La realidad de la ‘guerra contra el terror’

Richard Norton-Taylor es responsable de temas de Inteligencia en el diario británico The Guardian (EL MUNDO, 20/07/05).

Si los ministros y diputados no pueden reconocer que la invasión de Irak ha aumentado la amenaza terrorista, dejemos que otros lo hagan. Podemos empezar por los responsables de velar por la seguridad del Reino Unido y los intereses británicos en el exterior.

El 10 de febrero de 2003, un mes antes del ataque a Irak, la comisión mixta de Inteligencia de Whitehall informó a Tony Blair de que «Al Qaeda y los grupos vinculados a dicha organización seguían representando la mayor amenaza terrorista para los intereses occidentales y que esa amenaza se agudizaría como consecuencia de cualquier acción militar contra Irak».

Añadieron, además, que el derrocamiento del régimen iraquí incrementaría el riesgo de una guerra química o biológica, o la aparición de productos tecnológicos que podrían caer en manos de los terroristas.

El 18 de julio, el Instituto Real de Asuntos Internacionales hizo público un documento firmado también por Paul Wilkinson, profesor de la Universidad de Saint Andrews en el Reino Unido.No se trata de un polemista radical, sino de la personificación de la opinión ortodoxa.

«El Reino Unido corre un riesgo especial», advierte el documento, «porque se trata del más fiel aliado de Estados Unidos», y se sumó a las acciones militares llevadas a cabo por el Ejército norteamericano en Afganistán e Irak. De la misma manera, señala que el problema clave al que se enfrenta el Gobierno es que «ha estado desarrollando una política antiterrorista, codo con codo, con Estados Unidos, y no en el sentido de formar parte de una toma de decisiones en igualdad de condiciones sino, más bien, como un pasajero sentado en el asiento trasero que se ve obligado a ceder el volante al aliado que se encuentra en el asiento del conductor».

Irak ha impuesto ciertas dificultades a Gran Bretaña, prosiguen los autores, ya que «impulsó la propaganda, el reclutamiento y la recaudación de fondos de la red de Al Qaeda, provocó una mayor escisión de la coalición, proporcionó una zona de adiestramiento ideal y una selección de objetivos para los terroristas vinculados a Al Qaeda, al igual que desvió los recursos y la asistencia que se podrían haber desplegado para ayudar al Gobierno de Karzai y poner a Bin Laden en manos de la Justicia».

En la actualidad, Al Qaeda es tanto un concepto como una red u organización. Nació en Afganistán y, pronto, EEUU se convirtió en uno de sus principales objetivos, en parte, como consecuencia de su presencia militar en Oriente Próximo.

De una manera u otra, Al Qaeda hubiese seguido propagándose por el mundo, en vídeos y páginas web. Sin embargo, Irak ha contribuido a la expansión de su influencia y del aliento de los jóvenes musulmanes.

El MI5, departamento de contraespionaje británico, sigue preocupado por el número de personas que puedan llegar o regresar a Gran Bretaña armados, con nuevas técnicas de fabricación de explosivos.

Suena a una perversa justificación de la invasión, pero Blair y Bush declaran que Irak se ha convertido en un imán para los terroristas. Gran Bretaña y Estados Unidos deben asegurarse de que los enemigos insurgentes y extranjeros sean derrotados y de no permitirles alcanzar la victoria en la guerra contra el terror, un concepto que avergüenza a los servicios de Inteligencia, a los departamentos de Seguridad y a los comandantes militares, ya que sugiere que la lucha contra el terrorismo se puede ganar por la fuerza de las armas. Son las causas, dicen, lo que importa.Y éstas incluyen la política exterior del Gobierno.

Los servicios de Inteligencia y los departamentos de Seguridad, al igual que la mayor parte de los más altos rangos de Whitehall, se opusieron a la invasión de Irak, alegando que no estaba justificada.Sabía que la Administración de Bush no estaba diciendo la verdad cuando proclamaba la vinculación entre Al Qaeda y Bagdad.

Los diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña fueron los encargados de bajarles los humos a los dirigentes que expresaron su preocupación ante tales reivindicaciones, aunque también ellos, extraoficialmente, condenaban la guerra, pero esa honestidad podría dañar seriamente las relaciones del país con EEUU.

Si Whitehall se opuso a la guerra, resulta sorprendente que se horrorizara ante el fallo de Washington de considerar las consecuencias y desestimar las sugerencias británicas. Los servicios de Inteligencia y de Seguridad tenían sus propias y precisas preocupaciones: la alianza británica con Estados Unidos no resultaba útil para sus intentos por conseguir agentes o informadores donde más los necesitaban, en los zocos y mezquitas. Les enfurecía la manera en la que el Pentágono alardeaba de las fotos de los prisioneros en la Bahía de Guantánamo.

«La Inteligencia y los hechos se fijaron alrededor de la política», dijo Sir Richard Dearlove, entonces jefe del MI6, servicio de Inteligencia británico, cuando celebró una reunión presidida por Blair el 23 de julio de 2002, cuyas actas fueron filtradas al Sunday Times londinense y que, en la actualidad, circulan por las páginas web en Estados Unidos, pero no en el Reino Unido.

En la reunión, Jack Straw, ministro británico de Exteriores, calificó la necesidad de llevar a cabo una acción militar como «escasa», y el ministro de Justicia advirtió de que el «deseo de un cambio de régimen no constituía una base legal para desempeñar acciones militares».

También se filtró otro memorando secreto de Whitehall redactado por los ministros el 21 de julio de 2002, ocho meses antes de la invasión. Les instaba a preparar las «condiciones», y no para la reconstrucción de un Irak post Sadam ni para evitar la insurgencia, sino para embaucar al pueblo británico.

El memorando hablaba de la necesidad de «crear las condiciones necesarias para justificar la acción militar». Apuntaba que cuando Blair trataba el tema de Irak con Bush en el rancho del presidente en Crawford, Texas, el mes de abril anterior, «le dijo que el Reino Unido respaldaría una acción militar para llevar a cabo un cambio de régimen, siempre y cuando se cumpliesen una serie de condiciones: tenían que esforzarse por construir una opinión pública de coalición».

El documento enfatizaba: «Es necesario crear las condiciones ante las que podamos respaldar legalmente una acción militar…Hará falta tiempo para preparar a la opinión pública británica para que considere necesaria una acción militar contra Sadam Husein».

El resultado fue el informe del armamento iraquí. El MI6, responsable de la Inteligencia secreta, todavía no se ha recuperado de esa desastrosa maniobra llevada a cabo por Blair. No son pocos los que, en Whitehall, piensan que, desde entonces, la sociedad tratará el concepto de inteligencia con un peligroso cinismo. Les están pidiendo a los ministros que lean el primer capítulo del informe de Lord Butler acerca de la utilización de la Inteligencia en el programa de armas de Irak.

La Inteligencia, dice, «puede ser una herramienta peligrosa si aquéllos que la utilizan no son capaces de reconocer sus limitaciones…»

Las limitaciones de la Inteligencia quedaron ampliamente demostradas en Londres el 7 de julio. Los servicios de Inteligencia y los departamentos de Seguridad dicen que aprenderán la lección. ¿Es mucho pedir que Tony Blair y los creadores de su política exterior la aprendan también?