La primera santa que protegió a la mujer trabajadora

EL 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es ocasión propicia para recordar a una humilde y sencilla artesana española: la madre Bonifacia Rodríguez de Castro, fundadora de la Congregación de las Siervas de San José, canonizada por su santidad Benedicto XVI el 23 de octubre de 2011. Para ello, nos situamos en la deprimida Castilla del siglo XIX, en Salamanca, donde nace el 6 de junio de 1837 en calle próxima a las catedrales, la Clerecía y la Universidad.

Aprende desde niña los valores del esfuerzo y de la lucha diaria. Huérfana de padre, a temprana edad comienza a trabajar como cordonera para ayudar a la precaria economía familiar. Comparte con su madre y sus cinco hermanos la inseguridad y la frustración; pero también la alegría y la esperanza. Desde joven conoce la dureza de una vida que forja su personalidad de mujer trabajadora llena de fe y confianza en Dios.

Siendo feligresa de la Clerecía, llega a Salamanca el jesuita catalán Francisco Butiñá. Hombre observador, percibe los acontecimientos sociales de la época: la Revolución Industrial, el socialismo utópico, el proletariado y el feminismo emergente.

Al conocer a Bonifacia, descubre su riqueza interior y la invita a dar juntos una respuesta a las mujeres necesitadas de trabajar para vivir, a través de una nueva congregación orientada a la promoción y evangelización de la mujer pobre sin trabajo. Esta propuesta aviva en ella signos de modernidad en germen que desencadenarán su experiencia religiosa.

Bonifacia no duda en apostar por la mujer trabajadora y pobre. Y decide convertir su humilde vivienda en lugar de oración, de trabajo y de solidaridad. En una ciudad universitaria y conventual, intenta que sus paisanas, en los límites de la marginación y de la injusticia, logren su promoción y evangelización.

Así nacen los llamados Talleres de Nazaret, lugares de acogida de mujeres sin recursos necesariamente relegadas a trabajos denigrantes. Espacios para el reconocimiento y la libertad.

Dado el escaso desarrollo industrial de una Salamanca artesanal y agrícola, donde el desempleo femenino estaba generalizado, no fue fácil conseguir su propósito, verdaderamente rompedor con las costumbres de la época, de incorporar a la mujer a la vida laboral en condiciones de dignidad e independencia.

España en el siglo XIX era un escenario complejo, política y socialmente. En él se aprueban cinco constituciones. Se decreta la desamortización de los bienes de la Iglesia y de las congregaciones religiosas. Con la Revolución Industrial llega la explotación de la clase trabajadora, sobre todo de niños y mujeres, que tienen que soportar jornadas agotadoras. Frente al régimen social del liberalismo, aparecen el socialismo y el comunismo, la revolución marxista de la lucha de clases.

En ese ambiente político y social, Bonifacia es ejemplo de amor apostólico y de entrega a la mujer trabajadora que contrasta con el feminismo radical que nace en EE.UU. como movimiento de liberación de la mujer, con las herramientas del marxismo, el psicoanálisis y el anticolonialismo.

Tiempos difíciles, en los que Bonifacia sufre humillaciones, menosprecios, calumnias e injusticias, llegando a ser destituida de su condición de superiora de la Congregación e, incluso, desterrada.

Fallece en Zamora el 8 de agosto de 1905. Queda su obra: Las Siervas de San José. Sus comunidades, dedicadas a la evangelización y promoción del mundo trabajador pobre, especialmente de la mujer, están presentes en los cinco continentes.

Hoy día, la humanidad tiene que respetar los derechos de las mujeres como premisa previa para alcanzar la justicia social. Transformar las sociedades a través de cambios sostenidos y generalizados para lograr un mundo más justo, en el que las mujeres tengan poder sobre todos los aspectos de sus vidas y vivan libres de violencia, debe ser objetivo prioritario, política y socialmente.

Objetivos que se integran y forman parte del carisma y misión de la Congregación Siervas de San José. A nuestra santa, una vez más, la invocamos con admiración y cariño, en el marco de la Iglesia y de su labor apostólica, en favor de la libertad, la igualdad, la solidaridad y la justicia.

El 27 de septiembre de 1970, su santidad Pablo VI proclamó, por primera vez en la historia, doctora de la Iglesia a una mujer. Una abulense universal: Teresa, patrona de los escritores católicos españoles.

La madre Bonifacia, otra castellana, trabajadora entre trabajadoras, podría ser la primera patrona de la mujer del mundo del trabajo. Tiene fuertes razones para ser elegida. A su condición de trabajadora al servicio de mujeres de su clase, se añade su fidelidad al Evangelio vivido en lo cotidiano. En torno a su canonización numerosas personas dejaron oír su voz a favor de este nombramiento, que ha recibido el apoyo de la Conferencia Episcopal Española. El camino está abierto. Las mujeres trabajadoras que lo deseen lo pueden solicitar, a ellas les toca. Ellas son las destinatarias. Y las protagonistas.

José Marcos Picón, notario.

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