La próxima movida de Europa

Por Bronislaw Geremek, ex ministro Relaciones Exteriores de Polonia, miembro del Parlamento Europeo  (LA VANGUARDIA, 25/02/07):

Desde que Francia y Holanda rechazaron el tratado constitucional propuesto por la Unión Europea, los líderes de la UE estuvieron ocupados señalándose mutuamente con el dedo o culpando a los ciudadanos franceses y holandeses de no entender la pregunta que les habían formulado. Pero ni todas las acusaciones del mundo pueden ocultar el hecho de que, 50 años después de la creación de la Comunidad Europea, Europa necesita con suma urgencia un nuevo marco político, si no un nuevo proyecto, para apuntalar su unidad.

Sin duda, los ciudadanos franceses y holandeses no respondieron a la pregunta que supuestamente debían responder. Su voto fue una protesta.

Al igual que el movimiento antiglobalización, el nuevo antieuropeísmo puede considerarse como el reclamo de un mundo diferente – en este caso, un altereuropeísmo.

Las dos guerras mundiales y la guerra fría forjaron la integración europea como un proyecto de paz, de defensa de los valores fundamentales de Occidente y de prosperidad económica común. Pero el colapso del comunismo en 1989, y la posibilidad de superar las divisiones históricas del continente, ahora requerían una redefinición del proyecto europeo. Los tratados de Maastricht (1992) y Amsterdam (1997) crearon una nueva estructura organizacional para la UE y sentaron las bases para instituciones políticas a la altura del poder económico de Europa. El tratado de Niza (2000) fue el resultado de un acuerdo bastante pobre.

Las declaraciones de la canciller alemana, Angela Merkel, cuyo país asumió la presidencia de la UE a comienzos del 2007, son muy claras: el periodo de reflexión, aprobado por la Comisión Europea en el 2005, terminó. La presidencia alemana buscará poner en práctica las resoluciones del tratado constitucional. Yla declaración de Berlín del 25 de marzo del 2007 – programada para coincidir con el 50. º aniversario del tratado de Roma- ofrecerá una visión del futuro de la UE. El objetivo es dejar a los sucesores de Alemania en la presidencia de la UE – Eslovenia, Portugal y Francia- una hoja de ruta para una futura reforma.

En el pasado, cuando los políticos debatían el futuro de la UE, hablaban de una fórmula definitiva para la integración europea. El debate intelectual sobre el tema, iniciado por los filósofos Jürgen Habermas y Jacques Derrida, definía la naturaleza de la identidad europea a partir, sobre todo, del fracaso de EE. UU., pero también en términos de los desafíos planteados por la globalización. Hoy debería lanzarse un debate similar que aborde las cuestiones clave que conciernen al futuro de la UE.

En primer lugar, ¿cómo deberían definirse las relaciones entre los intereses europeos nacionales y comunes? Lo que se debate no es sólo la asignación de competencias, sino también la cuestión más fundamental de cuándo basarse en el acuerdo de los gobiernos nacionales y  cuándo recurrir a las instituciones comunes de la UE, a saber, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo.

El segundo interrogante tiene que ver con el alcance de la UE. Europa es una combinación peculiar de geografía e historia, pero las fronteras de la UE- y, por consiguiente, las perspectivas para su futura ampliación- están determinadas tanto por su capacidad para integrar a los países candidatos como por las propias capacidades de adaptación de estos países. Después del acceso de Bulgaria y Rumanía, la UE tiene 27 miembros, mientras Turquía y Croacia, pero también los otros estados de los Balcanes, así como Ucrania y Georgia, esperan en fila. ¿La ampliación puede convertirse en un instrumento para apoyar el desarrollo y estabilización tanto como alguna vez el plan Marshall lo fue para Europa occidental?

En tercer lugar, en lugar de un debate teórico fútil sobre los modelos liberal frente a social de desarrollo económico, necesitamos comparar las experiencias de países como Gran Bretaña, Suecia, Alemania y Francia. ¿Sus experiencias son mutuamente exclusivas o la convergencia es posible? ¿Qué políticas de hecho reducen el desempleo? ¿Qué medidas pueden asegurar la competitividad global de la UE? ¿Cómo podemos disminuir las diferencias en materia de desarrollo y bienestar dentro de Europa?

Cuarto, debe encararse la aspiración de la UE a una política exterior y de seguridad común. Las amenazas a las que se enfrenta el mundo hoy son supranacionales, de modo que se las debe neutralizar también de una manera supranacional. Pero esto es imposible sin una clara identidad europea – y, por ende, debe asegurarse y defenderse un interés común-. Entonces será factible un enfoque común de las cuestiones apremiantes, como los suministros de energía.

Este tipo de cuestiones podrían ser el tema de un referéndum consultivo celebrado simultáneamente en todos los estados miembros. Sus resultados permitirían que se presentara el tratado en una versión simplificada para ser ratificada por los nueve estados miembros que todavía no lo han hecho. La UE ganaría entonces una dimensión política y, a la vez, reglas claras de procedimiento. La alternativa es la parálisis. Si la UE sigue rigiéndose por el tratado de Niza, no habrá lugar para una futura integración política o ampliación. Las reglas actuales tampoco aseguran el funcionamiento efectivo de las instituciones de la Unión, tal como existen hoy, mientras que redactar un nuevo tratado constitucional probablemente requeriría incluso más tiempo del que se necesitó para la propuesta actual. En estas circunstancias, debería prevalecer el pragmatismo.

La democracia puede acarrear ciertos costos a corto plazo, pero siempre son inferiores que el daño a largo plazo que surge de la falta de participación popular. Sólo un nuevo debate europeo que incluya tanto a los ciudadanos de Europa como a sus instituciones puede combatir el altereuropeísmo de manera efectiva. Tal vez no haya llegado la hora de una verdadera Constitución europea, pero afrontar en lugar de evadir las cuestiones fundamentales a las que se enfrenta la UE podría crear un contexto para revitalizar el tratado constitucional y preparar a la Unión para los desafíos de nuestros tiempos.