La quinta mega-Diada

Este domingo, centenares de miles de catalanes recorrerán las calles de Salt, Berga, Tarragona, Lleida y Barcelona. Será otra demostración exitosa de fuerza del soberanismo, que año tras año desde el 2012 es capaz de mantener el pulso y situar el Estado propio para Catalunya como la reivindicación pacífica y democrática con mayor capacidad de movilización del continente europeo. Las cifras hablan por sí solas: 1,5 millones de manifestantes en el 2012; 1,6 millones en el 2013; 1,8 millones en el 2014 y 1,4 millones en el 2015 (según fuentes de la Guardia Urbana de Barcelona para todos los años excepto el 2013, cuyas cifras corresponden a la Via Catalana con datos de la Conselleria d’Interior).

Aun así, para la presente edición, convocada bajo el lema A punt por la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, se espera una asistencia menor que en las ediciones precedentes. Tanto las cifras de los organizadores sobre el número de inscritos, como las informaciones no hechas públicas vinculadas a la logística organizativa (los autocares contratados, por ejemplo) permiten aventurar que el grado de movilización ciudadana será menor que en las cuatro diades multitudinarias que acumula hasta la fecha el procés.

¿Cansancio? ¿Escepticismo? ¿Qué explica que, estando formalmente en vísperas de la finalización de la aventura, según afirman día sí día también todos los actores con papel en esta obra, se prevean menos manifestantes que en anteriores movilizaciones?

Como siempre, cada uno responde a la pregunta según su propio poso de información, creencias, intuiciones, relaciones e intereses. Así, pueden escucharse desde razonamientos que atribuyen la menor asistencia prevista al formato de descentralización escogido, a otros que simplemente dan por hecho que muchos ciudadanos consideran el proceso ya debidamente encauzado en el carril político e institucional e inevitable su resolución (sea con la hoja de ruta pactada, sea con RUI), sin que su participación en manifestaciones sea ya imprescindible.

Hay también casos como el de Arran, la entidad juvenil integrada en la CUP, que ha hecho un llamamiento a sus militantes y simpatizantes para que no acudan a los actos «folclóricos» de la Assemblea y Òmnium, a diferencia del año pasado, en el que sí estuvieron presentes. El argumento, en este caso, es que las organizaciones convocantes son meras correas de transmisión de Junts pel Sí y que la izquierda, la de verdad, verdadera, no puede ser cómplice de tal dislate colaboracionista con el sistema porque de lo que se trata es de desobedecerlo todo, todo, y ya, ya.

Y existen también, y puede que sean los más, los que ahora vienen siendo llamados con cierto desprecio «procesistas». Entre ellos se cuentan independentistas de pata negra, aunque muchos son de nuevo cuño (sin ellos no habría agenda soberanista en Catalunya) que no quieren ser contados entre la capacidad de movilización de unas organizaciones convocantes a las que paulatinamente han dejado de ver como entidades políticamente neutrales.

En este sentido, la obsesión de crecer rápido por la izquierda yendo a la conquista de comunes y podemitas en una operación de seducción ideológica exprés enfría forzosamente a otras partes del soberanismo que empiezan a sentirse excluidas, no del objetivo pero sí de las maneras y los discursos. Solo hace falta repasar, para ver que esto es así, el sesgo ideológico mayoritario de los ponentes de los muchísimos actos que organizan por toda Catalunya Òmnium y la ANC. Estos procesistas, provenientes mayormente del espacio electoral de la extinta CDC, también han dejado de sentirse plenamente confortables con un proceso tutelado y a veces chantajeado por la CUP, que ha obligado a Carles Puigdemont a medir la confianza del Parlament en una moción que ya tiene superada pero que ha provocado el resquebrajamiento de la idea de unidad de acción soberanista.

Pero también habrá altas en la manifestación del 2016. Barcelona en Comú se suma este año a la convocatoria de Òmnium y la ANC, aunque Ada Colau y compañía ya han dejado claro que lo hacen para defender las instituciones catalanas y el derecho a decidir, pero no la independencia. Los mismos argumentos que en su día utilizaba Unió y que no obtuvieron el mínimo de comprensión por parte del independentismo. Carme Forcadell, hoy presidenta del Parlament, dijo en el 2012, cuando presidía la ANC, refiriéndose a Duran Lleida en vísperas de la Diada: «Que venga quien quiera, pero el que venga querrá decir que está de acuerdo con la independencia». No se ha escuchado a los actuales dirigentes de la ANC decir algo similar para referirse a los comunes, y es una buena noticia que así sea. Aunque en perspectiva pueda parecer que a unos hay ganas de convencerlos y a otros se trataba de echarlos.

Josep Martí Blanch, periodista.

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