La reforma laboral como problema

Tenemos muchos problemas, pero uno de ellos es particularmente grave, humano, social, económico y político: el paro. Una sociedad mínimamente responsable no puede permitirse tener al 21% de su población que puede y desea trabajar sin una ocupación, viviendo de la escasa e insegura sopa boba del Estado del bienestar, sin desarrollar su capital humano, sin la autoestima que da saberse útil.

«No exageres -me dice el lector-. La tasa de paro es mucho menor». Sí, claro. Pero esto no hace sino añadir nuevos calificativos al problema. La economía sumergida es ineficiente e injusta; es muestra de la falta de calidad humana y profesional de algunos empresarios (los que están permanentemente sumergidos); es una prueba del fracaso de nuestro mercado de trabajo, que no es capaz de crear empleos eficientes para todos. Y es la evidencia del carácter cortoplacista de las soluciones que estamos adoptando y del carácter individualista de nuestra sociedad.

«Bien, pero ¿de quién es la culpa?», me pregunta el lector. Yo tengo mi lista de culpables, pero hace ya tiempo que decidí no entrar en una caza de brujas. Imagínense el Ejército que, en pleno ataque enemigo, dedica sus mejores efectivos a buscar los culpables de la última derrota: ¿sería esta una buena estrategia? Por supuesto, quien provoca un desaguisado debe pagar por él. Pero lo que nos interesa es buscar soluciones.

Y soluciones las hay. Algunas, falsas. Por ejemplo: un día de estos vendrá la recuperación, y entonces volveremos a crear empleo. Bien, pero ¿cuándo volveremos a encontrar empleo para digamos tres millones de nuestros parados? Otra: que cree empleos el sector público. Bien, pero ¿de dónde sacarán el dinero? ¿De unos impuestos que no queremos que nos suban? ¿De un crédito que los bancos deberían dedicar a la creación de empleo privado, o que los prestamistas internacionales no quieren darnos, porque temen que nuestros gobiernos sean insolventes?

Otra solución, no tan falsa, pero sí parcial: confiemos en las nuevas tecnologías. ¿Sí? ¿Es creíble que la biotecnología o la aeronáutica puedan crear esos millones de empleos en un plazo razonable? Me parece que no. A esos sectores les tocará ser la avanzadilla del progreso tecnológico del país, el motor que arrastrará a otras industrias, pero el grueso del empleo vendrá de los sectores «de toda la vida»: el turismo, la distribución, el comercio y otros servicios, la industria tradicional, la construcción (sí, que la construcción sigue ahí)¿

Tenemos muchos excelentes diagnósticos de los problemas de nuestro mercado de trabajo. Todos ellos incluyen los costes de despido, sobre todo porque frenan a las empresas a la hora de contratar nuevos trabajadores. Y la negociación colectiva, porque los criterios de fijación de salarios en convenio tienen muy poca racionalidad (son racionales para algunas grandes empresas y para los sindicatos, pero no para los parados). Y la maraña de contratos, que no están adaptados a las necesidades de los que, en definitiva, crean los puestos de trabajo, que son las empresas.

Y otros inconvenientes, relevantes también, pero probablemente menos graves: el fallo de los sistemas públicos de colocación, la estructura del seguro de desempleo, las dificultades administrativas para la creación de nuevas empresas, las cotizaciones sociales, la falta de competencia en sectores importantes¿

El problema no es técnico: los economistas sabemos qué hay que hacer, y nos pondríamos de acuerdo en, por lo menos, el 80% de las medidas. El problema tiene otras dos dimensiones. Una es la que podríamos llamar cultural, y tiene varias facetas. Una la han puesto de manifiesto los indignados, siguiendo la estela de los sindicatos: nosotros no hemos creado este problema, que lo resuelvan otros. No es verdad: todos hemos creado este problema, porque los males de nuestro mercado de trabajo son mucho más antiguos que la burbuja inmobiliaria. Y, en todo caso, todos hemos de aportar nuestra solución.

Otra faceta de este problema que he llamado cultural es una falta de confianza colectiva. Para unos, los empresarios son unos aprovechados, que solo quieren ganar más a costa de sus empleados, por ejemplo, aumentando su rentabilidad a costa de despidos masivos. Para otros, los trabajadores son unos frescos, que solo quieren trabajar menos y ganar más, como muestra el elevado absentismo. Los sindicatos van a su bola; los gobiernos solo piensan en las próximas elecciones¿ Decididamente, si no somos capaces de romper esa falta de confianza, nunca llegaremos a resolver nuestros problemas.

Y esto me lleva a la otra dimensión de nuestros problemas, que podemos llamar política, en sentido amplio (no solo de política del Gobierno, aunque también): la reforma laboral pisa muchos callos, y los afectados se resisten. Y una reforma, aunque la imponga el Gobierno, exige negociación. Y para eso hace falta buena voluntad, como ya he dicho, y mano izquierda. Y me parece que la sociedad debería involucrarse mucho más en este proceso.

Antonio Argandoña, profesor del IESE. Universidad de Navarra.

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