La realidad y el deseo

George Eliot dijo que nunca es demasiado tarde para ser lo que querríamos haber sido. Del mismo modo, nunca es demasiado tarde para llegar a ser la sociedad que querríamos haber sido. Llegar a ser lo que querríamos haber sido conlleva saber a donde queremos llegar y ser capaces de hacerlo a través de elecciones específicas. En el caso de las mujeres, nuestras sociedades no han alcanzado el punto donde la mujer pueda hacer una aportación económica equiparada a su preparación y capacidad profesionales.

Es una realidad que hay un porcentaje elevado de mujeres cualificadas que renuncian a trabajos, a ascensos y a perseguir con concentración absoluta el éxito laboral porque no desean sacrificar la crianza de sus hijos. Esta decisión disminuye significativamente las perspectivas profesionales y la estabilidad económica de estas mujeres. Sin embargo, la natalidad es un bien de Estado. La sociedad necesita que nazcan niños que en un futuro puedan financiar con sus aportaciones a la Seguridad Social el gasto de las pensiones. El valor de la aportación que realizan las mujeres (o los hombres si así fuera) cuando dedican varios años a criar a sus hijos y a gestionar el hogar fue estimado por el Departamento de Estadística de EEUU en 1995 en 125.900 dólares anuales. Si un país decidiera externalizar este trabajo, no habría fondos para pagarlo.

La sociedad invierte en formar a mujeres tanto como a hombres (y ellas devuelven la inversión con brillantes resultados académicos) pero recoge, desde el punto de vista económico, pobres resultados, comparativamente hablando, de su población femenina. Las estadísticas muestran más allá de toda duda que la mujer está infrarrepresentada en la realidad profesional a niveles altos. Así, parece que la sociedad no rentabiliza la inversión que realiza para formar y preparar a sus mujeres.

Las razones de esta asimetría son estructurales. No existen en nuestro país medidas efectivas que pongan en valor la contribución de las mujeres a la sociedad cuando deciden dar prioridad a su familia durante un tiempo, en detrimento de otros intereses profesionales que les pudiesen resultar más rentables a nivel individual. Tampoco existen medidas efectivas que permitan que los hombres se impliquen más en la crianza de los hijos y la gestión de todos los aspectos de la vida doméstica. Uno pensaría que las primeras interesadas en corregir esta situación serían las mujeres más preparadas y que sin embargo acaban en muchos casos dejando de lado su vida profesional por cuidar lo que en algún momento de sus vidas consideran su prioridad: a sus hijos. Estas mujeres, desbordadas por las exigencias que conlleva el simultanear su carrera con la maternidad, se ven en la tesitura de escoger, no tienen la capacidad de hacer una brecha sustancial en el statu quo y acaban decantándose por dar prioridad al ámbito familiar. Con ello, la sociedad pierde uno de sus mayores activos.

Más allá de las diferencias ideológicas, hay aspectos que nos interesan a todas las mujeres, como la igualdad salarial por igual trabajo, la conciliación de horarios laborales, la erradicación de la violencia de género o incentivar la corresponsabilidad en la crianza de los hijos y la gestión doméstica. Sin embargo, las mujeres que estamos en puestos de toma de decisiones, ya sea en la política o en otros ámbitos, no estamos trabajando lo suficiente para lograr unidas estos objetivos. Tal vez sea porque las mujeres que llegan a la cima en sus profesiones, no en todos los casos pero sí en general, han de adoptar un papel que tradicionalmente ha sido representado por los hombres que ellas ahora perpetúan.

Esta reflexión lleva implícita una pregunta. ¿Qué tipo de persona necesitaríamos tener en puestos de toma de decisión para poder facilitar el camino a mujeres preparadas y dispuestas a triunfar, pero no dispuestas a sacrificar a sus familias por el éxito profesional? ¿Tal vez líderes que hayan entendido que a veces no se puede tener todo al máximo y al mismo tiempo? El problema es que el terreno que la sociedad actual hace perder a las mujeres en su desarrollo profesional si reducen su disponibilidad durante los años de maternidad es, en muchas ocasiones, innecesariamente irrecuperable. ¿Cómo tendría que ser la sociedad para que las mujeres no tuvieran que realizar elecciones injustas para ellas y nocivas para la sociedad cuando los hijos no deberían ser sólo responsabilidad de sus madres?

En Estados Unidos, las medidas de acción afirmativa, que consideran factores como el género, la raza o la religión para asegurar que todos los sectores de la población están representados de forma equitativa en las universidades y en los lugares de trabajo han logrado revertir en cierta medida el sistema de cuotas tradicional, donde la ventaja comparativa recaía de forma generalizada en los varones de raza blanca. Uno de los frutos más claros del sistema de acción afirmativa es que, hoy,  Estados Unidos tiene como presidente a un afroamericano. Desde aquí defendemos que un sistema similar de cuotas, utilizado hasta que la balanza entre sexos esté más equilibrada en el ámbito profesional, podría beneficiar a las mujeres y a otros grupos de población que son discriminados en términos de acceso y ascenso en el mundo laboral.

