La promesa y el peligro de la biorrevolución

La promesa y el peligro de la biorrevolución
Gregor Fischer/picture alliance via Getty Images

En noviembre del año pasado el mundo celebró la noticia de que tres vacunas contra la COVID-19 basadas en genes —una desarrollada por la empresa de biotecnología alemana BioNTech en colaboración con Pfizer, otra, por la empresa de biotecnología con sede en EE. UU. Moderna, y una tercera, por la Universidad de Oxford y AstraZeneca— habían resultado eficaces en los ensayos clínicos. Pero en octubre los investigadores revelaron que las mutaciones no deseadas generadas por la herramienta de edición genética CRISPR-Cas9 —cuando se la usó para reparar un gen que produce ceguera en las primeras etapas del desarrollo del embrión humano— con frecuencia eliminaban un cromosoma completo o gran parte de él.

Ambos anuncios, que se difundieron con un mes de diferencia, ilustran la promesa y el peligro de la ingeniería biológica.

Como deja en claro un informe reciente del McKinsey Global Institute (MGI), los actuales logros en la biología y el análisis avanzado de datos podrían ayudarnos a solucionar grandes desafíos para la humanidad, desde reducir el riesgo climático y el fortalecer la seguridad alimentaria hasta combatir las pandemias; pero para hacer realidad los beneficios potencialmente gigantescos de esa revolución tendremos que pensar cuidadosamente sobre la forma de mitigar los riesgos potencialmente graves que conlleva.

La actual ola de bioinnovación tiene un gran alcance: aproximadamente el 60 % de los insumos físicos de la economía mundial ya son biológicos o se podrían producir mediante procesos biológicos en el futuro. El nailon, por ejemplo, ya se puede producir con levaduras genéticamente manipuladas, en vez de usar petroquímicos. Muchas de esas «biorrutas» para la producción posiblemente usarán menos energía y agua, y generarán menos emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Tan solo 400 aplicaciones biológicas actualmente en desarrollo podrían reducir las emisiones promedio anuales de GEI en hasta un 9 % para 2050.

La CRISPR-Cas9 destaca como una tecnología cada vez más accesible para manipular material genético. La complementan los rápidos y baratos secuenciamientos genéticos y avances en el análisis de datos que permiten a los científicos entender mejor los procesos biológicos. Nuestro creciente conocimiento de la biología —genes, microbiomas y señales neuronales— hacen que aumente cada vez más la posibilidad de «diseñar vida».

Pero modificar la biología es inherentemente riesgoso. Ahora que hay kits CRISPR en venta a través de Internet, cualquier persona con cierto grado de conocimiento biológico podría crear y liberar una nueva entidad viviente, que podría ser una bacteria o virus peligroso.

Los organismos biológicos se autorreproducen, son autónomos y se interrelacionan, por otra parte, como quedó demostrado con la rápida difusión de la COVID-19 en el mundo, no respetan las fronteras políticas. Por ejemplo, la llamada genética dirigida aplicada a los vectores de enfermedades infecciosas (como el mosquito Anopheles en el caso de la malaria) podría salvar muchas vidas, pero es posible que luego no podamos controlarlos. En un experimento de campo en Brasil, la siguiente generación de mosquitos genéticamente editados debía morir, pero cinco años más tarde continúan reproduciéndose.

Otra cuestión preocupante es la privacidad de la información, la rápida difusión de las tecnologías digitales disparó un intenso debate sobre el uso de datos personales por las empresas de tecnología (como los relacionados con los hábitos de compra y las actividades en las redes sociales), pero el acceso a los datos biológicos de nuestros cuerpos y cerebros implica otro nivel de conocimiento profundo.

Por otra parte, la biorrevolución podría arraigar la desigualdad, al menos mientras sus aplicaciones —como las terapias revolucionarias, los medicamentos para mejorar el rendimiento y la selección reproductiva— sigan siendo caras y, por lo tanto, solo estén al alcance de los ricos. El MGI estima que aproximadamente el 70 % de la reducción de las enfermedades en los próximos 10 a 20 años podría darse en los países con altos ingresos, a pesar de que solo representan en conjunto aproximadamente el 30 % de la carga de enfermedades en el mundo.

Así, a menos que se los gestione cuidadosamente, los riesgos de algunas nuevas aplicaciones biológicas pueden ser mayores que sus posibles beneficios. Los científicos no pueden innovar en el vacío, las preocupaciones de la sociedad son importantes y los innovadores deben ejercer una supervisión sistemática y eficaz. Afortunadamente, los antecedentes indican que lo hacen.

Allá por 1975, por ejemplo, científicos, abogados y profesionales médicos destacados se reunieron en la Conferencia de Asilomar en California para redactar lineamientos voluntarios que garanticen la seguridad de la tecnología del ADN recombinante. Más recientemente, la bioquímica estadounidense Jennifer Doudna —que recibió junto con la microbióloga francesa Emmanuelle Charpentier el Premio Nobel de Química 2020 por inventar las CRISPR— solicitó una regulación más estricta de esa tecnología cuando se supo que fue usada para editar genéticamente embriones humanos de mellizos.

Los gobiernos que regulan las bioinnovaciones y las empresas que las desarrollan y las usan deben participar continuamente en conversaciones sobre sus riesgos. De hecho, estimamos que hasta el 70 % del posible impacto de la biorrevolución afectará usos que corresponden a regímenes regulatorios existentes.

Actualmente, la regulaciones desigual, por ejemplo, a fines de 2019, la Sociedad Estadounidense de Medicina Reproductiva dejaba en manos de las clínicas y los padres la decisión sobre cuáles análisis y diagnósticos genéticos son aceptables para identificar defectos en los embriones antes de su implantación; pero la Autoridad de Fecundación Humana y Embriología del Reino Unido regula estrictamente el procedimiento y solo autoriza su uso con propósitos médicos (e incluso en ese caso, solo para ciertos trastornos).

Lo ideal es que los ciudadanos también participen en el debate, porque su nivel de aceptación frente a la aplicación de la ciencia influye en los reguladores. En el Reino Unido, por ejemplo, se estableció en 1991 el Consejo de Bioética de Nuffield, un organismo independiente para asesorar a los responsables de las políticas y estimular el debate público sobre la bioética.

Muchas de las innovaciones biológicas actuales son complejas y tenemos que entenderlas completamente para evaluar su impacto sobre nuestras vidas y sociedades. Solo a través del trabajo conjunto pueden los gobiernos, científicos, empresas y el público liberar el poder de la biología definitivamente, al tiempo que gestionan eficazmente sus riesgos.

Matthias Evers is a senior partner in McKinsey’s Hamburg office and co-leads the firm’s global research and development work in the pharmaceutical and medical products practice. Michael Chui is a partner at the McKinsey Global Institute, studying the impact of long-term technology trends.

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