La razón de ser de Israel sigue siendo válida

La razón de ser de Israel sigue siendo válida
Sean Gallup/Getty Images

En 2009, el difunto historiador británico Tony Judt sostuvo que la identidad de Israel en cuanto estado distintivamente judío era «perjudicial para Israel» y «perjudicial para los judíos en otras partes a quienes se identifica con sus acciones». En aquel momento sus apreciaciones generaron controversia; pero la reacción mundial ante la guerra entre Hamás e Israel que se desarrolla en Gaza parece darle la razón, mientras judíos de todo el mundo ven que se les echa la culpa por el presunto «genocidio» israelí contra el pueblo palestino.

Durante los últimos seis meses, tras las noticias de atrocidades en Gaza se produjo un súbito aumento de incidentes antisemitas en ciudades como Londres, Nueva York y Viena. Se han pintado consignas de odio en sinagogas, se han profanado cementerios judíos, y personas identificadas como judías han sido víctimas de hostigamiento.

Por cierto, hay muchos judíos que participan activamente en protestas contra la guerra donde se pide una Palestina libre «desde el río hasta el mar»; y equiparar cualquier crítica al gobierno de ultraderecha del primer ministro israelí Binyamin Netanyahu con el antisemitismo es un error. Pero también es verdad que algunas personas se han apresurado a catalogar de genocidio la conducta de Israel en Gaza, con una urgencia que no se ha visto en respuesta a actos de violencia masiva en lugares como Siria, Sudán o incluso Ucrania. Esta desproporción hace pensar que la crítica a las acciones israelíes puede servir de alivio a quienes están cansados de que se los haga sentir culpables por el Holocausto.

En relación con este resentimiento, los gobiernos israelíes comparten cierto grado de responsabilidad, no sólo por el terrible trato que por muchos años han dado a los palestinos sino también porque es común que funcionarios israelíes invoquen el Holocausto para justificar las crueles políticas de su país. Desde el juicio a Adolf Eichmann celebrado en 1961 en Jerusalén, Israel se ha presentado como la voz de todas las víctimas del Holocausto. Se da por sentado que si Israel hubiera existido en los años treinta, se habrían salvado del infierno nazi las vidas de seis millones de judíos.

Tal vez ese sea el motivo por el cual en su momento se invitó al presidente israelí Isaac Herzog a asistir a la inauguración del nuevo Museo del Holocausto en Ámsterdam el 10 de marzo. Tras la explosión de violencia en Gaza, cuando Herzog afirmó que la responsabilidad por la matanza de ciudadanos israelíes cometida por Hamás el 7 de octubre era de «toda una nación» y que en Gaza no había civiles inocentes, se consideró que ya era demasiado tarde para cancelar la invitación. Esto generó grandes protestas, con manifestantes que corearon consignas propalestinas a judíos que hacían fila para entrar a la sinagoga de Ámsterdam, en conmemoración de la comunidad judía holandesa, aniquilada casi por completo por los nazis.

Frente a la equiparación de los judíos con Israel, la respuesta de Judt fue que la identidad judía y el Estado judío debían estar separados. «Así tal vez podamos», escribió, «establecer una distinción natural entre los judíos que son ciudadanos de otros países y los ciudadanos israelíes que son judíos».

Judt no fue el primero en proponer algo así. El escritor de origen húngaro Arthur Koestler (un exsionista como Judt) sostuvo que los judíos que quisieran vivir como tales debían radicarse en Israel, y que los que no lo hicieran debían dejar de identificarse como judíos. Pero aunque esto pueda parecer una solución sencilla, no lo es, porque cómo se perciban los judíos a sí mismos no cambia necesariamente la forma en que los perciben los demás. En el Holocausto, los nazis mataron en las cámaras de gas a judíos seculares que se veían en primer término como alemanes, junto con judíos ortodoxos de los shtetls polacos.

La expresión más clara del carácter judío de Israel es la Ley del Retorno (1950), que otorga a todos los judíos el derecho a radicarse allí. Su objetivo era convertir a Israel en un refugio contra el antisemitismo, pero se la ha criticado por su definición imprecisa de la identidad judía. Hoy da acceso a la ciudadanía israelí a cualquier persona que tenga al menos un abuelo judío o que se haya convertido al judaísmo.

Esto es una clara injusticia para los palestinos cuyas familias fueron expulsadas de sus tierras ancestrales por fuerzas judías durante la guerra de 1948. ¿Por qué un francés o un ruso con un único abuelo judío tiene derecho a migrar a Israel y los descendientes de refugiados palestinos no?

Muchos judíos dirán que no sienten ninguna afinidad con Israel y rechazarán cualquier insinuación de que deben serle leales o defender sus políticas. De hecho, no hay ninguna razón por la que los judíos deban defender las políticas de Israel, y muchos no lo hacen. Pero que algunos judíos en Europa y en los Estados Unidos consideren que las persecuciones son cosa del pasado no implica que otros judíos en regiones menos privilegiadas no tengan dificultades. También es verdad que hoy Israel parece estar muy lejos de ser un refugio seguro (en parte como resultado de las maquinaciones de su propio gobierno), pero el principio sigue siendo válido.

Aun así, se puede sostener que Israel debería reconsiderar la Ley del Retorno, por ser una política obsoleta que torna casi imposible una paz duradera con los palestinos. Sin embargo, aunque su derogación sería un acto de justicia para los palestinos, también atentaría contra el principio fundacional de Israel en cuanto refugio para los judíos necesitados.

Desestimar el papel de Israel como posible refugio es hasta cierto punto una muestra de falta de solidaridad e imaginación. El ideal de crear una patria para todos los judíos perseguidos sigue siendo el argumento más fuerte para su existencia (a menos que uno crea que los judíos tienen derecho a un estado propio porque Dios prometió la tierra sagrada al pueblo judío).

Mientras así sea, a los judíos les será difícil disociarse por completo de Israel. E incluso si la diáspora judía negara dicha conexión, muchos gentiles insistirán en ella. Al fin y al cabo, es común que la identidad nos la impongan los demás… una realidad a la que los judíos están muy habituados.

Ian Buruma is the author of numerous books, including Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of Tolerance, Year Zero: A History of 1945, A Tokyo Romance: A Memoir, The Churchill Complex: The Curse of Being Special, From Winston and FDR to Trump and BrexitThe Collaborators: Three Stories of Deception and Survival in World War II, and, most recently, Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024). Traducción: Esteban Flamini.

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