La profanación de André Chenier

Hoy hablaré por alguien que no puede defenderse y que, de momento, parece que no tiene quien le escriba. Según la escueta noticia de la agencia Efe que reprodujimos todos los periódicos, “una gran parte del público asistente” a la representación del domingo de la ópera ‘Andrea Chenier’, en el Liceo de Barcelona, coreó a su término, cuando el telón caía sobre una lóbrega celda, gritos de “llibertat Puigdemont” y “llibertat presos polítics”. Como si el protagonista fuera un antecesor de los líderes catalanes encarcelados.

Pues bien, desde que el obispo Uriarte aprovechara el funeral de José Luis López de Lacalle para pedir el acercamiento de los presos etarras a las cárceles vascas, no habíamos asistido a un ejemplo tan flagrante de la profanación política de un cadáver. O sea de su utilización aviesa, al servicio de ideas opuestas a las del finado. Con la única salvedad de que, así como el columnista de El Mundo estaba de cuerpo presente, inerte e inerme ante la manipulación de la que estaba siendo víctima, al poeta francés lo representaba, en su versión operística, un tenor canario que debió encogerse de hombros y punto.

Cuando el separatismo catalán trató de apropiarse del legado de Martin Luther King o Gandhi, enseguida surgieron voces que pusieron de relieve la contradicción de quienes, enarbolando figuras icónicas de la lucha por los derechos civiles, restringían los de la mitad de los catalanes. Si ahora no ha sucedido lo mismo, es por el mucho menor conocimiento de la figura de André Chenier, italianizada o más bien engullida por el personaje de la ópera “verista” de Umberto Giordano que, desde Enrico Caruso y Mario del Monaco hasta Placido Domingo y José Carreras, han interpretado todos los grandes del bel canto.

La profanación de André ChenierSin embargo, así como Luther King y Gandhi fueron víctimas de asesinos que, aunque personificaban la intransigencia y el odio de determinados sectores sociales, actuaron de manera privada y solitaria, Chenier fue ejecutado por un régimen político en el que confluían dos vectores equivalentes a los que, con creciente agresividad y radicalismo, configuran hoy el separatismo catalán en su fase revolucionaria. Me refiero a la parte de la burguesía acomodada que preconiza romper España, a espaldas de la legalidad, y a los grupos anarquistas que aprovechan la ocasión para impulsar la violencia de la mano de una pretendida agenda social.

Nacido en Constantinopla, hijo de un comerciante de tejidos francés y una bella mujer de origen griego, Chenier volvió a Francia con una experiencia cosmopolita que impregnaba de sensualidad y fantasía su creación poética. Definido como un “moderado fogoso”, se erigió pronto como uno de los más activos defensores –atención, liceístas- de la Monarquía constitucional, aceptada por Luis XVI tras la toma de la Bastilla.

Tal y como sucede en tantas familias de la Cataluña actual, André Chenier vio reproducida la división de la sociedad parisina en su entorno más próximo, cuando su hermano, el dramaturgo Marie-Joseph, fue elegido miembro de la Convención y se alineó con los jacobinos. André consideraba el radicalismo de los seguidores de Robespierre tan frívolo como peligroso.

Su creciente oposición a la escalada revolucionaria, fruto de las consignas que emanaban cada noche de las febriles sesiones del club de la Calle Saint Honoré, se acentuó a medida que esa burguesía, instalada en la Montaña de la Convención, que trataba de conquistar el poder a toda costa, fue mostrando, primero su condescendencia, y después su abierta complicidad con los grupos de sans culottes que, adscritos a las secciones revolucionarias de cada barrio, campaban por sus respetos, sembrando el terror y el caos en las calles de Paris.

André Chenier era un firme paladín del derecho de propiedad, la ley y el orden. Según su biógrafo Gerard Walter, “sentía horror a la plebe, el contacto con la multitud le repugnaba y procuraba evitarlo por todos los medios”. De hecho, cuando una comisión de la Convención, de la que formaba parte su hermano, organizó un homenaje callejero para pedir la libertad de los soldados del regimiento suizo de Chateauvieux, amotinado contra sus oficiales, André Chenier y el también poeta Jean-Antoine Roucher -fielmente representado en la ópera como su amigo y confidente- abandonaron Paris para no correr el riesgo de tener que presenciarlo.

Fue entonces cuando escribió en Le Journal de Paris que la “destrucción” de los jacobinos era “el único remedio de los males de Francia”. Y añadió: “El día de su desaparición será un día de fiesta y alegría públicas. Ellos gritan por doquier que la patria está en peligro; lo cual desgraciadamente es cierto y lo será mientras existan”. Walter sostiene que al publicar ese artículo -que Marie-Joseph se sintió obligado a replicar-, firmó su propia sentencia de muerte.

Tras haber ayudado estérilmente al último representante diplomático español, el caballero Ocáriz, a comprar las voluntades de los diputados amigos de Danton para que salvaran la vida del Rey, André Chenier fue detenido a comienzos de 1794 en pleno apogeo del Terror. No es descartable que guardara documentos comprometedores sobre esa “trama española”, activada por Godoy. Su leyenda se acrecentó, al ser incluido en la última carreta de condenados que abasteció la guillotina el 8 Thermidor -26 de julio-, la misma víspera de la caída de Robespierre.

