La reforma de la ONU

Por Federico Mayor Zaragoza, catedrático de Bioquímica de la Universidad Autónoma y presidente de la Fundación Cultura de Paz (EL PAIS, 03/09/04):

Se ha alcanzado una unanimidad infrecuente: las Naciones Unidas son indispensables y deben reformarse en profundidad y con apremio para que sus funciones, atribuciones, recursos y composición -pensar no sólo en Estados y asociaciones de los mismos, sino en electos y representantes de la sociedad “civil”- reflejen la situación actual del mundo y les permita encarar con éxito sus retos.

La ONU y demás instituciones especializadas del sistema, las cortes internacionales, los tribunales específicos… todos aportan contribuciones valiosas, pero no cuentan con el apoyo y respeto que les son debidos, especialmente por los “grandes” Estados miembros. A pesar de todo, tratados y convenios de gran importancia siguen siendo puntos de referencia insustituibles a escala global: por ejemplo, la no proliferación de armas nucleares; la prohibición de producción y uso de armamento químico… Más recientemente, una importante serie de “cumbres” y de resoluciones de la Asamblea General han proporcionado las pautas sobre Educación (1990), Medio ambiente (1992), Desarrollo social (1995), Papel de la mujer (1995), Cultura de paz (1999), Declaración del milenio-objetivos del desarrollo (2000)… Hace tan sólo unas semanas, en la XI Reunión de la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo), el presidente Lula y el secretario general Kofi Annan aprobaron la propuesta de una nueva “geografía comercial sur-sur” y un Fondo Mundial contra el Hambre y la Pobreza, que se someterá a las Naciones Unidas el día antes de iniciarse la Asamblea General de este año. Estas directrices, protocolos, declaraciones y recomendaciones carecen, en general, de obligatoriedad por parte de los Estados y todo depende de la voluntad de los mismos para incorporarlos a su sistema legal nacional.

Los estudios, informes y proyectos para la reforma de las Naciones Unidas vienen sucediéndose -por iniciativa del propio sistema o de distintas instituciones- desde hace muchos años. Recuerdo los que patrocinaron los entonces secretarios generales Javier Pérez de Cuéllar y Butros Butros-Gali, a finales de los ochenta y primeros de los noventa, respectivamente, y considero particularmente ilustrativo, a este respecto, leer el editorial de este mismo periódico, el día 31 de enero de 1993. Lo cierto es que, poco a poco, se agravó la deriva del sistema de Naciones Unidas en su conjunto, sustituyéndose las ayudas para el desarrollo endógeno (el 0,7% del PIB prometido) por préstamos concedidos en condiciones draconianas y, lo que es mucho peor, los principios éticos universales por las leyes del mercado. Después de dos grandes guerras en el siglo XX, los Estados Unidos propusieron un nuevo orden basado en el multilateralismo, el desarrollo compartido, la justicia y la paz. En cambio, al final de la guerra fría, en 1989, se inclinaron por la oligocracia, la globalización económica y la utilización circunstancial de las Naciones Unidas. De la inclusión, a la exclusión. A la hegemonía. Los marginados y menesterosos no saben a quién dirigirse, porque su principal interlocutor internacional atraviesa un periodo de crisis muy severa. Se han encomendado a las Naciones Unidas funciones de ayuda humanitaria que no les corresponden. El banco mundial (“de la reconstrucción y el desarrollo”, ¡no olvidarlo!) y el Fondo Monetario Internacional siguen, impasibles, haciendo lo contrario de lo que sus propios informes concluyen que deberían hacer.

Para la unánime convicción que refería al principio, ha sido necesario desgraciadamente llegar al caos y desconcierto actual en tantas dimensiones: asimetrías sociales y económicas insostenibles, radicalización, rencor, humillación, hambre (¡miles de muertos de hambre al día!), flujos migratorios vergonzantes y vergonzosos, acciones violentas… Se “arrancan” al Consejo de Seguridad “resoluciones parche” para restañar las grandes heridas de credibilidad y autoridad moral originadas por la “guerra preventiva” de Irak y la detestable gestión de la victoria militar, al tiempo que se sigue sin prestar remedio a lo esencial: Oriente Próximo. Es allí donde las Naciones Unidas deberían actuar de inmediato con el apoyo claro y explícito de la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia y los países árabes. Los cascos azules deberían, en unas semanas, hallarse sobre el terreno para que concluya la espiral de violencia. Los terroristas suicidas y los asesinatos selectivos nunca llevarán al cese del conflicto. En estas circunstancias, es esencial no dejarse “distraer” por el omnímodo poder mediático: intentar ahora, por ejemplo, llamar la atención -después de desoír años y años tantos avisos- hacia Sudán, constituye una estratagema que, si no fuera por la tragedia humana que, en cualquier caso, conlleva, sería más deleznable todavía.

Es importante destacar, asimismo, la práctica desaparición, en la ONU, de las “pertenencias”, tanto ideológicas como de grupo (tales como “no alineados”, “77+ China”, etcétera), siendo por tanto imprescindible volver al comienzo: que todos los pueblos cuenten, con las proporcionalidades adecuadas.

