La puntilla

Hasta ayer mismo, algunos aficionados barceloneses de buena voluntad confiaban en que el tradicional «seny» catalán se impusiera para que la amenaza a la libertad de ir a los toros no se llegara a cumplir. Lamentamos tener que reconocer hoy que se equivocaban.

No es extraño. En todos los ámbitos de la vida, tendemos a negar lo que nos resulta imposible de comprender y difícil de aceptar. Es la vieja táctica del avestruz: mejor engañarnos que desesperarnos. ¿Cuántas veces lo hemos escuchado?: «No hay que ser catastrofista», «las cosas no están tan mal», «no se ha roto nada…» La realidad indiscutible es que, limitándose a decir eso, no se arregla nada.

También me aferré yo a la esperanza, en un momento, de que Convergencia no quisiera aparecer con esta imagen de prohibición antipática ante el resto de los españoles, por si necesitaba alianzas con un partido nacional para gobernar; que Unió, de acuerdo con su tradicional ideario, defendería la libertad de los empresarios catalanes que arriesgan su dinero en el negocio taurino; que Esquerra tendría difícil justificar ante sus electores por qué defiende los «correbous», a la vez que ataca a las corridas de toros; que el Partido Socialista Catalán no querría verse mezclado en esta historia tan turbia…

Una vez más, incurríamos en lo que los americanos llaman «wishful thinking»: confundíamos la realidad con nuestros deseos. La puntilla ha sido la pirueta —una más— del socialismo catalán, que, en contra de lo que siempre había afirmado, da ahora libertad de voto a sus diputados autonómicos ante el proyecto de ley de prohibición de la Fiesta. De este modo, algunos socialistas votarán a favor, y otros, en contra: así, la prohibición de la Tauromaquia parece segura. De nada sirve ya argumentar que habían prometido lo contrario, ni recordar las ilusiones que se basaron en la presunta afición taurina del presidente Montilla y de su mujer: ni siquiera ha manifestado él cuál será el sentido de su voto, con el pretexto de no influir… Ni Poncio Pilatos lo hubiera hecho mejor. También en este tema, Montilla no puede permitir que nadie le adelante: «Yo, más nacionalista catalán que nadie», parece repetir. Aunque, con el habitual desparpajo de algunos políticos, sigue cargando la exclusiva responsabilidad de la probable prohibición sobre los hombros de sus rivales de Convergencia. ¿Habrá alguien tan ingenuo como para creerlo?

En los periódicos catalanes acabo de leer dos noticias de innegable trascendencia. En primer lugar, Convergencia i Unió cree tener ya asegurada la mayoría absoluta, ante el desplome del tripartito, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto y las piruetas de Zapatero. Además, en una encuesta que publica «La Vanguardia», el número de los catalanes que apoyan la independencia supera, por primera vez, al de los que se oponen.

¿Tiene todo esto algo que ver con la prohibición de los toros? ¡Por supuesto! Convergencia cree que ya no necesita alianzas ni se preocupa demasiado de su imagen en el resto de España. El socialismo catalán incita a la rebelión contra la sentencia sobre el Estatuto y el presidente del Gobierno promete buscar las vías para orillarla… Al lado de todo eso, ¿van a dudar los nacionalistas en prohibir la Fiesta? ¡Claro que no! Cuestiones mucho más graves, objetivamente hablando, están planteando ahora, sin el menor respeto a la libertad de los españoles, en su conjunto…

Una vez más, hay que recordar lo que manifestó Albert Rivera, en el acto del Liceo que organizó ABC. El sentido de sus palabras era clarísimo: «Si este acto se planteara como una defensa de la Tauromaquia, yo no hubiera venido, porque no soy aficionado. Vengo porque el lema habla de libertad: la libertad de ir a los toros el que lo desee». Esa es la libertad que ahora se impide. El trasfondo político de toda la cuestión es evidente, aunque algunos intenten negarlo con la cantilena de que no hay que convertir esto en un «debate identitario». ¿Quién lo ha afrontado así? ¿Se van a prohibir a la vez la caza y la pesca en Cataluña? Para todo el que no tenga telarañas en los ojos, el motor básico de este proyecto de prohibición resulta evidente: el deseo de eliminar de Cataluña cualquier signo que en el mundo entero se identifique con la cultura española. Eso es justamente la Fiesta de los toros : lo tiene que reconocer cualquier observador imparcial, sea aficionado o no.

De nada ha servido recordar que la Tauromaquia ha sido, desde hace siglos, una Fiesta catalana: el número de plazas, los toreros catalanes, los críticos, los artistas, los empresarios. Cualquiera recuerda los nombres de Pablo Picasso, Néstor Luján, Mario Cabré, «Chamaco», Joaquín Bernadó, Pedro Balañá…

Ahora mismo, en Céret, las corridas de toros se llenan de «senyeras» y barretinas, se escucha «Els Segadors» y el alcalde, sin ningún complejo, da un bando, el domingo 11 de julio, «prohibiendo las manifestaciones reivindicativas anticorridas en un radio de 150 metros alrededor de las Arènes». Repito: no sirve de nada recordarlo. El nacionalismo sabe apoyarse en el presunto «progresismo», tendencioso e ignorante. Un solo ejemplo. Conviene recordar un reciente artículo del catedrático de Filosofía Jesús Mosterín —uno de los «expertos» que declaró ante el Parlamento catalán en contra de los corridas— en el que dice textualmente:

«De hecho, el riesgo del torero es mínimo… El mayor riesgo que corre es el de ser herido por las banderillas que sus propios banderilleros le han clavado al bovino… Las estadísticas muestran que en los últimos veinte años ningún torero ha muerto en la plaza». Rubor intelectual daría contestar con datos a semejantes muestras de ignorancia de un presunto «experto».

La realidad lamentable es que el nacionalismo, apoyado en este seudoprogresismo, va a conseguir lo que quería. Dentro de una semana, Barcelona se habrá empobrecido culturalmente un poco más, en contra de su tradición abierta, mediterránea, y los catalanes habrán visto cercenada una más de sus libertades. Hay otro aspecto que no debemos olvidar. Tampoco —me temo— han sabido defender la Fiesta suficientemente los profesionales de la Tauromaquia, dentro y fuera de Cataluña.

Por todo ello, sentía yo una profunda melancolía el domingo pasado, en la Plaza Monumental de Barcelona, cuando unas voces se alzaban y unas pocas pancartas aparecían, en los tendidos, reclamando libertad: parecía un viaje hacia atrás en el tiempo, a épocas felizmente superadas.

Recordaba yo a Paul Éluard, que da título a Elena Quiroga: «Escribo tu nombre: libertad». Y al padre común Cervantes, en boca de la pastora Gelasia: «Libre nací y en libertad me fundo…».

Barcelona es el último bastión de una batalla perdida ya muchas veces. Se había pedido a las organizaciones taurinas de fuera de Cataluña que no intervinieran mucho, para no suscitar reacciones. Es un caso claro de esa estrategia de una oposición «de bajo nivel», que suele conducir a la catástrofe: haría bien el PP en contemplar este ejemplo…

Las conclusiones son obvias: en definitiva, deciden los nacionalistas, crecidos ante una marea general que creen imparable. Pastelea el socialismo catalán —también en esto—, contradiciendo lo que tantas veces habían sostenido. Ha sido la puntilla: libertad, ¿para qué?… Lo siento por Cataluña. Y no solo, ni en primer lugar, por los toros.

Andrés Amorós