La rareza

Sostiene Cospedal, en su doble condición de Ministra de Defensa de la integridad territorial del PP y Secretaria General del Movimiento en el Gobierno de España, que la resolución de la Audiencia Nacional que fija las condiciones de la declaración de Mariano Rajoy en el juicio del caso Gürtel es una “rareza”.

Y como Cospedal, liviana e ingenua cual apastelado vestido de vuelo blanco, siempre dice la verdad, debemos cavilar en pos de ese elemento “infrecuente”, “inhabitual”, “poco común”, “extraordinario” o “extravagante”, que es como la RAE define, a través de sus sinónimos, la “rareza”.

La mayoría de los medios de comunicación han incurrido en el error de creer que la Ministra Secretaria General se refería a la exigencia de que la declaración fuera presencial y no emplasmada, como pretendía su jefe por partida doble. Pero esto era imposible, toda vez que, según recuerda la resolución, Rajoy “comparece como un ciudadano español en calidad de testigo”.

Todos los días miles de españoles de cualquier edad, rango y condición cumplen con su deber de auxilio a la justicia y comparecen, con su DNI en ristre, en los juzgados de instrucción o las salas de vistas, aguardando en el pasillo, o todo lo más en una salita mal acondicionada, el momento de ser llamados a declarar sin oír a los demás testigos. Sólo cuando existe una imposibilidad física o se requeriría un oneroso traslado desde un lugar lejano, ha lugar la videoconferencia. ¿No siendo este el caso, dónde estaría la “rareza”?

Una segunda explicación podría encontrarse en el carácter contradictorio de la última disposición del tribunal, cuando establece que “dada la condición del testigo, se considera procedente adoptar cuantas medidas sean necesarias para preservar su imagen institucional, testificando en estrados en la forma que determine el Tribunal”. O sea que la cámara que captará el momento para la posteridad no encuadrará a Rajoy entre Bárcenas y Correa, sino entre dos letrados lo más anodinos posible.

Esto sí que podría ser una “rareza”, en la medida en que choca con la aparente determinación del tribunal de tratar a Rajoy como un “ciudadano” cualquiera. A ninguno de los demás testigos, empezando por el resto de los altos dirigentes del PP, se le va a aliviar de esa incomodidad iconográfica. Y la paradoja recuerda aquella noticia del NoDo en la que el locutor explicaba que “Su Excelencia el Jefe del Estado asistió a la Santa Misa como un español más”, mientras las imágenes le mostraban entrando en la iglesia bajo palio. Pero, claro, es evidente que la Ministra Secretaria General no iba a denunciar como “rareza” algo que favoreciera a su jefe por partida doble.

En el fondo, para qué vamos a engañarnos, lo que a Cospedal le parece “raro” no es que la declaración de Rajoy sea presencial, en vez de emplasmada, sino que tenga que producirse. Así lo verbalizó en su nombre Rafael Hernando, cuando alegó que “podrían llamar a declarar a Rajoy o al Papa de Roma porque sabían lo mismo”.

Como es obvio que Francisco I no fue Secretario General del PP antes de alcanzar el solio pontificio, ni tampoco se trata de alguien ciego, sordo y mudo, como tendría que haberlo sido Rajoy para no enterarse -“chismes” incluidos- de cuanto sucedía en el piso de abajo de la calle Génova, cabe deducir que en lo que subliminalmente les iguala el portavoz popular es en la condición de persona sagrada, infalible e intocable. Llamar a declarar a todo un presidente del Gobierno… ¡Jesús, María y José! Pero a dónde vamos a ir a parar…

Desde una perspectiva descreída, o incluso simplemente escéptica en materia de Historia Sagrada, llegados a este punto habría que advertir que efectivamente es una “rareza” que Rajoy declare como testigo ante la Audiencia Nacional, cuando lo pertinente sería que lo hiciera como imputado ante el Tribunal Supremo; que efectivamente es una “rareza” que la cámara vaya a captarle de pie delante de Correa y Bárcenas, cuando lo acorde a los elementos indiciarios que todos conocemos sería que le captara sentado entre ambos en el banquillo.

En primer lugar, porque era el responsable operativo de las campañas electorales que se financiaban ilegalmente. En segundo lugar, porque era el interlocutor habitual de Villar Mir y otros significados empresarios que entregaban dinero negro en Génova y se beneficiaban de adjudicaciones de administraciones públicas gobernadas por el PP. En tercer lugar, porque en el PP de Valencia, Baleares o, por supuesto, Madrid se reprodujeron pautas de conducta delictiva, exportadas desde la misma sede central que él pastoreaba. En cuarto lugar, porque su nombre aparece de forma reiterada en la relación de pagos en B, anotados por el mismo Bárcenas a quien promocionó al rango de tesorero. En quinto lugar, porque al recibir esos sobresueldos cuando era miembro del gobierno de Aznar habría incurrido en una flagrante ilegalidad. Y en sexto lugar, porque en sus famosos SMS y demás maniobras encaminadas a que el tesorero por él nombrado mantuviera la boca cerrada, se perciben actos de obstrucción a la Justicia.

