La prensa se hace blanda

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 20/10/07):

La prensa se ablanda y la realidad se endurece. Lo percibí como una evidencia en la última semana de septiembre al encontrarme con dos informaciones – mejor sería decir, “formas de información”- que me dejaron amostazado. El mundo informativo había cambiado y yo volvía de las brañas; ocurrió como una revelación porque en el periodismo los chispazos son visuales – un titular, por ejemplo, es una imagen que explica, atrae y resume-, fue comprar los diarios y encontrarme frente a un mundo diferente. Se me cayó el paradigma, la tabla de contar, los años de oficio, la moral y hasta la capacidad para abordarlo.

No era como si el mundo hubiera cambiado sino como si lo hubieran puesto patas arriba y yo necesitara al quiosquero para advertir que pertenecía a otra época; la de los símbolos y las interpretaciones. Sucede como en la famosa narración de Kafka, que por más transformados que estemos el día que nos convertimos en cucaracha, lo que más nos preocupa es saber cómo van a reaccionar los demás, porque es posible que se trate de un error de apreciación, que creamos ser una cucaracha pero la gente quizá nos siga contemplando como seres humanos. En el periodismo, y ésta es una diferencia notable con la literatura, la relación con el otro es inmediata; los diarios nacieron y se hicieron mayores sobre la inmediatez y la obligatoriedad de ser compartidos.

Y así esperaba yo, no sin inquietud, que algún signo delatara la estupefacción del puñado de lectores atentos. Pero nada, todo había sucedido delante de nuestros ojos y a nadie le había llamado la atención.

Todos los diarios de ese día de septiembre, todos, colocados ante el dilema – lo de dilema es un recurso mío para dramatizar el relato, porque con toda probabilidad ni siquiera lo advirtieron de puro obvio- de dar dos informaciones trascendentales ubicadas en la ciudad de Barcelona optaron por lo mismo, sin excepción, que yo sepa. La presentación del futuro campo de fútbol diseñado por el arquitecto Norman Foster y el apagón general del hospital más grande de Catalunya, el de Vall d´Hebron, cuyas consecuencias dramáticas supusieron un riesgo, casi me atrevería a decir un atentado, para cientos de personas, enfermos, familiares, personal médico-sanitario y demás parafernalia que rodea a un mastodóntico centro clínico con asistencia interna y externa. Estamos pues ante un caso de libro, digno de ser puesto a cualquier futuro profesional del periodismo en alguno de esos másters, tan caros como inútiles, que suelen pagar los padres para que quienes los cobran coloquen a sus hijos. ¿Se han fijado que existen profesiones que han vuelto a la Edad Media, incluso cuando ellas mismas no existían? Antaño los padres metían a los chavales en talleres de artesanos, donde trabajaban de aprendices teniendo la alimentación y la cama como única obligación del patrón. Ahora, incluso la comida la pagan (subvencionan)los progenitores.

El caso se plantea de este modo: ¿Qué manda – así se dice, o se decía, en periodismo a lo que se coloca en la parte dominante de la primera página- una información sobre algo que no ha sucedido o un hecho real? ¿Una hipótesis virtual, puesto que se trata de una construcción en ordenador de lo que se piensa hacer pero que aún no se ha hecho y ni siquiera se ha iniciado? Un proyecto, para entendernos. ¿O algo sucedido, cuyo impacto social se está sufriendo en esos momentos y de cuyo desenlace no caben augurios? Puestos a hilar fino y para evitar el peligro del sofisma o la demagogia, la respuesta habría de partir de otra pregunta: ¿Qué interesa más a la gente? ¿Juzgan más importante el proyecto para el campo del Barça que las consecuencias y las responsabilidades de un desastre en el mayor hospital de Catalunya? No dudo que habrá especímenes para quienes es más importante el Barça que sus hijos, su familia y hasta su propia sociedad, pero por fortuna no son mayoría, o al menos eso quiero creer, porque en caso contrario estaría de más incluso hacer periódicos. La pregunta sobre el interés de la gente – de la gente que lee diarios, se entiende- es un término muy aleatorio, porque se trata de una cuestión de prioridades. Nosotros los periodistas somos los responsables no tanto de la información cuanto del orden de prioridades.

