La propuesta cristiana del amor familiar

Por Carlos García de Andoin (EL CORREO DIGITAL, 29/12/07):

El acto convocado por el cardenal Rouco ‘Por la familia cristiana’ para mañana domingo es una buena ocasión para reflexionar en voz alta sobre la familia en nuestra sociedad, la identidad de la perspectiva cristiana sobre la familia y el modo de proponerla.

La familia está sujeta a un profundo proceso de cambio en los países occidentales. Estamos en un periodo de transición hacia un nuevo modelo de convivencia que busca una mejor adaptación a las exigencias tanto de autonomía personal de los individuos en el seno de la familia como de democratización de las relaciones sociales en la vida privada (Picó). Hay quienes piensan que estos cambios amenazan con la desaparición de la familia. Sin embargo, a tenor de las encuestas de valores, para la mayoría de los ciudadanos la familia mantiene una alta estima como ámbito de referencia y proyecto vital. El «futuro de la familia es la familia» (Del Valle). No obstante, hay razones para la preocupación. Una es la creciente precariedad y vulnerabilidad de la institución familiar y sus efectos de todo tipo. Otra, el interrogante sobre los valores que actualiza y transmite una familia en una cultura dominante de la satisfacción, el éxito y el individualismo posesivo.

En efecto, las funciones de la institución familiar siguen siendo muy semejantes, lo que se modifica es el sustrato y el horizonte que le dan significación. El significado no viene dado por una institución religiosa, por una tradición cultural o por unos roles sociales ya definidos, sino que se adquiere en un proceso de construcción y reapropiación de la tradición, centrado en la experiencia real de la persona y basado tanto en la expresión y transmisión de los afectos como en la solidaridad entre los miembros de la propia familia (Sáez de la Fuente). Esto es importante, porque si queremos socializar la perspectiva cristiana de la familia no lo debemos hacer fundamentalmente como batalla política ofensiva o defensiva con el gobierno de turno para imponer significados por vía legal. No. El modo en que debe ser ofrecida es como propuesta cultural dirigida a la libertad de las personas, a fin de ser significativa y eficiente para los procesos de construcción de significado de la familia. Esto en lo que se refiere al cómo.

¿Cuál es la identidad cristiana de la familia? Hay un documento de la Iglesia católica, ‘Familiaris Consortio’ (1981), que resume los rasgos que configuran la visión cristiana de la familia. Así: a) es una comunión de personas fundada y vivificada por el amor y la entrega mutua (nn. 15, 18 y 50). Conyugalidad, unicidad y reciprocidad definen este amor que es núcleo primigenio de esta célula fundamental de la sociedad (n. 42); b) es una comunidad al servicio de la vida, responsable de la transmisión del don de la vida a nuevas personas como cooperación libre y responsable con la acción creadora de Dios (n. 28); c) es una comunidad educadora, escuela del más rico humanismo, del sentido de la verdadera justicia y del verdadero amor donde se valora más el ser de la persona que el tener (nn. 37, 40 y 64); d); es una profunda experiencia de comunión y participación, que representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad (nn. 37 y 43); y dos aspectos más, singulares y esenciales para los cristianos; e) la unión conyugal es un sacramento, símbolo de la comunión de Dios con los hombres y llamada a ser signo eficiente y solidario del Amor de Dios a los hombres y mujeres; y f) es una ‘iglesia doméstica’ creyente y evangelizadora que acoge la Palabra de Dios, anuncia, inicia a la fe y da testimonio con su vida del Reino de Dios (nn. 51 y 52).

Conforme a estos rasgos, la identidad de la perspectiva cristiana de la familia no se juega de modo determinante en la abstinencia sexual, a no ser que sea como respeto al deseo y a la voluntad del otro. Ni en el rechazo a la planificación familiar y los métodos anticonceptivos; somos humanos, no animales. Ni en aguantar impasible hasta la muerte la violencia ultrajante de la pareja varón. Eso clama a Dios. Ni en sostener una relación vacía de amor por fuerza de una tradición. Ni tampoco en una heterosexualidad contra natura. No. La identidad de la perspectiva cristiana de la familia estriba en edificar la relación de la pareja sobre la donación mutua, sin reservas y sin plazos, pues así es el Amor de Dios, fiel y hasta el final. Una donación hecha cada día y todos los días de nuestras vidas, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en las tristezas. Allá donde los discursos quedan desnudos. Allá donde, si no tengo amor, nada soy. Una donación expresada en el límite allí donde los cuerpos se funden y por un instante tocan el cielo. Una donación basada en el reconocimiento del otro y en su radical alteridad, nunca poseída, siempre potenciada, y sin embargo hecha de renuncias por el otro. La identidad de la visión cristiana de la familia radica en disponer con humildad ese amor al dueño de la vida, para que a su través continúe incesantemente la obra más maravillosa de la creación: el ser humano. Que lo es siendo diminuto embrión y aun con defecto genético. Esta identidad se muestra en mantener ese hogar sobre roca firme; y en sostener cada día hasta la extenuación el pulso de la educación de los hijos, queriendo con todo el corazón y toda el alma que crezcan en estatura, sabiduría y bondad, en la escuela y en casa, que sean buenos y activos ciudadanos, hijos e hijas solidarios en el Hijo, y también que digan ‘Padre nuestro’, pero desde el respeto profundo al don más preciado, el que nos distingue en último término del animal, la libertad. Radica en la buena ciudadanía de los padres hecha de obras, bienaventuranzas y seguimiento de Jesús, de igualdad de género y de respeto, que es lo mínimo, pero que también llega a perderse en matrimonios eclesiásticos. Estriba en esperar en el amor aun cuando la fatiga, la rutina, el fracaso o el desamor hacen su aparición. En fin, concluye en ofrecer esta vida a Dios, descansar en Él y pedirle otro día más, otra semana más energías de santidad.

Esta perspectiva de familia cristiana tiene capacidad de provocación y de admiración. Es una potente propuesta de significación y orientación para esa enorme tarea, la que tiene cada cual en el desafío de construir su modelo de familia con sentido, con valores y felicidad, algo a lo que todos aspiramos, aunque muchas veces no salga como queremos. La familia que se quiere defender contra la dignidad y la libertad de las personas, será muy natural o tomada como muy sagrada, pero no es la del Belén.