La próxima estación del nacionalismo

Uno de los mayores errores que se cometen a la hora de abordar los sucesivos desafíos del movimiento nacionalista desde el arranque de nuestra democracia se fundamenta en nuestra capacidad infinita de abrazarnos siempre al escenario más cómodo, al que arrastrados por nuestra comodidad deseamos que se produzca, en definitiva, al que más nos conviene. Esta elección del escenario más favorable a la hora de definir el siguiente jalón del movimiento nacionalista, confirma la actual prevalencia de la mentira sobre la verdad, de la que siempre tratamos de huir como si de la peste se tratara, consecuencia de una sociedad en la que el relativismo moral es moda dominante.

Los ejemplos de esta actitud muy generalizada resultan obvios y cercanos en el tiempo: ayer derrotamos a ETA, anteayer el Plan Ibarretxe fue triturado por la democracia española y hoy hemos descabezado y ridiculizado el Plan Puigdemont. Si no cambiamos de actitud quienes por otro lado creemos profundamente en España, vamos a hacer buena la expresión: «De victoria en victoria hasta la derrota final».

Da la impresión de que no queremos aceptar la naturaleza y el significado del conjunto del movimiento nacionalista, y seguimos sin comprender la expresión de las diferentes y diversas vanguardias del mismo, que se han ido manifestando sucesivamente en estos años como si de un equipo de relevos de atletismo se tratara.

Hoy tenemos delante de nosotros un «procés» que se expresa en Cataluña pero que no puede ni debe aislarse de un «proceso» que se puso en marcha en España hace muchos años, y que se aceleró singularmente hace más de una década con el mal llamado «Proceso de paz», protagonizado por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y ETA.

El «procés» ni arranca solo en Cataluña ni se va a agotar en sí mismo, como los hechos posteriores confirmarán, porque es apéndice, parte y consecuencia del «proceso». No solo es la expresión del mal llamado problema catalán, como tampoco aquel Plan Ibarretxe no solo era la consecuencia del también mal llamado problema vasco. Como tampoco ETA, cuando mataba y asesinaba, era solo una organización terrorista, sino la expresión de un proyecto de ruptura de España; esa era su auténtica naturaleza. Este proyecto de ruptura en el que ETA era su vanguardia, una vez asumido y aprobado por el conjunto del nacionalismo, sin excepción, desde los acuerdos escenificados en Estella y Perpiñán, utilizando un símil montañero: instaló sucesivamente dos nuevas vanguardias, dos campamentos base para, posteriormente, conquistar la cima de la fractura de España: el Plan Iberretxe, esto es, la ruptura sin rebelión, y el «procés», esto es la ruptura con rebelión.

El movimiento nacionalista es uno; no hay tres movimientos estancos, el vasco, el catalán y el gallego, entre otros. No tiene marcha atrás ya que está impulsado por la inercia de la insatisfacción y el resentimiento, por ello solo tiene una marcha adelante. El fenómeno nacionalista es en su propia naturaleza un movimiento y como tal, exige movimiento permanente, se puede admitir que arranca en un sentimiento pero culmina en un resentimiento. Del sentimiento al resentimiento a través del movimiento y en consecuencia, valga la redundancia, no hacemos frente a un sentimiento sino a un resentimiento.

El movimiento nacionalista no se ha detenido, porque ni lo sabe ni lo puede hacer, ya que es contrario a su naturaleza. Por ello, lo que tenemos que preguntarnos es cuál va a ser su siguiente hito, su nuevo jalón. Pero no tengamos duda alguna, no vacilemos; la única pregunta que cabe hacerse es cuál va a ser la modalidad, el método, la forma, la estrategia, el plan, la manera en la que sus protagonistas van a poner en marcha el movimiento nacionalista una vez más.

Para ello, es preciso recordar y comprender los dos hitos anteriores, los dos «campamentos base» para la ruptura: el Plan Ibarretxe y el «procés». No hace falta mucha imaginación para comprender que el siguiente campamento base va a ser diferente de los anteriores y por ello lo tienen, en esta ocasión, que recorrer juntos, tanto los nacionalistas vascos como los catalanes y gallegos, entre otros, con la alianza y la complicidad de la izquierda representada por Podemos, que es fruto de otro resentimiento diferente del nacional, el de carácter social. Las dos ideas y ejes fuerza de la siguiente estación del proceso van a ser por un lado la unidad de todos los nacionalistas, incluidos el Gobierno vasco y catalán, y por otro lado la asunción de la legalidad para romper España.

Se trata del tránsito de un referéndum ilegal a otro de carácter legal inspirado en la «Ley de Claridad» que sirvió de base al proceso de Quebec, basado en su autodeterminación. Lo decisivo para ellos es que una «España en movimiento», a través del horizonte de una reforma constitucional, puede tener un punto de encuentro con el movimiento nacionalista. Algunos dirán que esto es un supuesto retroceso del movimiento nacionalista, contradiciendo lo que acabo de decir, pero es puramente táctico porque ellos saben que este planteamiento es mucho más difícil de combatir en términos políticos.

Este escenario hoy se fundamenta en un diálogo imposible ya que es suicida para España, porque de esta supuesta reforma constitucional lo único que interesa a los nacionalistas es una modificación sofisticada, emboscada y retorcida, a través de una ley nacional, del carácter actual de la soberanía nacional. Este escenario exigiría el arranque en Cataluña de un frente populista-nacionalista. De ahí la trascendencia del resultado de las elecciones catalanas del 21 de diciembre.

La solución –como apuntaba al principio– radica en un profundo cambio de actitud personal, porque no podemos seguir relativizándolo todo empezando por el valor de la Nación. Los que creemos en España no podemos seguir como si nada hubiera pasado, esperando el siguiente paso del movimiento nacionalista. No solo hay que combatir la vanguardia del movimiento, ETA en su momento, el Plan Ibarretxe, el «procés» hoy y mañana el modelo Quebec para España. Hay que ser capaces de encontrar puntos de encuentro, una dirección, un proyecto que sume y agrupe diferentes opciones políticas y sociales, que sea capaz de dar respuesta a lo que hoy es una auténtica demanda social en muchísimos españoles. Es preciso dar respuesta al conjunto del nacionalismo y ser capaces de poner pie en pared, con determinación y perseverancia, para parar, detener y decir Basta ya al movimiento nacionalista, desde la ley, la democracia y el fortalecimiento de España.

Jaime Mayor Oreja, presidente de la Fundación Valores y Sociedad.

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