La recuperación requiere tiempo

Recuerdo la visita a mi casa, hace muchos años, de un conocido de mis padres con su hijo, recién operado de la vista. A media tarde, los dos niños plantamos en una maceta un hueso de melocotón, y después de cenar corrimos a ver si había brotado. Costó hacernos entender que ese proceso era muy lento. Claro: somos impacientes. Lo queremos todo y ya. Quizá nos lo han enseñado desde pequeños. O nos lo ha enseñado la vida: esto es urgente, para ayer…

La economía española tocó fondo el año pasado, probablemente en el tercer trimestre, después del frenazo de la subida del IVA, del fin de las ayudas a la compra de coches y de las otras medidas fiscales para reducir el déficit. Para este año, las previsiones son un poco más optimistas, pero no van más allá del 1%. Miseria y compañía. No es suficiente: queremos crecer más deprisa. Pero esto es difícil.

La economía, como los melocotones, necesita tiempo. Pensemos, por ejemplo, en la situación de muchas familias. Nuestros ingresos han caído, o son ahora más inciertos. Y, lo que es más importante, nuestras expectativas de renta futura son ahora más bajas, y también más inciertas. Hay que reducir el nivel de vida: consumir menos. Está claro.

Pero hay una complicación: también somos más pobres. Nuestros activos financieros han perdido valor por la caída de la bolsa, la depreciación de los fondos de pensiones… Y también nuestros activos físicos, nuestra vivienda, valen menos. Pero -¡oh, desgracia!- los pasivos no han perdido valor. Seguimos debiendo lo mismo. Y, claro, la cantidad mensual que hay que pagar en concepto de servicio de la deuda -devolución del nominal y pago de intereses- sigue siendo la misma de antes. O sea, menos renta y los mismos pagos financieros cada mes: hay que reducir el consumo. Además, el futuro está lleno de nubarrones: ¿cómo nos afectará la reforma de las pensiones?, ¿volverán a subir los impuestos?, ¿se acelerará la inflación, que es también otro mordisco a nuestra capacidad de compra? Decididamente, hay que ahorrar más.

Ahorrar más… ¿Pero no nos convendría gastar más, para reanimar la economía? Claro, estaría muy bien que los demás gastasen más, para garantizar nuestro puesto de trabajo. Pero ahora nosotros necesitamos ahorrar (y los demás pensarán lo mismo: que consuman otros, yo necesito ahorrar). Y esta es la manera que tenemos de solucionar nuestros problemas personales y familiares. Ahorrando más, aumentamos nuestro patrimonio, pagamos nuestras deudas, ganamos en seguridad y confianza… ¿Quién dijo que ahorrar es malo?

Además de estabilizar nuestra economía familiar, el ahorro soluciona otros problemas. Va, directa o indirectamente, a esos bancos y cajas que tienen problemas; les facilita una financiación más cómoda que la de los mercados internacionales, y con ello reducen nuestra dependencia exterior, ayudan a la colocación de la deuda pública de nuestras administraciones públicas… La tesis de que ahorrar es malo puede ser correcta en una economía financieramente sana en la que a las familias les entra, sin necesidad, la fiebre de gastar menos. Pero en nuestras circunstancias actuales el ahorro es bueno: es la manera natural de volver a la estabilidad financiera.

Pero este es un camino largo. Y lento. ¿Se podría acortar? Me temo que no. Volvamos a las cuentas de nuestra familia. Yo no necesitaría ahorrar si, de repente, mis deudas experimentasen un recorte importante. ¿Cómo? Una posibilidad es que mi banco o mi caja me perdonen parte de la hipoteca, o que me declare insolvente y deje de pagarles. O sea, que ellos absorban la pérdida correspondiente. No lo harán, claro, y si lo intentasen, quebrarían.

Otra posibilidad es que el Estado me perdone esa parte de la hipoteca; es decir, que la asuma él. Tampoco lo hará: necesita reducir urgentemente su déficit y su endeudamiento, y si no lo hace, los mercados le castigarán. Y hay otras posibilidades, como desviar los recursos que van, por ejemplo, a fondos de pensiones, hacia la refinanciación de las hipotecas. Pero esto supondría, de nuevo, que alguien asumiera las pérdidas de la deuda que yo no pagaré. Y nadie lo hará.

Bueno, pues ya sabemos por qué el crecimiento del consumo será moderado este año: necesitamos ahorrar más. Y este es un proceso lento, que consume mucho tiempo. No vale la pena ponerse nervioso: no ganaremos nada.

Hay otras soluciones, pero van por otro camino. Dejemos a las familias que vayan recomponiendo sus maltrechas finanzas a lo largo de los meses o de los años. Si los bancos y cajas son capaces de sanear sus cuentas, quizá estén en condiciones de conceder más crédito. Y si las empresas descubren oportunidades en algunos mercados, como los de la exportación, quizá se decidan a invertir y a crear puestos de trabajo con la financiación que les den los bancos. Por este procedimiento es posible que haya más familias cuya renta vuelva a crecer, renacerá la confianza, aumentará el PIB… Es como el cuento de la lechera, pero es el plan de desarrollo más realista que tenemos por ahora. Pero, en todo caso, es también un plan lento, que necesita tiempo…

Por Antonio Argandoña, profesor del IESE. Universidad de Navarra.

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