La prueba de Kosovo / Russia's Test In Kosovo

Por Richard Holbrooke, ex embajador de EE UU ante las Naciones Unidas. Fue jefe de la delegación negociadora estadounidense en las conversaciones de paz de Dayton, que pusieron fin a la guerra de Bosnia. © The Washington Post. Traducción de Emilio G. Muñiz (EL PAÍS, 08/04/07 - THE WASHINGTON POST, 13/03/07):

Obsesionados con Irak, la Administración de Bush y el público han prestado muy poca atención a una serie de desafíos planteados por Rusia con respecto a la estabilidad de Europa. No hay duda alguna de que el presidente Vladímir Putin, envalentonado por las dificultades de Estados Unidos y por la eficacia de su diplomacia de la energía (que a veces parece chantaje), está tratando de recuperar el terreno perdido en la década siguiente al derrumbe de la Unión Soviética, mientras que en el ámbito interno aplica, cada vez más, políticas autoritarias, a menudo brutales. Sólo cuando Putin criticó duramente a EE UU durante una conferencia en Múnich celebrada el mes pasado (con el secretario de Defensa, Robert Gates, y los senadores John McCain, Joe Lieberman y Lindsey Graham como interlocutores) los norteamericanos le prestaron atención, y tan sólo de pasada. Ahora está sobre la mesa una prueba clave de la relación de Rusia con Occidente, y las actuaciones rusas podrían dilucidar si hay otra guerra en Europa.

¿Se acuerdan de Kosovo? Era el gran asunto en 1999, cuando un bombardeo de la OTAN encabezado por EE UU, que duró 78 días, liberó a la aplastada región albanesa del represivo control serbio. El estatuto final de Kosovo quedó en el aire por obra y gracia de una resolución de compromiso del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Desde entonces, la región ha sido administrada por la Naciones Unidas, y protegida por la OTAN. Pero Estados Unidos y la Unión Europea descuidaron la cuestión del estatuto definitivo mientras las posturas de Kosovo y Belgrado se endurecían.

El pasado lunes 26 de marzo, el formidable enviado especial de la ONU, Martti Ahtisaari, antiguo presidente de Finlandia, presentó ante el Consejo de Seguridad un plan que desembocaría en una independencia por etapas para Kosovo, con sólidas garantías para los derechos de la minoría serbia. Belgrado se opone frontalmente, como lo ha hecho a todos los cambios en el estatuto de Kosovo, una región que los serbios consideran parte de su territorio histórico, pero que ahora es albanesa en más de un 90%. Al final, los serbios tendrán que enfrentarse a la verdad: Kosovo se ha separado de Serbia para siempre como resultado de la política del antiguo dictador serbio Slobodan Milosevic.

El futuro de Serbia -que podría ser brillante- está en el seno de la Unión Europea, si es capaz de dejar atrás sus propios y paralizantes mitos históricos. Una transición pacífica hacia la independencia de Kosovo abriría a los Balcanes, incluida la propia Serbia, a una prometedora nueva era de cooperación regional.

Moscú entra en escena alentando en Serbia exactamente las tendencias contrarias. Putin declara que Rusia no apoyará nada a lo que los serbios se opongan. Si esto conlleva un veto de Rusia en el Consejo de Seguridad, o un esfuerzo para aguar o retrasar el plan de Ahtisaari, la frágil paz de Kosovo se evaporará en cuestión de días, y se pondrá en marcha una nueva ola de violencia, o incluso una nueva guerra. El plan de Ahtisaari, probablemente el mejor posible en las circunstancias actuales, no satisface a los albanos más extremistas porque no les concede la independencia inmediata y porque pone el acento en la protección de los serbios que permanezcan en Kosovo.

El caso es que Rusia, en lugar de trabajar para evitar la violencia en Kosovo, parece estar aprovechando la oportunidad para desafiar a los países occidentales, especialmente a Alemania y Estados Unidos. La secretaria de Estado Condoleezza Rice y su magnífico enviado especial, el embajador Frank Wisner, han dicho a Moscú y a Belgrado que Estados Unidos apoya el plan de Ahtisaari, pero hasta que el presidente Bush lo aborde decididamente con Putin (como hizo el presidente Bill Clinton con Boris Yeltsin hace una década), existe un riesgo serio de que Moscú no atienda el mensaje. Ese mensaje tendría que ser muy sencillo: si Rusia bloquea el plan de Ahtisaari, Moscú será el responsable del posterior caos y éste afectará a otros aspectos de las relaciones de Rusia con Occidente.

Rusia argumenta que Naciones Unidas no tiene derecho a modificar una frontera internacional sin el acuerdo del país afectado. Pero Kosovo es un caso especial y no sienta precedente alguno para los movimientos separatistas sean de donde fueren, porque en 1999, con el apoyo de Rusia, las Naciones Unidas recibieron la autorización para decidir el futuro de Kosovo.

El argumento de Moscú de querer proteger los sentimientos "fraternales" serboeslavos es ridículo; todo el que haya tratado con los rusos en los Balcanes, como lo hice yo durante varios años, sabe que su liderazgo no tiene en cuenta ningún tipo de sentimientos con respecto a los serbios. Rusia está utilizando a Kosovo por su ventaja táctica, como parte de una estrategia para reafirmarse en la escena mundial. Es una meta legítima, en la medida en que Rusia desempeñe un papel constructivo, pero el comportamiento reciente de Moscú, desde Georgia a Irán pasando por algunos inquietantes incidentes internos, no resulta alentador.

Actualmente, Kosovo se está perfilando como la mayor prueba internacional, pero para Vladímir Putin. Si Moscú veta o demora el plan de Ahtisaari, los albanokosovares declararán la independencia unilateralmente. Algunos países, entre los que se cuentan Estados Unidos y algunos musulmanes, probablemente los reconocerían, pero la mayor parte de la Unión Europea no lo haría. Eso daría lugar a una crisis europea de gran calado. En los Balcanes se produciría un nuevo derramamiento de sangre. La OTAN, que tiene a su cargo el mantenimiento de la paz en Kosovo, podría encontrarse luchando otra vez en Europa.

¿Se beneficiarían realmente de esto los rusos? Desde luego que no. La seguridad y la estabilidad de Europa -y las relaciones de Rusia con Occidente- están en peligro.

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Obsessed with Iraq, the Bush administration and the public have paid too little attention to a series of Russian challenges to the stability of Europe. There is no doubt that President Vladimir Putin, emboldened by America's difficulties and the effectiveness of his energy diplomacy (which sometimes looks like blackmail), is seeking to regain ground lost in the decade after the Soviet Union's collapse, while at home Putin pursues increasingly authoritarian, often brutal, policies. Only when Putin harshly criticized the United States during a conference in Munich last month (with Defense Secretary Robert Gates and Sens. John McCain, Joe Lieberman and Lindsey Graham sitting in front of him) did Americans pay attention -- and then only briefly. Now a key test of Russia's relationship with the West is at hand, and Russia's actions could determine whether there is another war in Europe.

Remember Kosovo? It was the big story in 1999, when 78 days of U.S.-led NATO bombing liberated the overwhelmingly Albanian region from repressive Serb control. Its final status was left unresolved under a compromise U.N. Security Council resolution. The United Nations has administered the region, and NATO has protected it, ever since. But the United States and the European Union neglected the final-status issue while positions hardened in Kosovo and Belgrade.

On March 26, the formidable U.N. special envoy, former Finnish president Martti Ahtisaari, will present to the Security Council a plan that would lead to phased independence for Kosovo, with strong guarantees for the rights of the Serb minority there. Belgrade is deeply opposed, as it has been to any change in the status of Kosovo, an area that the Serbs feel is part of their historic territory but that is now more than 90 percent Albanian. In the end, the Serbs will have to face the truth: Kosovo is gone from Serbia forever, a result of the policies of the former Serbian dictator Slobodan Milosevic.

Serbia's future -- and it could be bright -- lies within the European Union, if it can get past its own paralyzing historical myths. A peaceful path to Kosovo's independence would open up the entire Balkans, including Serbia, to a promising new era of regional cooperation.

Enter Moscow, encouraging exactly the wrong tendencies within Serbia.

Putin says Russia will not support anything that the Serbs oppose. If this means a Russian veto in the Security Council, or an effort to water down or delay Ahtisaari's plan, the fragile peace in Kosovo will evaporate within days, and a new wave of violence -- possibly even another war -- will erupt. Ahtisaari's plan, probably the best possible under current circumstances, does not satisfy more extreme Albanians -- because it does not provide instant independence and because of its emphasis on protecting Serbs who chose to remain in Kosovo.

Yet instead of working to avert violence in Kosovo, Russia seems to be enjoying the opportunity to defy key Western countries, especially Germany and the United States. Secretary of State Condoleezza Rice and her superb special envoy, Ambassador Frank Wisner, have told Moscow and Belgrade that the United States supports the Ahtisaari plan, but until President Bush weighs in strongly with Putin (as President Bill Clinton did a decade ago with Boris Yeltsin), there is a serious risk Moscow will not get the message. That message should be simple: If Russia blocks the Ahtisaari plan, the chaos that follows will be Moscow's responsibility and will affect other aspects of Russia's relationships with the West.

Russia contends that the United Nations does not have the right to change an international border without the agreement of the country involved. But Kosovo is a unique case and sets no precedent for separatist movements elsewhere, because in 1999, with Russian support, the United Nations was given authority to decide the future of Kosovo.

Moscow's point about protecting "fraternal" Slav-Serb feelings is nonsense; everyone who has dealt with the Russians on the Balkans, as I did for several years, knows that their leadership has no feelings whatsoever for the Serbs. Russia is using Kosovo for its tactical advantage, as part of a strategy to reassert itself on the international stage. That is a legitimate goal, as long as Russia plays a constructive role -- but Moscow's recent behavior, from Georgia to Iran to some ugly domestic incidents, is not encouraging.

Now Kosovo is shaping up as the biggest international test yet of Vladimir Putin. If Moscow vetoes or delays the Ahtisaari plan, the Kosovar Albanians will declare independence unilaterally. Some countries, including the United States and many Muslim states, would probably recognize them, but most of the European Union would not. A major European crisis would be assured. Bloodshed would return to the Balkans. NATO, which is pledged to keep peace in Kosovo, could find itself back in battle in Europe.

Would the Russians really benefit from all this? Certainly not. European security and stability -- and Russia's relationship with the West -- are on the line.