos lo aceptó un juez. Hasta ahora, sólo habíamos oído hablar de las «víctimas de la pobreza», pero de víctimas de la «afluencia» es la primera vez que lo oímos. Y lo primero que se me ocurre es si, más que de una «sociedad afluente», habría que hablar de una «sociedad victimista». Porque quien más quien menos se presenta como víctima de esto o de lo otro, como grupo o como individuo, como joven o como viejo, como mujer o como hombre, como pobre o como rico, sí, también como rico, por pagar más impuestos, al ganar más que el resto. Todos reclamando los derechos como víctimas, amargándose la vida y amargándosela a los demás. Con la consecuencia de que privan a las verdaderas víctimas, que las hay, y muchas, de sus legítimos derechos.

Esta sociedad victimista que reclama sólo derechos y se olvida de los deberes es una de las principales causas de la crisis que atravesamos, que ni mucho menos es sólo económica, sino que en realidad afecta a los principios de nuestra civilización, fundada en la razón, los derechos y las obligaciones. Cuando un líder político dice que desobedecerá las leyes aprobadas por todos, no puede quejarse de que nadie obedezca las que él o ella dispone. Cuando otro anuncia que no pagará las deudas del Estado, no debe extrañarse de que nadie pague los impuestos al Estado. Cuando se promete lo que no se tiene, es casi seguro que no puede cumplirlo. Díganme ustedes cómo puede funcionar esa sociedad.

En las últimas décadas hemos vivido de la deuda, de la especulación, de la creencia de que el dinero cuelga de los árboles. «El dinero público no es de nadie», llegó a decir una ministra, de Cultura, nada menos. Ha habido, desde luego, quien se lo ha llevado a mantas, pero quien más quien menos procuró llevarse algo a través de amistades o partidos, dejando las arcas en manos de trileros, que sólo dejaron deudas. Ahora surgen otros, que nos ofrecen lo mismo, con un modelo aún más gastado: el venezolano y el soviético. Y nuestro cabreo con los antiguos regidores es tal, que estamos dispuestos a comprárselo.

El año que tan confuso empieza va a ser decisivo. Ya han visto lo que le ocurrió a Tsipras en Grecia: puede engañarse a los hombres, pero no a la realidad. La realidad es como la ley de la gravedad: el que quiere volar sin alas se estrella. En cuanto a las falsas víctimas, ya han visto los que están en el trullo y los que tienen cita en el juzgado. Era hora. La pregunta del año para el resto de los españoles va a ser ¿preferimos volver a la realidad o seguir en la fantasía? Lo sabremos en las próximas elecciones. Solucionarlo es otra cosa.

José María Carrascal, periodista.

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