La reforma del mercado del vino

Por Mariann Fischer Boel, comisaria europea de Agricultura y Desarrollo Rural (EL PAÍS, 22/06/06):

La Comisión Europea adoptará hoy una serie de disposiciones con miras a una reforma radical del sector vitivinícola de la Unión Europea. Ésta será probablemente una de las reformas que más encontradas pasiones desate entre todas las reformas agrícolas emprendidas por la UE desde 2003.

Merced a esas reformas, la actual Política Agrícola Común bien poco tiene que ver con el régimen que tantas críticas concitó en la década de los ochenta en todo el mundo. Pero, aunque hemos progresado mucho, nuestro trabajo no ha acabado todavía.

Defiendo la reforma del sector vitivinícola porque estoy convencida de que los vinos europeos son los mejores del mundo. Nuestros caldos son famosos internacionalmente por su calidad y por estar vinculados a siglos de tradición y a los hermosos paisajes en que se producen.

Nuestro sector vitivinícola tiene un enorme potencial que hemos de desarrollar y utilizar activamente. Con todo, a pesar del fantástico grado de especialización y del arduo trabajo que han hecho posible el reconocimiento de los vinos europeos, el sector se enfrenta a graves problemas.

Actualmente se registra en la UE un descenso lento, pero continuado, del consumo. En los países que están descubriendo el placer de paladear un buen vino, nuestros rivales del “nuevo mundo” se están haciendo con una parte desproporcionada del mercado.

Las exportaciones de la UE siguen aumentando lentamente, mientras que las del hemisferio sur se han disparado. Tal vez dentro de poco Europa se convierta en importador neto de vino, idea que hace pocos años se hubiera considerado disparatada.

Europa produce demasiado vino, un vino que no encuentra salida en el mercado. Se prevé que los excedentes de producción ascenderán al 15% de la producción total hacia 2011, a menos que se introduzcan rápidamente los cambios necesarios. En estos momentos las existencias ya equivalen a la producción de un año y las rentas de los viticultores están disminuyendo.

La “destilación de crisis” adoptada por la UE estaba destinada a circunstancias excepcionales. Es de lamentar que se haya convertido en un instrumento habitual de gestión de mercado e incluso se recurra a ella en el caso del vino llamado “de calidad”.

Se trata de una forma inadmisible, por no decir insensata, de gastar el dinero del contribuyente. Hoy en día estamos pagando elevadísimas cantidades -aproximadamente 500 millones de euros anuales- por destilar vino, almacenarlo y, en algunos casos, transformarlo en bioetanol para su uso como combustible para automóviles o en la industria.

No propongo reducir el presupuesto anual de 1.200 millones de euros destinado al sector vitivinícola, pero sí insisto en que lo hemos de gastar de manera más inteligente. Nuestra comunicación presenta una serie de opciones, si bien propugna con firmeza una reforma fundamental.

La situación actual es simplemente insostenible. La plena liberalización causaría graves trastornos en el sector a corto plazo y los países productores la rechazarían sin reservas.

En su lugar, necesitamos fórmulas encaminadas a restablecer el equilibrio del mercado y aumentar la competitividad.

Nuestro propósito es poner a disposición a lo largo de un periodo de cinco años una suma de 2.400 millones de euros para incentivar a los productores menos competitivos a dejar de producir y a arrancar sus viñedos.

Corresponde exclusivamente a los viticultores decidir si aceptan este incentivo que, según nuestros cálculos, puede fomentar el arranque de 400.000 hectáreas de los 3,4 millones de hectáreas de que actualmente consta la superficie de viñedo de la UE.

Está previsto prorrogar el actual régimen de derechos de plantación hasta 2013, alentándose de este modo a los viticultores menos competitivos a vender sus derechos a aquellos que quieran continuar sus actividades en el sector.

Estos últimos productores podrán entonces centrarse en la competitividad. Las superficies previamente plantadas de vid podrán optar a las ayudas agrarias introducidas en 2003 en otros sectores y que no distorsionan el comercio. Estas ayudas estarán supeditadas al cumplimiento de ciertas condiciones medioambientales y los agricultores podrán elegir lo que quieran cultivar en las superficies en cuestión.

Yo defiendo la supresión del régimen actual de destilación de subproductos, destilación de alcohol de boca, ayudas al almacenamiento privado de vino, ayudas para utilización de mosto de vino y la lamentable destilación de crisis.

Una parte del presupuesto se podría asignar a las dotaciones nacionales para que así los Estados miembros adoptaran medidas más adaptadas a sus situaciones particulares, especialmente en lo tocante a la gestión de crisis o la reestructuración.

Del mismo modo, se podrían transferir algunas sumas a nuestro presupuesto de desarrollo rural y destinarlas a la financiación de regímenes de jubilación anticipada generosos y programas medioambientales que contribuyesen a conservar la estructura única de las zonas vitivinícolas.

Esta reforma no debe abarcar tan sólo la mera gestión del mercado.

Nuestros productores se ven sometidos a rígidas normas sobre prácticas enológicas que merman su capacidad de competir con los dinámicos productores del “nuevo mundo”.

Nuestro sistema de etiquetado es excesivamente complicado, confunde a los consumidores y ofrece a nuestros productores escasa flexibilidad para poder etiquetar sus vinos como ellos desean. Así, por ejemplo, la etiqueta de un vino de mesa sin indicación geográfica reconocida no puede indicar la variedad de uva ni el año de cosecha.

Necesitamos un sistema de etiquetado más claro y sencillo, hemos de plantearnos la posibilidad de adoptar las prácticas enológicas internacionalmente aceptadas de la OIV, y debemos permitir a aquellos que lo deseen producir vinos al estilo de los del “nuevo mundo”.

Debemos redoblar esfuerzos para comercializar nuestros vinos en un mercado cada vez más competitivo. Actualmente, la UE solamente destina 14 millones de euros anuales a la promoción y la comercialización.

Ante todo, hemos de ser audaces y creativos. Éste es el motivo que me empuja a iniciar este debate sobre el futuro de nuestro sector vitivinícola.

Todas las partes interesadas -viticultores, elaboradores, minoristas, exportadores, importadores, consumidores y políticos- han de aportar su opinión sobre la manera de lograr que el sector vitivinícola europeo recupere su posición y siga siendo el mejor y más próspero del mundo.

Sólo tras un debate a fondo presentará la Comisión sus propuestas legislativas, bien este año, bien a principios del año que viene.

Es una gran oportunidad que no podemos desperdiciar.