Las profesoras Claudia Goldin, economista de la universidad de Harvard, y Cecilia Rouse, de la Universidad de Princeton, estudiaron hace tiempo los efectos de realizar las audiciones con pantalla a candidatos a las orquestas sinfónicas de este país. Su estudio probó que cuando se usa una pantalla, las candidatas son elegidas un 50% más que cuando no se utiliza la pantalla en las primeras rondas de selección. En las rondas finalistas, el incremento en la selección de mujeres es de un 300%. El uso de pantallas en las audiciones incrementó la participación de mujeres en las orquestas de 5% al 36% en 20 años.

De todos es sabido que, en algunos países escandinavos, hombres y mujeres pueden dejar su puesto de trabajo durante varios años y percibir un salario por su trabajo de crianza, pudiendo volver después a su trabajo con ciertas garantías de continuidad, especialmente si trabajan en el sector público. Nosotras añadiríamos que si esas condiciones se extendieran a los hombres y al sector privado de forma uniforme estaríamos mucho más cerca de rentabilizar la inversión que la sociedad hace en la formación del 50% de sus ciudadanos, las mujeres.

Asimismo, cuando los hombres sean capaces de sacrificar temporalmente su ascenso profesional para garantizar el bienestar de sus familias, habremos llegado a equilibrar la balanza de la aportación económica entre los géneros. Sin embargo, a día de hoy el éxito vital de un hombre sigue estando definido en gran medida por el nivel profesional que llegue a alcanzar. Una de las tristes consecuencias de esta falta de conciliación de la vida familiar con la profesional es que todos conocemos a hombres que llegados los cuarenta y los cincuenta lamentan no tener la relación que querrían con sus hijos y echan de menos aún más el haber disfrutado más de ellos cuando eran niños. En la tensión entre la realidad y el deseo, que todavía se vive con dolor en innumerables familias, todos pierden: a los niños les falta la atención que merecen y necesitan; las mujeres se sienten forzadas a tomar decisiones que no satisfacen ni sus necesidades profesionales ni las familiares; y los hombres se ven alienados de su faceta de padres y compañeros.

Del mismo modo, cada vez que una mujer elige seguir su camino profesional exactamente como lo haría un hombre tradicional, es decir, como si no tuviera familia, se pierde gran parte de la riqueza humana de esa mujer. George Eliot, una escritora que eligió firmar sus novelas con nombre de varón, entre otras cosas para que la tomaran en serio, dijo también que la fuerza que más impulsa el crecimiento humano es la de sus elecciones. Las elecciones individuales y de las sociedades pueden hacernos crecer o disminuirnos, estancarnos, dejar de lado lo que podríamos y querríamos haber sido. Porque la natalidad es un bien de Estado, y porque nunca es demasiado tarde para ser la sociedad que podríamos haber sido, desde nuestras redes de mujeres profesionales invitamos a todas las mujeres y a la sociedad española a elegir crecer, aprender y trabajar para conseguir cambios que a todos beneficiarán.

Por Mary-Lys Urueña, presidente de la asociación 85 Broads España, y Ana Requesens Moll, miembro del consejo asesor de 85 Broads España y de Zonta España.

2 comentarios


  1. Todo el artículo de opinión me parece bastante desafortunado y como mujer trabajadora y madre de familia numerosa, no me representa para nada.

    Pero hay una afirmación en el último párrafo que me pone los pelos de punta: “la natalidad es un bien de Estado”. Dos de los Estados que me vienen a la mente y que han convertido la natalidad en un bien de Estado son la Alemania nazi de Hitler y China…en fin, estas dos “iluminadas” flaco favor hacen a las mujeres!

    Estoy totalmente de acuerdo con el conmentario #1 y cansada de tanta feminista trasnochada y completamente fascistoide en su visión.

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  2. El día que en España:

    -la baja por maternidad y lactancia tenga que ser asumida, obligatoriamente y por ley, a partes iguales por madre y padre, lograríamos como mujeres el triple objetivo de que a la hora de contratar y fijar salarios fuera lo mismo para una empresa contratar a un hombre que a una mujer, no perder nuestro lugar en el mundo laboral y corresponsabilizar, además, a los padres en el cuidado y necesidades de los hijos.

    -que los hombres como padres no tengan que asumir pensiones de exmujeres que incluso ganaban más que ellos en el momento de la separación y que han decidido aprovechar el sistema y vivir a costa de sus exmaridos para dedicarse a tener más hijos o ser lo que querrían haber sido.

    -Las mujeres asuman maternidades responsables y sean partícipes económicamente de la manutención y costes educativos de los hijos que paren (y no meras proveedoras de amor, cuidados y atención), lo mismo que exigimos que los padres cuiden, den cariño y atención a sus hijos, además de proveer económicamente y de contribuir a las tareas y el hogar de esos hijos.

    -Dejemos de exigir tener derecho a nuestros cuerpos para abortar o decidir tener hijos sin conocimiento o consentimiento de los padres biológicos. Ellos como padres, también deberían poder decir algo a la hora de que una mujer decida abortar el hijo de ambos (salvo en los casos de violación, abuso o peligro para la vida de la madre).

    Nos beneficiaremos todos como sociedad (hijos, hombres y mujeres) incluida la natalidad y nuestra igualdad en el mundo laboral.

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