Toda disidencia ha sido acallada: los movimientos ciudadanos, sindicales, agrupaciones religiosas “progresistas”… ¿Y la voz de las universidades, de la comunidad científica y académica? Salvo excepciones, silencio. Silencio frente a las injusticias y los desgarros sociales que provocan; silencio frente a la uniformización cultural y la progresiva indiferencia de la juventud; silencio, sobre todo, frente a la trivialización de los valores universales… Las ONG asumen un dignísimo papel de socorro y solidaridad que, normalmente, no adopta actitudes de contestación. Recientemente, frente a la “globalización económica” que simboliza Davos emergió el grito potente y pacífico, de protesta y de propuesta, de Porto Alegre. Lo peor que podría suceder es que también fuera silenciado. Y que manifestaciones como las del 15 de febrero de 2003 en contra de la guerra, que reunieron a millones de personas en todo el mundo, fueran “neutralizadas” o sólo demostraran poder de convocatoria contra y no a favor de una causa, porque frente a la hegemonía la única solución pacífica -y, por tanto, la única solución admisible- es el clamor popular.

Es imprescindible conocer la realidad de la situación presente, porque nada puede transformarse si no se conoce en profundidad. ¿En manos de quién(es) está realmente el poder? ¿Y las fuentes energéticas? ¿A quién pertenece África? ¿Y los grandes medios de comunicación? ¿Y el complejo industrial / armamentístico? El mundo ha dado un vuelco en los últimos años en múltiples aspectos: la demografía; las pandemias; los nuevos “actores” en el ámbito internacional: grandes corporaciones privadas; conflictos internos en los que las Naciones Unidas deberían intervenir -sólo las Naciones Unidas- en caso de genocidio, violación masiva de los derechos humanos o de ausencia de gobiernos; la tecnología informativa que permite conocer y compadecer en tiempo real las terribles condiciones en que vive tanta gente; la confusión entre valor y precio… Hoy está claro -y en ello radican algunas expectativas, aunque tenues, de cambio- que no se podrán enderezar los presentes rumbos, tan sombríos, si el presente sigue prevaleciendo sobre el futuro, la fuerza sobre la palabra, la economía sobre la política, la arbitrariedad sobre la voz de los ciudadanos.

Para el otro mundo posible que muchos anhelamos, es preciso un nuevo contrato social (abordar de inmediato el problema del hambre y del sida, que en su “guerra silenciosa” matan cada día a miles de seres humanos); un nuevo contrato medioambiental (con “alianzas” que permitan reunir en pocas horas los medios técnicos y los recursos humanos especializados de varios países vecinos para hacer frente a las catástrofes naturales, tales como incendios forestales, plagas, inundaciones, etcétera o provocadas, como los lavados de petroleros en alta mar); y nuevos contratos de índole cultural y moral.

Como decía al inicio, son numerosos los organismos de toda índole que han elegido la reforma de las Naciones Unidas como la gran prioridad de sus actividades. La “red de redes” -Fórum Mundial UBUNTU, que inició sus actividades en la Universidad Politécnica de Catalunya hace ya cuatro años- ha llevado a cabo, con la cooperación de varias ONG y grandes personalidades, estudios y proposiciones concretas para adecuar las instituciones internacionales a los desafíos presentes. Los objetivos son: a) una gobernanza democrática global; b) conocimiento y observancia de los derechos humanos en todo el mundo; c) paz y seguridad basada en la justicia y libertad; y d) desarrollo humano sostenido. En los últimos días de septiembre, y dentro del Fórum Barcelona 2004, tendrá lugar una reunión de diversas entidades que vienen trabajando en este tema.

Que nadie se engañe: la reforma que se necesita no es una cuestión “técnica”. Deberá basarse en los mismos principios democráticos que los lúcidos fundadores del sistema de las Naciones Unidas plasmaron en el fantástico preámbulo de la constitución de la Unesco: “Justicia, libertad, igualdad y solidaridad”. “Solidaridad intelectual y moral”, añadieron. Sólo así podrá transformarse el miedo, el dolor y la indignación en acción personal, en resolución cotidiana de fortalecer la democracia, es decir, la participación ciudadana, la comprensión, el diálogo, y mantener una actitud de búsqueda permanente con la confianza que proporciona la capacidad de crear, inventar, innovar, que distingue a la condición humana.

Frecuentemente, con la mejor voluntad, muchos ciudadanos tienden la mano a los necesitados. Está muy bien. Pero son necesarias políticas globales reguladas por las Naciones Unidas, porque lo que los menesterosos esperan -y merecen- es justicia, es contar, es ser tenidos en cuenta.

Sólo un sistema de Naciones Unidas fuerte y bien coordinado podría establecer en todo el mundo la seguridad de la paz. La paz de la seguridad es el silencio, el espanto, la sospecha, el recelo. Para la seguridad de la paz es urgente contar con los mejores ejércitos bajo la bandera azul de las Naciones Unidas, cuando una acción militar sea inevitable. Y con los servicios de inteligencia más avanzados para exigir, con los mecanismos punitivos adecuados, el cumplimiento de las normas internacionales. Que cada organismo del sistema cumpla sus misiones originales. Que esté a la escucha de los pueblos. Que cuente con los mejores asesoramientos para anticiparse, para prevenir. Sería un paso de extraordinario relieve en la historia de la humanidad. Y de los Estados Unidos. Sería cumplir el sueño de los presidentes Wilson y Roosevelt. Y, más importante, el de miles de millones de seres humanos.