Rafael Hernando no debería haber invocado al Papa de Roma sino a Sor Patrocinio, la famosa Monja de las Llagas de la era isabelina, porque, tal y como ocurrió con Felipe González en relación al caso Marey, sólo la “doctrina de los estigmas”, es decir la decisión de evitar que la mancha indeleble de la sospecha caiga sobre quien es la encarnación viva del poder, explica que el papel de Rajoy en la financiación ilegal del PP no haya sido investigado dentro de un proceso penal.

He aquí la verdadera “rareza”: la inviolabilidad del César. O mejor dicho, que pueda seguir siendo César quien acumula todas esas credenciales que ponen en solfa su integridad personal y política. Pedro Sánchez se lo dijo a la cara en la televisión e hizo de ello el fundamento de su “no es no”. Si estuvo a punto de ser descalificado a perpetuidad es porque esta “rareza” es a su vez la desembocadura inexorable de otras “rarezas” de nuestro sistema institucional y nuestra cultura política, difícilmente compatibles con el canon democrático.

¿O no les parece raro que los premios y castigos, los ascensos y sanciones de los jueces que tienen que investigar, encausar y eventualmente condenar a los políticos dependan de un órgano controlado por los políticos, de forma que Eloy Velasco tuviera que decidir hasta dónde procedía contra unos cargos del PP, mientras estaba pendiente de hasta dónde le dejaban progresar profesionalmente otros cargos del PP?

¿O no les parece raro que una parte importante de los diputados que tienen que representar a los ciudadanos para controlar al Gobierno sean en la práctica elegidos por el jefe del Gobierno en listas cerradas y bloqueadas para tener a raya a los ciudadanos, de forma que cuando un presidente esté en merecidos apuros, cierren filas en su auxilio, hasta el extremo de llegar a aplaudirle con estruendo por pronunciar la frase “me equivoqué”?

¿O no les parece raro que los responsables de los programas televisivos que, con tan fundamentado brío, ponen la proa a un Fiscal Anticorrupción que, tal y como desveló EL ESPAÑOL, había heredado el 25% de una sociedad panameña sin disolverla ni comunicarlo a sus superiores, como anteriormente pusieron la proa a Soria, Barberá o Rato, formen parte de un multimillonario duopolio otorgado por el Gobierno; y ello les lleve a medir por un rasero mucho más laxo a la vicepresidenta que les está haciendo ricos o, no digamos, al presidente que bendice su atracón?

¿O no les parece raro que los cuatro últimos directores del diario que marcó una época, llevando hasta sus cotas más altas el periodismo de investigación, la rebeldía intelectual y la crítica solvente, hayamos denunciado documentadamente, cada uno a nuestra manera, las presiones del poder político y económico a las que fuimos sometidos; y sea el gerente que aprendió italiano, el gerente con ínfulas de estadista de opereta, el gerente retratado en el “ay de vosotros” del Evangelio según San Mateo, quien, tras una larga saga-fuga de destrucción de valor ajeno en la empresa editora y creación del propio en sus condiciones contractuales; el gerente que ahora pretende liquidar los 26 años de abnegada entrega y descomunal aportación de aquel a quien despide como si fuera una criada respondona, por apenas 300.000 euros, o sea una mera porción de su propio salario anual; no les parece raro que sea ese gerente, insisto, quien tenga la oportunidad de nombrar a un quinto director, con el propósito de culminar la rendición del otrora indomable mundo mundial al rajoyismo, a través de unos poderes fácticos para los que viene ejerciendo el patético papel de aquellos kapos judíos que traicionaban a los suyos, incluso a quienes más directamente debían la vida, sirviendo, vara en ristre, a sus perseguidores y carceleros?

Sí, este es un país de animales raros en el que un fulano como Puigdemont que está perpetrando la comisión de un flagrante delito emplaza a los guardianes de la ley a que revelen cómo tratarán de impedirlo. Algo parecido a que un ladrón de bancos exigiera que la policía hiciera público el emplazamiento del coche patrulla desplegado para detenerle con las manos en la masa.

Sí, este es un país de animales raros que ha producido en la figura de Pablo Iglesias el primer jacobino federalista o más bien confederalista que vieron los pueblos y las naciones en los 228 años de historia revolucionaria transcurridos desde la toma de la Bastilla. Nunca en ningún lugar de la tierra había invocado alguien el venerado nombre de la patria con tan sincero y encendido fulgor -no es ironía sino pasmo- mientras ayudaba tanto a los empecinados en su destrucción.

Sí, este es un país de sanguinarios perrolobos, dóciles cabrejas y estériles burdéganos. Y puesto que entre los monstruos que siempre ha producido el sueño de nuestra razón han proliferado esos animales híbridos, no nos extrañemos ahora de que, como última “rareza”, al centauro con pies de barro que acaba de comprar a precio de oro su tiempo presupuestario en la lonja de los reinos de taifas, le haya brotado encima de la frondosa barba la descocada toca de Sor Patrocinio, que encima tampoco se llamaba así sino María Josefa de los Dolores Anastasia de Quiroga Capopardo, tal y como la imaginaron los hermanos Bécquer en sus premonitorias acuarelas sobre Los Borbones en pelota.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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