«La progremediocridad»

EL compañero Fidel vive en La Habana en una casa con piscina, jardín y servicio, y, probablemente, vive mejor que cualquier señor de Vallecas. Ahora bien, es posible que los vecinos de Vallecas, a pesar de sus dificultades, sean más prósperos que la mayoría de los cubanos. Castro discutiría inflamado esta afirmación y trataría de convencernos durante horas de la prosperidad que han logrado. Pero es un hecho que la prosperidad se ve, y si para explicarla hay que dedicarle horas es que no la hay.

Antes la prosperidad y la ambición iban unidas como fórmula para conseguir cosas, pero apareció, perdón por el neologismo, la «progremediocridad», ese metapensamiento de izquierdas que nos rodea, y ahora la prosperidad más que un objetivo de calidad es adornar la frustración para no decepcionarse. Nadie acepta que su revolución, sus estudios o su matrimonio se hayan malogrado. Por eso dicen: «Es la Cuba que queríamos», «las notas que buscábamos», y se confiesan como grandes amigos de sus ex.

Cuando la prosperidad de verdad desaparece, la ambición que le da sentido se devalúa; hecho preocupante porque nuestro bienestar gira en torno a ella. Ambición solo hay una, en ella coincidían la filosofía griega y el Evangelio: «El llegar a ser el que eres» de Plauto o la parábola de los talentos. Ambición es un sentimiento profundo: el anhelo de insistir en uno mismo. Renunciar a la ambición es reducirnos a pretensiones que nos desvirtúan. Veámoslo.

a) La izquierda extrema siempre fue enemiga de la ambición, pensaba que era más un concepto capitalista que un derecho del ser humano, y ese error la ha hecho retroceder en medio mundo. Ya no se atreven a decirnos que vivamos como en Cuba, pero sí pretenden engañar a los venezolanos con haberles devuelto la dignidad: «El petróleo es vuestro». La disonancia entre lo que entiende la izquierda por ambición (grandes conceptos) y lo que entiende el pueblo (abastecimiento, servicios, seguridad) no presagia nada bueno. Deberían contestar la gran pregunta: ¿puede haber dignidad sin poder ambicionar?

b) El auge del separatismo catalán está muy relacionado con estos temas. La prosperidad catalana incluía una serie de bienes terrenales, propios de los partidos de derechas, con los que en Cataluña se vivía mejor que en el resto de España. Pero vino el tripartito con su idea de prosperidad tercermundista y la arruinaron. Tan es así, que a Convergencia le era más sencillo ambicionar la independencia que arreglar la economía. Entre todos han conseguido lo inimaginable: son menos independientes que otras comunidades que nunca pretendieron serlo, y menos prósperos, algo que nunca antes había ocurrido.

Le pregunto a un amigo del PNV por qué ETA decidió abandonar la violencia. Su respuesta impensable es: «Porque cambió su sentido de la prosperidad, ahora quiere la paz». Ni por un segundo me objeta que la paz existía antes y que ellos ambicionaban otra cosa. Los independentistas vascos coinciden en que para la salud mental de su pueblo la derrota nunca podrá ser reconocida.

c) La última del PSOE ha sido renunciar a la ambición con mayúsculas y proponer para Europa lo conseguido en Andalucía en los últimos treinta años. Un desvarío que ni describo. Se empieza abandonando la autoexigencia de tener gente de calidad en el banquillo y se termina oyendo cosas así. El colmo de la falta de ambición es poner objetivos que cualquiera cumpliría: reincidir en la ignorancia, mantener el nivel de paro, sacralizar la corrupción. A veces hacen pensar que una mayor ambición los alejaría del poder.

También votantes en el PP han estado a punto de renunciar a la prosperidad de volver a ser lo que fuimos, porque exigía sacrificios. Pero no es razonable suponer que por definición siempre haya que bajar impuestos, que el mercado sea perfecto o que la sociedad civil desarrollará las iniciativas necesarias. Si por miedo a perder votos tenemos que renunciar a nuestra prosperidad, no habremos ganado nada.

d) Antes el mundo de la cultura era el de la investigación, la medicina, la cátedra, la tecnología, el arte. Ahora el mundo de la cultura se lo han apropiado los actores de cine y no lo hacen para estimular la excelencia, sino para denostar la ambición. Quieren ganar, pero no parecer ganadores. Les gusta el éxito, pero no valorar el esfuerzo. Vivir del estado más que del mercado, que es conservadurismo rancio. Llevan demasiados años abonados a una ideología que los lastra, como para reconocer cuando triunfan que se debe a otra cosa. De ahí que la noche de los Goya algunos de sus discursos sean de estética perdedora. El deseo progresista de educar al país en vez de aclararse y elegir entre lo que les gusta y lo que les conviene, o en vez de educarse también más ellos, puede incluso parecer presuntuoso. No solo buscan ganar, quieren, cuando lo hacen, disfrazarlo con sus ideas. Todo un comportamiento bipolar: denigrar a los americanos y aspirar a serlo.

e) Hoy millones de personas, desde Obama hasta un parado de Andalucía, jibarizan sus objetivos permutando la prosperidad exigente por convencionalismos que les permitan seguir tirando. Es el miedo a hacer, a no hacer, a dejar de hacer o a que me hagan. Mala doctrina para lograr prosperidad. La buena es optar de una vez entre utopías e intereses y admitir que ser de izquierdas permite objetivos personales ambiciosos. Para salir de la «progremediocridad» hay que valorar la ambición y focalizarla detrás de la prosperidad exigente. Un misionero en la India me recibió diciendo: «Bienvenido al mundo real». La regla puede fallar, pero hagámonos a la idea de que lo valioso requiere ambición. Esto es: deseo, formación, esfuerzo.

Hemos visto que a la ambición la suplanta en los débiles el miedo, y en los poderosos la presunción. Algún doliente vestido de Armani pudiera vender dignidad a los pobres, alardear de sentido perdedor, señalar que la competitividad es dañina, proclamar su solidaridad con el Tercer Mundo. No siempre, pero en algún caso, ambiciona algo indigno, le importan un pito los pobres, pretende subvenciones exclusivas, y su solidaridad internacional es una inversión en publicidad que de paso le desgrava.

En los últimos años, como no podíamos devaluar nuestra moneda, devaluamos nuestra prosperidad, pero una cosa es devaluar nuestra prosperidad, que puede ser algo pasajero, y otra nuestra ambición, que como valor moral es esencial. En la ambición de muchos radica el trabajo de todos. En el trabajo de todos, la prosperidad del país. Es el mensaje a transmitir.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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