La razón de la sinrazón

Están ocurriendo cosas extrañas, sorprendentes, nunca vistas hasta ahora, cosas que aún no hace mucho se habrían considerado mágicas, sin saberse a qué magia atribuir, a la blanca o la negra. Sin ir más lejos: se consideraba casi artículo de fe que la subida del petróleo frenaba la prosperidad. Pero resulta que un precio demasiado barato del «oro negro» hace bajar las bolsas. Vemos a dos instituciones tenidas por justicieras y defensoras de los débiles frente a los todopoderosos acusadas de chantaje. Se había anunciado el «fin de la historia», con el triunfo de la democracia y el mercado como únicas vías para el desarrollo político y económico, y lo que estamos viendo es más inestabilidad que nunca, con la política como «arte de lo imposible», al menos es lo que pretenden los nuevos políticos, unos queriendo «conquistar el cielo»; otros, gobernar sin los votos necesarios. Y paro de contar, pues llenaría esta página con ejemplos de tales milagrerías que ustedes querrán que les explique o, al menos, les dé mi opinión sobre ellas.

la-razon-de-la-sinrazon-2Tras darle muchas vueltas, lo atribuyo a un fenómeno que me habrán oído más de una vez citar: la crisis aún no superada no fue simplemente económica, fue algo más, mucho más: fue un cambio de era traído por el avance brutal, desbocado, de la tecnología, que nos ha metido en un tobogán cuyas últimas consecuencias aún no conocemos. El principio de contradicción –«una cosa no puede ser ella y la contraria al mismo tiempo»– ha saltado por los aires, y quien quiera comprobarlo no tiene más que observar los cambios que se aprecian tanto en la izquierda como en la derecha, que a veces parecen haber cambiado sus papeles. Como estar en dos lugares a la vez, algo que ya permiten los encuentros virtuales. Hasta ahora, el pensamiento humano, la razón, iba delante de los acontecimientos. Hoy, los acontecimientos van por delante de nuestro pensamiento, atropellándolo. La misma historia ya no es «la lenta marcha de la humanidad hacia la libertad», como Hegel la definía. Por lo pronto, de lenta, nada de nada. A cien por hora. Las «invasiones bárbaras» (uso el término «bárbaro» en su sentido latino de «extranjero») que en el Bajo Imperio Romano se alargaron durante siglos hoy ocurren en meses, incluso en semanas, colocándonos en situaciones para las que no estamos preparados. Todo ocurre al mismo tiempo y nuestro planeta empieza a parecerse al mundo subatómico, en el que las partículas más diversas danzan sin que sepamos el ritmo de su música. De ahí que digamos que es imposible predecir el lugar donde se encuentran en cada momento (principio de Heisenberg). Recuerdo que hablando de ello con José Manuel Orza, compañero de Bachillerato y uno de los pioneros españoles en la estructura de la materia, tuve la osadía de decir que el interior del átomo «era Dallas, la ciudad sin ley». A lo que José Manuel se limitó a decir: «¿Y si estuviéramos llamando falta de ley a que no la conocemos?». Lo que me hizo callar como un muerto.

Lo que sí me atrevo a decir es que las viejas normas no sirven para afrontar los nuevos desafíos, como estamos comprobando en la crisis de los refugiados (si abrimos las fronteras, malo; si las cerramos, peor); en la crisis económica (la austeridad tiene dolorosas consecuencias, no aplicarla nos lleva a la bancarrota); en la crisis política (los partidos tradicionales están carcomidos por la corrupción, pero las soluciones que ofrecen los emergentes no son más que viejas fórmulas recalentadas –comunismo, nacionalismo– y fracasadas). Lo que nos lleva a callejones sin salida, como el que estamos viviendo en España.

Porque, vamos a ver: sustituir la democracia representativa o parlamentaria por la asamblearia que propone Podemos, ¿es un avance o un retroceso? Por lo pronto, no es nada nuevo. Se ensayó ya en el París de la guerra franco-alemana de 1870, cuando la entera clase política huyó ante el avance de las tropas germanas y tuvieron que formarse comunas populares para hacerles frente, cosa que lograron durante algún tiempo hasta que fueron aplastadas. Pero eso puede ocurrir en un caso extremo, de gran peligro, no para llevar los asuntos estatales del día a día, pues los ciudadanos no pueden estar votando cada decisión que se tome, incluso por el móvil, pues no harían otra cosa, sin poder atender a su profesión. Aparte de que ¿dónde queda el debate, crucial en toda democracia? Y más importante todavía: ¿no ofrece tal extensión de las decisiones la oportunidad ideal para manipularlas a quienes manejan las preguntas que se hacen? No hay que olvidar que consultas y referendos han sido una de las armas políticas preferidas de las dictaduras. Y no hablo sólo de la franquista, sino del uso torticero que se está haciendo de ellas en Cataluña. O los partidos políticos.

Muy bien, me dirán, pero entonces ¿qué propone usted, si dice que lo viejo ya no sirve y que lo nuevo es un pastiche de algo más viejo todavía? Pues proponer no propongo nada, ya que no tengo fórmulas milagrosas ni creo en ellas. Lo único que sirve en situaciones como en la que estamos es afrontar la realidad tal como es, distinta a la que ha habido hasta ahora, y actuar como actúan los científicos en los nuevos campos de la física o la biología: con mucho cuidado, sin ningún prejuicio, con el sentido común como brújula y un enorme escepticismo ante las apariencias, atajos y ocurrencias. No dando «por sentado» nada ni tampoco descartándolo. Recuerdo un libro de astronomía en el que el director del entonces más importante observatorio astronómico se reía de las teorías de Einstein. Hoy hay quien sostiene que podemos aumentar el gasto a medida de nuestras necesidades, neutralizar el independentismo catalán con un simple cambio de la Constitución o soportar la corrupción sistémica instalada en España convenciendo a Rajoy de que dimita. No es que se equivoquen, es sencillamente ridículo. Nadie es completamente inocente ni totalmente culpable de la situación en que nos encontramos. Todos somos responsables de ella. Sostener otra cosa es tanto como decir que no hemos tenido democracia durante los últimos cuarenta años, lo que tampoco es cierto. Lo que ocurrió fue que no supimos administrarla. ¿Vamos a continuar equivocándonos, echándonos las culpas unos a otros, presentándonos como los buenos de la película y los otros como los malos? Pues adelante. Pero no olvidemos que eso sólo sería lampedusismo: cambiar para continuar lo mismo. Lo que hemos hecho hasta ahora. Pero ya Galileo dijo, tras obligarle cuatro tonsurados a decir que la Tierra estaba inmóvil: «Eppur si muove». Pero se mueve, ¡y de qué manera!, en los últimos tiempos. Nuestros políticos, sin embargo, insisten en seguir donde estaban.

No hay salvación individual. Ni de partidos. Ni de clases. En el mundo global en que vivimos, hay que olvidarse de algo tan español como creer que cuanto peor le va al vecino mejor nos irá a nosotros. Justo lo contrario: o nos salvamos todos o nos hundimos todos.

José María Carrascal, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *