La ‘realpolitik’ de China

China entiende que la glásnost (transparencia en ruso) es evitable y además contraproducente para ella en el siglo XXI; de tal forma que pretende que lo que en China no se conoce, no existe. Si tiene que derribar la torre de Babel de Google, no duda un minuto en poner a cualificados dirigentes al frente de la operación. Eso también lo sabemos a ciencia cierta gracias a Julian Assange. Quien quiera quitar méritos a las filtraciones de WikiLeaks lo tiene complicado, porque por lo menos ha confirmado muchas sospechas.

Mijail Gorbachov entendió, hace más de 20 años, que no había fronteras para parar la libertad de información. Es cierto que su cálculo erró y no pudo hacer una explosión controlada del comunismo, pero casi nadie duda de que si su estrategia hubiera sido distinta, solo se habría ganado un poco de tiempo antes del gran derrumbe.

Las condiciones de China son distintas. Para empezar, su cultura milenaria entiende el Estado como una razón en sí misma; la disidencia es una excepción y los modelos culturales occidentales casan mal con esa idiosincrasia separada endémicamente de nuestras costumbres. La inmensidad del país, la complejidad de su lengua para los occidentales y la facilidad de mantener un apagón informativo en las extensas zonas rurales juegan a favor del Gobierno chino.

Han conseguido constituir una capa dominante de la población que tiene capacidad -y lo está haciendo- para amasar enormes fortunas en complicidad con un Estado que se sigue definiendo comunista, pero que permite la coexistencia de la mayor opulencia con escaseces extremas. La consigna es producir la mayor cantidad de bienes y servicios al menor coste posible, sin tener en cuenta quien se queda con las plusvalías. Marx no casa con el modelo chino, pero eso ahora no es importante. Todavía las contradicciones visibles para nosotros no han hecho una implosión en el país más poblado del mundo.

Las autoridades chinas no permitieron viajar a Liu Xiaobo a recoger el Premio Nobel de la Paz. Además, su familia soporta una inmensa presión del Gobierno chino. Este enroque del Partido Comunista Chino ha creado un problema mucho más complejo que la evidencia de la vulneración de los derechos humanos.

La nueva situación de la geopolítica ha confirmado el desplazamiento de su eje al Pacífico. Estados Unidos ya no es potencia hegemónica y Barack Obama no solo lo ha percibido, sino que ha sido consecuente. China, como país exponencialmente emergente, como potencia sin matices, está en condiciones de disputar una hegemonía norteamericana que ya no existe. ¿Puede ser un ejemplo de modelo de crecimiento económico un país sin libertades y sin derechos fundamentales con tal de que crezca por encima del 10%? ¿Pueden competir Occidente y sus sistemas legales y democráticos con la máquina de producir china? ¿La legitimidad democrática seguirá siendo un factor sustantivo de referencia en la política mundial?

La apuesta esencial es todavía interna. Mediante el pacto tácito o explícito que permite un tipo de economía relativamente abierta, en convivencia con el partido único y el control de los derechos fundamentales. La prioridad es conseguir desarrollar las zonas pobres del país, fundamentalmente agrícolas, y empezar a crear sistemas de salud y de educación a los que puedan acceder casi 1.400 millones de chinos.

Con una estrategia sin vacilaciones, China pospondrá cuestiones estratégicas internacionales evitables con tal de sentir que tiene garantizados sus fines internos fundamentales. La cultura china también se basa en la persistencia. Saben esperar: la prueba es que Deng Xiaoping, que tuvo el atrevimiento de plantear a Mao Zedong algunas de las ideas hoy vigentes, fue castigado y solo cuando cumplió 74 años pudo llegar al poder e iniciar el proceso de apertura.

Para darse una idea de esta realidad, no hay más que observar la política exterior norteamericana, en donde Europa no tiene relevancia frente a la dedicación que concede a China. Las reservas de dólares de China y su política con el yuan tienen agarrado al mundo por donde más duele.

¿Es la hora de la realpolitik o de la defensa de los principios? La foto de la silla vacía con el premio de Liu Xiaobo entre los miembros del comité del Nobel de la Paz es un homenaje, pero también un síntoma de impotencia. Demasiados chinos, demasiado poderosa su economía para medidas ejemplarizantes.

Europa está en franca decadencia. No hay liderazgo ni objetivos claros y la corneta ha tocado el sálvese quien pueda. Conforme avance el siglo XXI, ser europeo va a ser menos importante cada vez. Y no hay atisbos de que la partida en este ajedrez mundial esté bien organizada. Aquí no caben sanciones, salvo si son los chinos quienes quieren aplicárnoslas.

Por Carlos Carnicero, periodista.