La razón de Estado

Hace 10 años viajé en un pequeño avión junto al ministro del Interior y a su secretario de Estado desde Madrid a San Sebastián. No sé muy bien cómo llegué a subir en él, pero ambos consiguieron que llegara a tiempo de abrazar a mi hermano que agonizaba. No supe cuánto sentido llegaría a cobrar en estos 10 años haber tenido la oportunidad de hablarle mientras le miraba, le acariciaba, expresándole todo el amor que sentía por él, por sus hijos y su esposa. No sé si llegaremos a conocer el grado de conciencia de quienes sufren el coma profundo, pero por instinto le di las gracias por haberme cuidado con tanta generosidad y ternura desde que nací cuando él tenía ocho años hasta el último de sus días, con 45. Habría querido guardar en la memoria cada centímetro de su piel. Sabía que nunca llegaré a saldar mi deuda de gratitud.

No supe entonces que las palabras que le dije se convertirían en la conciencia por la que he calibrado y valorado cada frase que he pronunciado y que no he pronunciado después. Nunca estuve a la altura de Joxeba Pagaza. Ni antes, ni después. Ni en su bondad, ni en su valentía, ni en su ingenuidad, ni en su entrega a los demás, ni en el idealismo que le llevó a confiar en más de un canalla, de grueso calibre o de baja estofa. Es duro ser consciente de que tal vez fue por eso por lo que le sobreviví, al evitar el riesgo extremo de las rutinas en lugares como Hernani o Andoain. Yo había escapado años antes de su asesinato con las niñas y mi esposo a San Sebastián, a una zona de menor riesgo físico y moral. Y cuatro años después de su asesinato marché fuera del País Vasco para preservar la salud en la materialización de una paz que se vislumbraba en lontananza como dulzonamente pringosa y tartufa, por evitar completar la educación de las niñas en un ambiente tóxico a causa de la preeminencia del disimulo ante la presión de ETA y su entorno para conseguir la exculpación colectiva.

No estoy orgullosa de algunos de mis silencios, porque durante estos 10 años se dieron ocasiones en los que la opinión pública estuvo tan manipulada que callé parte de lo que intuía, por prudencia al no tener los datos necesarios. También callé para evitar ser engullida en medio de alguna campaña de difamación o de estigmatización, pero incluso lo hice por miedo. Por miedo a recibir golpes sucios al denunciar el cambio del objetivo clave de la derrota simbólica -no sólo operativa- de ETA, imprescindible para conseguir recuperar la libertad ideológica, que sigue secuestrada en el País Vasco. No se han sometido las directrices del cambio a un debate honesto en la opinión pública y, de facto, tal debilidad favorece el sometimiento paulatino a buena parte de los dogmas y tabúes del nacionalismo vasco a cambio de que no maten. Evitar debates transparentes y embarrarlo todo de propaganda barata y de fotos pomposas no es una forma de utilizar la razón de Estado, sino de abusar del poder. Se ha respetado poco la inteligencia de los ciudadanos durante largos años y los ciudadanos no han exigido lo suficiente a los poderes públicos porque creían que sus casas y su bienestar material siempre estarían a salvo. Por otra parte, las élites políticas, vistas en sentido general, han trabajado muchas horas, sí, resulta innegable que muchos no descansan ni los sábados, ni los domingos, pero un porcentaje demasiado elevado trabaja atropelladamente, obsesionado por las fotos y los titulares o por sus propias vanidades.

La compleja maraña de relaciones entre la calidad de lo simbólico, lo moral y lo político en el liderazgo no se aprecia fácilmente y tampoco se aprecia su relación con la prosperidad de un país. Una gestión deficiente -de fondo- de lo que se juega el país en el País Vasco y Navarra, aunque no sólo allí, puede significar la implosión de toda la nación en el medio plazo y más pobreza económica, pero en el presente o no se aprecia o se puede escamotear. Los desastres que ahora padecemos han hecho cuerpo durante años sin apreciarlos, por la sencilla razón de que no resultaba necesario, ni rentaba electoralmente analizarlos en perspectiva o con profundidad. La burbuja inmobiliaria, la decadencia de buena parte de los aparatos de poder políticos, gestionados por unas pocas docenas de clanes o linajes familiares o cuasifamiliares se ha ido materializado en el medio plazo, cuando no lo advertían las encuestas del CIS.

Joxeba Pagaza no habría dejado de pronunciar una sola palabra por ninguna pequeña miseria personal, pero sinceramente no creo que eso le hubiera ayudado a llegar con su mensaje a más personas, porque las reglas de juego de nuestra opinión pública funcionan con las cartas marcadas. Escribía David Gistau que el gran escándalo que llena la opinión pública estos días le va pareciendo un «cruce sórdido de venganzas personales, medias verdades y tacticismos políticos que no encaja en una simplificación maniquea» y que si bien no entiende en toda su hondura qué está pasando, se sabe instrumento, sin saber de quién.

Por un elemental sentido del pudor no me atrevería a escribir estas líneas en un país con seis millones de personas que no pueden ganarse el pan y dar una vida digna a sus hijos si no lo creyera pertinente. No existe rigor en el debate público que pueda articular consensos frente a una emergencia económica nacional, ni consensos educativos para evitar que tantos jóvenes salgan del sistema educativo de forma precoz y tantos de ellos convertidos en zombis con móvil. No existe confianza entre los partidos para evitar que los jóvenes mejor formados escapen del país. No hay instrumentos para evitar que los diputados se deban al fulano que los puso en las listas electorales. Existen demasiados velos para evitar considerar los potenciales desastres que puede traer permitir la gestión de la ficción que pide Bildu, pero también el resto del nacionalismo vasco, para el fin del terrorismo etarra.

La mera invocación de la realpolitik por un gobernante no significa que se convierta en legítima razón de Estado. Cuando en una democracia se gestionan asuntos esenciales de forma opaca para millones de ciudadanos no se puede invocar ésta. La tentación de hacer esperar a la verdad y al trabajo riguroso sólo ha traído problemas aquí y en otros países. La subjetividad de quienes invocan la razón de Estado no la inviste de calidad y excelencia, por mucho que entornos jabonosos de mandarines sin más sentido de la vida que el poder o la versión más tosca de la ascensión social calmen las conciencias de los poderosos. Sé lo que te dije, querido hermano. Un beso. Me sigue costando mucho esfuerzo.

Maite Pagazaurtundua, hermana de Joseba Pagazaurtundua, asesinado por ETA el 8 de febrero de 2003, fue presidenta de la Fundación Víctimas del Terrorismo.

2 comentarios


  1. Extraordinario artículo de Maite Pagazaurtundua. Hay sentimiento auténtico, valentía y verdad, junto a una denuncia lúcida del transfondo de la mala política y el dominio de la opinión pública.

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