¿Y qué es prioritario? ¿Un proyecto maravilloso o una realidad apabullante? Ahí está el meollo del asunto. Hasta hace muy poco hubiera sido imposible tal unanimidad en escoger el proyecto maravilloso frente a la realidad apabullante, pero así sucedió. En todos los diarios de Barcelona que leo, en todos, mandaba lo virtual sobre lo real, y como profesionales que nos dedicamos a esto, debemos primero consignarlo y luego analizarlo. No tengo ni idea de qué hubiera ocurrido con la prensa de Madrid, ni me interesa en este momento, lo que sí me cabe añadir es que nada más revelador que este cambio en el paradigma para analizar los límites a los que está abocada la prensa en España, porque los diarios nacieron como vehículo para la opinión pública, casi diríamos que su sentido genuino era el de ser un órgano, una institución de la opinión pública, pero desde el momento en que su opción primordial es la de anunciar informaciones futuras los límites entre lo real y lo publicitario se desdibuja.

Todo esto hubiera quedado en una reflexión más o menos intemporal sobre la pendiente en la que está metido el periodismo español, y muy en concreto el catalán desde el pujolismo – letal para los medios de comunicación-, si no me hubiera golpeado, en la misma semana del dilema entre lo virtual y lo real, un insólito reportaje aparecido en el diario español que constituye aún el referente del progresismo ilustrado, amén de ser el más leído de España. Fue en eso que se da en denominar “suplemento dominical”. Hace ya muchos años, en diciembre de 1990, escribí mi opinión sobre los dominicales en general – “El hombre que quiso ser Dominical”-. Añado ahora algo que entonces no ocurría con tanta evidencia en los dominicales españoles, y es que en su afán por conseguir que no haya una página que no se cobre en publicidad, acabarán teniendo que regalarlo. Pues bien, en la misma semana de marras, el último domingo de septiembre y con notable despliegue, se produce algo tan llamativo que en este caso no se trata de un debate profesional sobre los horizontes del periodismo sino sobre los límites de la decencia y la desvergüenza publicitaria.

Aprovechando un reportaje sobre Las 13 rosas, las 13 adolescentes fusiladas por el franquismo el 5 de agosto de 1939, tema en el que ha basado su último filme Martínez Lázaro, a los agudos chicos y chicas de la publicidad del Dominical de El País,no se les ha ocurrido idea más brillante que vestir a las actrices del drama con simpáticos y modernos modelitos y complementos, sonrientes ellas bajo el título genérico de “13 rosas para la leyenda”. Ylo que es aún más inaudito, como una lectora se indignara ante la humillante tropelía, un individuo que para mayor sarcasmo aparece como Defensor del lector y que firma Larraya, como si fuera poca la raya que se han pasado, justifica la humorada de esta guisa: “Las 13 jóvenes actrices que encarnan en la película a las militantes fusiladas posan en el reportaje como modelos… lo que es una práctica habitual en el Dominical, que dedica muchas páginas al estilismo. La llamada memoria histórica, que es siempre memoria personal, combina mal para esta lectora con la moda”. Y el supuesto Defensor del lector acaba su exordio con esta frase inmarcesible: “que el árbol de la autocrítica no nos impida ver la selva de los medios”. Hay frases que delatan a un mentecato; sin más. ¿Alguien se imagina un pase de modelos aprovechando un reportaje sobre Mauthausen, con vestidos de Valentino, bolsos de Louis Vuitton y sandalias de Loewe? Pues, lo mismo. La “llamada memoria histórica”, que dice el de Larraya, es lo que a mí me impedirá ver un filme sobre “las 13 rosas”, pese a la buena voluntad de su productor Pedro Costa. Porque forman parte de mi intimidad y ahí no entran películas. Yo me inauguré en el periodismo legal un jueves 24 de marzo de 1977 con un artículo en el que daba noticia de aquella terrible historia que se contaba por primera vez en la prensa española. Y como ya es muy tarde para ser inconsecuente no voy a ocultar mi desdén hacia los enmascaradotes de la realidad, porque de ellos podrá ser el reino de los cielos y el caviar y la trufa, pero nada más.