La próxima guerra

Por Kenneth Weisbrode, miembro del Consejo Atlántico de Estados Unidos. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 12/01/07):

Las fatales y calamitosas predicciones relativas a un enfrentamiento generalizado entre suníes y chiíes en Oriente Medio no se han cumplido todavía. Sin embargo, y a medida que pasan los meses de un conflicto sectario en Iraq que no hace más que agravarse, cabe preguntarse si el mundo está preparado ante la próxima guerra.

Tal guerra consistiría en una guerra por poderes entablada en este caso entre Arabia Saudí e Irán por el control de los recursos estratégicos y de acuerdo con las respectivas fidelidades políticas desde el norte de África a Pakistán. Los pesimistas ya la llaman la guerra de los treinta años.Los optimistas – al menos los optimistas archicínicos- la llaman la tormenta perfecta,pensando sobre todo en Israel y Occidente.

Resulta difícil de entender que un conflicto aún más amplio que el actual beneficie a algún bando en liza. Buena parte del debate sobre Iraq ha versado sobre el alcance y el calendario de la retirada de las fuerzas estadounidenses; por otra parte, en el marco del informe Baker-Hamilton se ha puesto el acento sobre distintas posibilidades: o bien un ritmo más acelerado de la retirada con la consiguiente transferencia de responsabilidades a los propios iraquíes y el salvamento de vidas estadounidenses, o bien un ritmo de retirada más lento con mayor pérdida de vidas estadounidenses aunque en la esperanza de prevenir lo que muchos consideran una extensión prácticamente inevitable del enfrentamiento civil en Iraq a un área mucho mayor.

Al parecer, el presidente George W. Bush ha optado por la segunda posibilidad, aunque con el importante factor del envío adicional de miles de soldados estadounidenses. Asimismo, Bush ha reemplazado a casi todo el personal militar y civil responsable de la gestión del asunto iraquí en la confianza de que el nuevo equipo respalde positivamente este cambio estratégico y logre un puñado de milagros en lo que le resta a Bush de mandato.

La revisión de la política iraquí concuerda con el consejo de unos cuantos optimistas a ultranza que afirman que sólo con un empujoncito sobre el terreno Iraq puede alcanzar la estabilidad a medio plazo. De mejorar así las cosas podría ganarse tiempo suficiente para reorientar el rumbo político en el país y apartarse de las brasas de una mayor conflagración. Oal menos así debe parecerle a Bush, quien ha cifrado la reputación de su presidencia y de su país en la solución o salida de esta guerra. Es posible que salgan bien las cosas, pero hemos de mantener ojo avizor sobre otras eventualidades.

Una guerra sectaria en todo Oriente Medio sería indudablemente larga y sangrienta y podría arrastrar al fragor de las hostilidades a otras potencias como Egipto, Turquía y Argelia que, en un momento dado, pueden decidir impulsar sus incipientes programas nucleares al objeto de defenderse contra otras potencias nucleares: Israel, Pakistán y – en un futuro próximo- Irán seguido a su vez de Arabia Saudí, circunstancia susceptible de requerir el despliegue de unas cuantas baterías pakistaníes en el desierto saudí a disposición del régimen. Entre tanto, potencias menores como Siria, Líbano y aun posiblemente las de Asia central al norte de Irán pueden verse desgarradas militar y políticamente entre el fuego cruzado de países rivales en la región. En suma, los conflictos por poderes pueden no sólo ahondarse sino también multiplicarse.

La posición de Estados Unidos y Europa en este escenario es sincera y veraz: resistir a la tentación de decantarse en esta batalla según las posibilidades de unos y otros para poner más bien el acento en sus facultades disuasorias y capacidad de interlocución y mediación. En cualquier caso, sería preferible fomentar una perspectiva equilibrada para que las potencias de la región se convenzan de que de ellas depende la paz y la seguridad de su entorno. Es menester, pues, alentar los foros multilaterales de cooperación y la colaboración económica multinacional. Pero dejando claro, por otra parte, que cualquier escalada conflictiva contra un rival de la misma región, sobre todo si median armas de destrucción masiva, concitará las iras de la OTAN. En este sentido, es menester alcanzar un serio compromiso relativo a Oriente Medio en este terreno.

Mientras tanto, pueden tomarse medidas para prevenir o impedir el estallido de una guerra de estas características. En primer lugar, debe intensificarse la labor diplomática con respecto a Turquía y Egipto, las dos potencias regionales con más que aportar… y que perder. Deben reclutarse ambas – en compañía de Arabia Saudí- para impedir que Irán siga con sus artimañas nucleares. En segundo lugar, debe garantizarse la postura unánime al respecto a ambos lados del Atlántico trabajando para desarrollar el artículo V de la OTAN en el sentido de medidas disuasorias relativas a toda la región. Y, por último, debe alcanzarse un consenso similar orientado a encontrar una solución al punto muerto del conflicto palestino-israelí. En cuanto a la carnicería diaria en Iraq, tal vez parezca entonces el menor de nuestros quebraderos de cabeza.