Volvamos ahora al presente y veamos qué paralelismos son los correctos. Tres días después del episodio del Liceo, la burguesía separatista, representada por el partido de Puigdemont y ERC, se negó a condenar en el parlamento catalán la escalada de intimidación y violencia impulsada por las CUP, Arran y esos autodenominados Comités de Defensa de la República que vienen reproduciéndose como estafilococos infecciosos por toda la geografía catalana.

Cualquiera que conozca un poco la historia de la Revolución, se dará cuenta de que quienes piden la libertad de Puigdemont o Junqueras no claman por la de André Chenier sino por la de los suizos de Chateauvieux o, más exactamente, por la de Marat, cuando fue detenido por incitar a la insurrección que desembocó en el saqueo de tiendas de comestibles en marzo de 1793, igual que desde la Generalitat se incitó a la insurrección que desembocó en las violencias del 20 de septiembre y el 1 de octubre.

De hecho, las intervenciones en el pleno del miércoles con las que se hubiera sentido identificado André Chenier habrían sido, sin duda, la de Inés Arrimadas cuando preguntó a Torrent si, después de alegar que “ningún juez tiene legitimidad” para encarcelar a Puigdemont, “lo próximo va a ser decir quién tiene que entrar en la cárcel”; y sobre todo la de Alejandro Fernández cuando, en una valiente diatriba que recordó a lo mejor del abnegado PP vasco, reprochó a los diputados separatistas que ensalcen a terroristas como el asesino de Bultó, mientras llaman “botiflers” y “colonos”, declaran personas non gratas y difunden las direcciones personales de los catalanes que no piensan como ellos, para facilitar esa moderna versión de las “visitas domiciliarias” de los sans culottes que son los escraches separatistas.

El propio libreto de Luigi Illica, que sirve de base a la ópera de Giordano, refleja ese derrape hacia la acción directa que reverbera ya en la revolución catalana. Al margen de que el Roger Torrent que no ha mucho recomendaba “vigilar al de al lado”, para que nadie se desmarque de la huida hacia adelante contra el Estado, se sentiría reconfortado por la precisión del espía que se autodefine como “observador del espíritu cívico”, fijémonos en la escena del juicio, en el tercer acto.

En medio del reparto de papeles, entre el tribunal que despliega la hipocresía institucional y las turbas que piden las cabezas de los supuestos traidores, emerge la autocrítica de Gerard. Se trata de un personaje de ficción, antiguo sirviente devenido en líder revolucionario, que sirve de trasunto a Marie-Joseph Chenier. Aunque se le achacó la muerte de André -“¿Caín donde está tu hermano?”, le espetaban sus adversarios-, la realidad es que trató de salvarlo y luego se retractó de su jacobinismo.

“¿Enemigo de la patria?”, clama Gerard, trastocado en abogado defensor. “Esa es una vieja fábula que el pueblo avala todavía”. Que se lo digan a Santi Vila, culpable del delito de no haberse lanzado al precipicio junto a los demás borregos de Panurge. Para “lluvia de hostias” -por seguir con la antología del Torrente catalán-, la que le ha caído a él.

Chenier, en primer planto, en el cuadro de Muller en el Museo de la Revolución de Vizille.
Chenier, en primer planto, en el cuadro de Muller en el Museo de la Revolución de Vizille.

André Chenier no ignoraba las imperfecciones del orden que defendía. En el Museo de la Revolución de Vizille hay un famoso cuadro de Charles-Louis Muller que lo muestra meditabundo, sentado en una silla, en el patio de la prisión de Saint-Lazare, apoyando su frente sobre una mano y sujetando un manuscrito y un lápiz con la otra. Recuerda mucho al Jovellanos de Goya. Es la frustración del siglo de las luces ante el furor de los acontecimientos que lo sepultaron, la tragedia del reformista desbordado por la Revolución.

Durante los últimos cuarenta años, en Cataluña no ha habido más dictadura que la impuesta por el nacionalismo en materia de lengua y costumbres cívicas. Hace pues casi medio siglo que el viejo régimen centralista dio paso a la que ha llegado a ser una de las autonomías con más competencias de Europa. Eso es lo que a un soberanismo insaciable le ha parecido insuficiente, hasta el extremo de sembrar el germen de una auténtica guerra civil en ciernes.

El Estado de Derecho, representado por jueces independientes como Pablo Llarena, se ha visto obligado a poner coto a esos desmanes y ahora no se dejará intimidar ni por la épica del victimismo de los pudientes del Liceo ni por las amenazas de los CDR contra ellos y sus familias. Los impulsores de la kale borroka catalana han empezado propugnando el gratis total en las autopistas y pronto pasarán a hacerlo en los comercios de sus estúpidos compañeros de viaje de la parte alta de Barcelona.

Su matrimonio de conveniencia está cargándose Cataluña –sirva la pérdida de la World Ocean Race como última muestra- pero no puede ni debe tener final feliz. De hecho, la única línea del libreto profanado que podría servirles, la que al caer el telón provocó el éxtasis contestatario del domingo, más que de André Chenier, parece propia de un Millán Astray con estelada: “¡Viva la muerte juntos!”.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *