La reconquista

Me lo imaginé al oír a Santiago Abascal iniciar su campaña electoral en Covadonga, con la Reconquista como lema: una brigada de medievalistas saltando a la palestra para negar que ésta existiera. Como ocurrió. Con el único título de amante de la historia, como otros lo son de la filosofía, el ajedrez o el bridge, me he creído obligado a responderles. Estoy dispuesto a aceptar que lo de Covadonga pudo quedarse en rifirrafe por aquellos desfiladeros asturianos; que el apóstol Santiago puede no descansar en la catedral de su nombre; que la batalla de Clavijo no se ganó por su aparición a lomos de un caballo blanco despanzurrando moros, y otros mitos que engalanan nuestro medievo. Los mitos forman parte de la Historia. Don Pelayo fue bastante más que una leyenda y el Camino de Santiago, mucho más que un peregrinaje, perdurando e inspirando hasta nuestros días. Mucho más arriesgado aún es decir que «España no existió hasta 1492», cuando hubo un reino hispano visigodo, San Isidoro escribió el más hermoso de los loores a ella, que a lo largo de la Edad Media retumbó el dolido canto de la «España perdida» y en el Concilio de Constanza (1414) figura por primera vez internacionalmente Hispania como «nación», junto la gálica, la anglicana, la germánica y la itálica. Una nación que había que recobrar. Y se recobró. Hubo, pues, Reconquista.

La reconquistaQue unos profesionales de la materia se olviden de ello lo atribuyo más a prejuicios ideológicos que a deficiencias profesionales. «La historia, escribió Sabastián Haffner, es una ciencia y un arte». La ciencia la ponen los hechos. Pero ellos solos, desnudos, nos describen una realidad que puede tergiversarse a voluntad. Hay que ver lo que hay tras ellos, el ambiente en que ocurrieron, las consecuencias que tuvieron, y eso solo puede hacerlo un artista. ¿Cómo? Ya que el arte se hace a «fuerza de renuncias», otra frase de Haffner, eliminando todo lo accesorio para quedarse con la esencia, como un escultor elimina de un bloque de mármol cuanto le sobra o un pintor muestra de un paisaje o personaje sólo su alma. Por eso es tan difícil escribir historia. Limitarse a volcar sobre el lector una riada de nombres, fechas y hechos no basta e incluso invita a elegir lo que nos apetece, sin atenerse a su importancia, puede dar una idea falsa de lo ocurrido. Sin ir más lejos, el librito de Haffner sobre Churchill (187 páginas tamaño minibolsillo) o las biografías de Stefan Sweig de personajes o momentos históricos (Fouche, Magallanes), nos dicen más de ellos que mamotretos de profesionales, aunque también han escrito grandes obras. Pero no en este caso.

Volviendo a nuestra Reconquista, me atrevo a decir que es un auténtico rompecabezas tanto en sentido literal -pues se rompieron muchas- como simbólico, dada la variedad de protagonistas y la suerte que corrieron. Contrasta la rapidez de la conquista musulmana (de 711, Guadalete, 718, Covadonga) con el tiempo que tardó en expulsarlos, tras la caída del último reino musulmán, el de Granada, 1492. En esos ocho siglos hubo de todo: una primera mitad de claro dominio musulmán, que llega a su apogeo con Abderramán III y su Califato de Córdoba, los cristianos a la defensiva, aunque avanzando, sobre todo en la parte occidental, con el Reino de León como abanderado y Alfonso III El Magno declarándose Emperador, es decir cabeza de los otros pequeños reinos (Asturias, Galicia), y una segunda parte, de claro dominio cristiano, con Castilla asumiendo el liderato, a partir de Alfonso VI, conquistador de Toledo (1085) y, sobre todo, Fernando III, que toma Sevilla (1248). Mientras el Califato cordobés se subdivide en Reinos de Taifas. La reconquista oriental va bastante más lenta. El Reino de Navara es el primero, Lérida no es reconquistada hasta 1149, Cataluña la forman un puñado de condados y el Reino de Aragón no surge hasta la toma de Zaragoza, musulmana hasta entonces, con un rey defendido por un soldado de fortuna cristiano, el Cid Campeador, que llegó luego a conquistar Valencia.

Bastan estos cuatro rasgos para dejar claro que la Reconquista española fue no sólo un rompecabezas, sino también un laberinto, que hizo sudar tinta a los estudiantes de bachillerato de mi generación. No bastaba tener que aprenderse los treinta y tantos reyes godos, teníamos también que saber los de los distintos reinos cristianos que iban surgiendo. Y aquí hago un alto para señalar un hecho fundamental: aunque los visigodos eran relativamente pocos -unos 300.000 entre una población hispanorromana de tres a cuatro millones-, su impronta fue grande: como arios puros, eran racistas y procuraron no mezclarse, para no diluirse, en una Hispania donde la mezcla de hispanos, árabes y judíos era inevitable, más allá de las fronteras religiosas. Dejemos aparte la polémica de si aquélla era una España de las tres culturas, como sostuvo Américo Castro, o vivían separadas, según Sánchez Albornoz. Posiblemente las dos cosas al mismo tiempo, ya que hubo pogromos y abundante mestizaje. Lo innegable es que los visigodos formaban la casta dominante y de entonces viene lo de «vengo de los godos» como signo de superioridad. Visigodo también era el caudillaje: si la casta superior era la del guerrero, el mejor guerrero era el rey. Resultado: la sucesión al trono se decidía a menudo por el asesinato del padre o hermano. Otra norma, la de repartir el reino entre los hijos e hijas en caso de muerte natural del monarca, significaba que el heredero más ambicioso, antes de lanzarse a ganar tierra a los moros, tenía que anexionar las de sus hermanos a fin de tener la potencia suficiente para la empresa. Fue la causa principal de que la Reconquista durara tanto: los reinos cristianos lucharon más entre sí que contra los musulmanes.

Otro rasgo que quedó incrustado en el carácter español durante la larga lucha para expulsar al invasor fue que la fama, la riqueza y el poder se ganan con la espada, no por el comercio, dejado a francos y judíos, ni por la producción, que se deja a los siervos, ni por la ciencia, que se deja a los demás, sino a la guerra. De ello surge el personaje más típico español: el hidalgo, sin llegar a noble, a menudo sin fortuna, pero orgulloso de su sangre limpia. Por último, durante aquellos ocho siglos de pequeños reinos cristianos y musulmanes, se crea una estrecha relación con la pequeña patria, con sus costumbres, tradiciones, héroes, santos, lenguas incluso. Si se fijan, los reinos medievales coinciden con nuestras Autonomías. Lo peor es que, en vez de verlo como una riqueza, lo estamos viendo como un hecho diferencial. Pero la Reconquista existió. ¡Vaya si existió! Como que llega a nuestros días.

Me atrevería incluso a decir que si no existiera Edad Media habría que inventarla, al ser la adolescencia de los países antes de convertirse en naciones propiamente dichas. Todos la han tenido. Los alemanes con sus nibelungos. Los franceses con su Roldán. Los ingleses con su Ricardo Corazón de León, los norteamericanos con su conquista del Oeste. Nosotros, con el Cid. Ahora resulta que no la tenemos. ¿Intentan quitarnos la categoría de nación? Visto y oído lo que está ocurriendo, no me extrañaría.

José María Carrascal, periodista.

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