La rebelión contra la Ley del PNV

El portavoz del Partido Nacionalista Vasco, Aitor Esteban, en su fogosa intervención ante el Congreso para justificar el no de su partido a la investidura de Mariano Rajoy, dijo textualmente: “Euskadi es una nación. Los vascos somos una nación a ambos lados de los Pirineos, con una lengua propia que no tiene nada que ver con la española… Nunca hemos dado el visto bueno a ninguna constitución española, tampoco a la de 1978, que validó sólo el 30% del censo vasco. Quiero que le quede claro. No hemos dado el visto bueno a la Constitución española. Aunque luego nos hemos ajustado a la legalidad, no hemos dado el visto bueno a la Constitución española, y siempre nos vamos a rebelar ante una Constitución y un Estado que no nos reconozcan como nación. Usted me habla de unidad y yo le hablo de libertad”.

la-rebelion-contra-la-ley-del-pnvEstas palabras no pueden quedar sin respuesta, porque contienen graves imprecisiones históricas y responden al relato imaginario de los nacionalistas vascos que tiene poco que ver con la realidad.

Comenzó el Sr. Esteban con una afirmación rotunda: “Euskadi es una nación. Los vascos somos una nación a ambos lados de los Pirineos”. Pero nunca ha habido una nación vasca y menos si en ella se incluye a Navarra y a los territorios vascos del sur de Francia. Las naciones se han forjado a lo largo de la historia. Es cierto que, a finales del siglo XIX, Sabino Arana, un personaje xenófobo y racista al que algunos veneran como “padre de la patria vasca”, fundó un movimiento político para defender la independencia de una nación, a la que bautizó con el nombre de Euzkadi, avalada por la existencia de una raza distinta de la española situada a ambos lados de los Pirineos. Ciento veintiún años después, la nación vasca sigue brillando por su ausencia. En Vascongadas el separatismo no tiene ganada la batalla. La ha perdido hasta ahora en Navarra, que nunca ha renegado de su condición española, y en el País Vasco-francés sus ciudadanos se sienten más patriotas franceses que el general De Gaulle.

Mal que les pese a los nacionalistas, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, desde que tuvieron conciencia de su propia personalidad en la Edad Media, pasaron a formar parte de la Corona de Castilla por “voluntaria entrega” en los dos primeros casos y por herencia dinástica en el de Vizcaya. Hoy, por voluntad propia y plena legitimidad democrática, conforman la Comunidad Autónoma del País Vasco, una de las regiones europeas con mayor grado de autogobierno.

Y si, como proclaman los nacionalistas, el alma de la nación vasca es el euskera, convendrá recordar que el idioma que hoy llamamos castellano nació en tierras vascas y navarras. El Reino de Navarra acordó convertirlo en lengua oficial cincuenta años antes de que Castilla abandonara el latín. De modo que el español es también lengua propia de los vascos y navarros. Y si se advierte que el porcentaje de población que tiene el euskera como idioma materno es muy reducido, llegaríamos a la conclusión de que la vasca es una nación sin alma.

Tampoco es verdad que nunca los vascos dieron su visto bueno a ninguna Constitución española. El rechazo de la mayoría de los vascongados y de los navarros a la Constitución de 1812 no fue por ser española sino porque instauraba un régimen liberal que consideraban contrario a la religión, a las leyes tradicionales de la monarquía española y a las instituciones seculares del Reino de Navarra y de las Provincias Vascongadas. Las guerras carlistas no fueron una lucha por la liberación nacional del pueblo vasco. Los vascos, junto a muchos españoles, defendieron la legitimidad de los reyes carlistas y nunca se rebelaron, con las armas en la mano, sólo para defender los Fueros. Además, la Revolución liberal contó también con ardorosos defensores tanto en el País Vasco como en Navarra. Fueron liberales navarros quienes pactaron la Ley Paccionada de 1841, sustento del actual régimen navarro, y liberales vascongados quienes con su numantina intransigencia al negarse en 1876 al requerimiento de Cánovas de que renunciaran a dos exenciones insostenibles -la de enviar hombres al ejército y la de contribuir a los gastos comunes de la nación-, condujeron al país a la pérdida de sus Fueros. Aunque el político conservador en 1877 les otorgaría el régimen de conciertos económicos, pilar fundamental del actual autogobierno vasco.

Dijo el Sr. Esteban que los vascos no habían dado su aprobación a la Constitución de 1978 porque sólo recibió el voto favorable del 30 por ciento del censo electoral. Pero en democracia las abstenciones no cuentan. Votó el 40,14% de los electores y el sí alcanzó el 69,11%. En cualquier caso, resulta que en Navarra, tronco y raíz de la pretendida nación vasca según proclaman, la Constitución superó la mayoría absoluta del censo electoral (50,5%) y recibió el respaldo del 75% de los votos emitidos. Por consiguiente, si se parte de tal consideración, no se puede afirmar que la Constitución hubiera sido rechazada por “los vascos”.

El anhelo de reintegración foral se mantendría vivo desde la abolición de 1876. Cien años después obtendría plena satisfacción en la disposición adicional primera de la Constitución de 1978, que ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales. No en vano un histórico dirigente nacionalista navarro, Manuel de Irujo, la calificó como “la Constitución más foral”. A pesar de ello, el PNV se abstuvo en el referéndum constitucional con el falso argumento de que la Constitución no garantizaba la foralidad. En realidad adoptaron esta postura para evitar la aceptación del artículo segundo que proclama la unidad indisoluble e indivisible de la nación española. Pero un año después, en 1979, la ciudadanía vasca refrendó el Estatuto de Guernica que vino a suponer el respaldo indirecto del electorado vasco a una Constitución que le permitía acceder al mayor autogobierno de toda su historia.

Y paradójicamente, el PNV encontraría en la disposición adicional el amparo constitucional para el restablecimiento de los Conciertos Económicos, injustamente suprimidos en Guipúzcoa y Vizcaya durante la Guerra Civil, el ejercicio de plenas competencias en materia de educación, la creación de la Ertzaintza y la recuperación de las Juntas Generales y Diputaciones Forales suprimidas en 1877.

Sin duda, el Sr. Esteban se dejó llevar por un exceso verbal cuando, en pleno delirio antiespañol, afirmó que “siempre nos vamos a rebelar ante una Constitución y un Estado que no nos reconozcan como nación”. En uso de su libertad el pueblo vasco refrendó su actual estatus. Es triste que el PNV hable de rebelión permanente frente a un Estado constitucional, que le garantiza un elevadísimo nivel de autogobierno y de bienestar en libertad y democracia. Sólo en una cosa coincido con el Sr. Esteban, cuando dijo que su partido “no nació para resolver los problemas del Gobierno de España”. Nació ciertamente para romper España.

Jaime Ignacio del Burgo es expresidente de la Diputación Foral-Gobierno de Navarra.

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