La reina que desmembró España

Quienes hayan visto la película La favorita seguramente estarán de acuerdo en que su actriz principal, Olivia Colman, merece el Oscar que acaba de ganar por su papel como la reina Ana de Inglaterra, la última reina Estuardo de ese país. El personaje que interpreta en la película puede parecer exagerado, pero puedo asegurarles que la representación no solo es veraz, sino también inmensamente entretenida. No tengo otro ejemplo que conozca de un monarca reinante que se desploma inconsciente mientras habla con el Parlamento de su país. Ana no recibe muchos elogios en los libros de historia, sin embargo, es importante señalar que fue en su reinado cuando Escocia e Inglaterra se unieron en una sola nación, en el año 1707. También se la ignora en las historias de España, aunque la verdad es que podemos aprender mucho estudiando lo que hizo, que cambió la vida de millones de españoles. Los españoles deben tener en cuenta que la reina Ana hizo más que ningún otro gobernante extranjero, desde las invasiones árabes del siglo VIII, para desmembrar la unidad de España.

Fue la marina inglesa de la reina Ana la que logró la captura de Gibraltar en agosto de 1704. La intención no había sido capturar, sino simplemente ocupar, una posible base para la actividad naval. En julio de 1704, una flota que eventualmente totalizó 16 buques de guerra ingleses y seis holandeses navegó desde su base temporal en Tetuán en Marruecos y tomó posiciones en la bahía de Gibraltar. El 6 de agosto las autoridades se rindieron a la flota. El comandante inglés tomó posesión de la ciudad, como sabemos, en nombre de Carlos III de Austria, pero la ciudad fue cedida «para siempre» a los ingleses, según los términos del Tratado de Utrecht, nueve años después. Gracias a la reina Ana, la ciudad sigue siendo británica. Fue guarnecida muy eficientemente, tan efectivamente que ocho asedios por España durante el próximo siglo no pudieron recuperar la Roca. Sin embargo, consideremos un detalle interesante. La primera guarnición nueva puesta en Gibraltar en 1704 incluía 1.900 marines ingleses, 400 marines holandeses y 70 catalanes.

Los catalanes ya estaban en la foto, como aliados de la reina Ana. Fue su influencia personal la que animó a una pequeña minoría de hombres de negocios catalanes a intentar una rebelión contra España. Un año después de la captura de Gibraltar por parte de los ingleses, un agente especial de la reina inglesa, el empresario Mitford Crowe, se reunió en Génova (Italia) en mayo de 1705 con un pequeño grupo de catalanes que estaban conspirando para entregar Cataluña a Inglaterra. Crowe tenía un documento personal de la reina que lo autorizaba a «hacer una alianza con los responsables del principado» para comenzar una rebelión en nombre de Inglaterra. Desafortunadamente, Crowe descubrió que los catalanes con quienes estaba negociando no tenían credenciales de ninguna persona importante, y ciertamente con nadie autorizado por el principado. La flota británica llegó a Barcelona en agosto de 1705, esperando ser bienvenida como libertadores. Pero la idea de una población masiva catalana ansiosa por obtener su independencia había sido una mentira. Un oficial naval británico informó: «Llegamos a Cataluña con la promesa de que seríamos bien recibidos; pero nos encontramos, cuando llegamos allí, con que no había nadie que nos apoyara». Barcelona se negó a ceder ante los invasores. Los británicos se vieron obligados a realizar un ataque militar contra la ciudad, que se rindió en octubre. Ese fue el comienzo del gran engaño que se hizo pasar por el deseo de un pueblo de liberarse de la tiranía española.

La famosa rebelión que terminó con el final de los fueros en 1714 fue evidentemente construida sobre una mentira. La reina Ana era muy consciente de ello, e hizo todo lo posible por proteger a los catalanes de las consecuencias de sus acciones. En 1713, solicitó al rey de España «que permitiera disfrutar a esta región de los mismos privilegios que tenía a la muerte del último rey de España», considerando que «es un tema en el cual el honor de la reina se veía sumamente comprometido y al cual ella se creía obligada por razones de conciencia que no podía descuidar». Al final, sus peticiones fueron rechazadas por Madrid, y los líderes catalanes optaron por el suicidio político al declarar la guerra contra su rey. Los líderes catalanes se negaron a escuchar los consejos de Ana al respecto. Ella instó a «ese principado a aceptar las condiciones que se lograran, para no continuar una guerra que tarde o temprano resultará fatal para ellos». Para entonces, sin embargo, las relaciones entre los ingleses y los catalanes se habían deteriorado en la medida en que los agentes de la Diputación de Cataluña incluso atacaban a los barcos ingleses en el puerto.

Eso, efectivamente, fue el final de la historia. La reina Ana murió el 1 de agosto de 1714 y, por ley, el nuevo rey fue el elector de Hannover, quien se convirtió en rey como George I. Ni él ni nadie más se interesó por el caso de los catalanes, que pronto desapareció de la memoria de Europa. La reina Ana se había quemado los dedos en todo el asunto de apoyar la rebelión, pero en realidad nunca había dado apoyo por escrito a los rebeldes. Permítanme citar el testimonio de las memorias de uno de sus principales ministros, Lord Bolingbroke: «Aunque Su Majestad ofreció en su momento garantizar los mismos y firmar algún pacto con ese pueblo, sin embargo no parece que se acabara formalizando dicha garantía jamás, ni que se firmara ningún tratado, pacto o acuerdo con ellos». La promesa de apoyo inglés era una quimera, o lo que algunos líderes catalanes hoy llamarían «simbólico». La rebelión de los catalanes se había construido sobre una fantasía y nunca llegó a la etapa de la realidad. La fantasía costó la vida a 50.000 seres humanos, si sumamos a las víctimas de todo el período de guerra en Cataluña.

Si uno ve La favorita, termina con la impresión de que la reina Ana estaba un poco loca, pero yo cuestionaría ese veredicto. Tenía graves problemas de salud, pero también tenía un notable sentido de la política. Y sus logros no se limitaron solo a la forma en que casi privó a España de Gibraltar, las islas Baleares y el principado de Cataluña. También estableció para siempre la monarquía protestante en Gran Bretaña y bloqueó la sucesión de los jacobitas al trono británico. Fue la única reina en la historia británica que recibió el apoyo indiviso de su gente. A pesar de todos sus defectos, y fueron muchos, no dudaría en votar para darle a la reina un Oscar por su actuación.

Henry Kamen es historiador británico; entre sus obras figura España y Cataluña. Historia de una pasión (La Esfera de los Libros, 2014).

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