La religión climática

El mundo sufre una devastación: Oriente Próximo se desangra por el terrorismo y África Occidental por el ébola, la guerra civil perdura en Congo, los chinos están aplastando a los tibetanos y a los uigures, y un tercio de la Humanidad malvive por debajo del umbral de pobreza. De forma apresurada, esta semana que termina, doscientos jefes de Estado y de Gobierno, escoltados por ministros, asesores y cortesanos, no han parado de reunirse en Nueva York, bajo la cúpula de Naciones Unidas, lo más cercano a un Gobierno mundial y, si creemos a la Carta, al reino de la sabiduría. Pero en esta asamblea no se dedicó un solo momento al tema de Siria, Tíbet o Congo. Toda la sesión estuvo dedicada a la lucha contra… el cambio climático, que preocupa enormemente, no nos cabe ninguna duda, a los sirios decapitados, a los congoleños ametrallados, a los tibetanos encarcelados y a todos los hambrientos de la Tierra.

El cambio climático solo atormenta a los hombres de Estado. Durante toda esta semana, Manhattan se vio perturbado por las manifestaciones contrarias al cambio climático. Algunos grupúsculos que no hace mucho habrían sido trotskistas o anarquistas ocuparon Wall Street para insultar a los capitalistas que, como es bien sabido, calientan la atmósfera. En los barrios más elegantes, junto a Central Park, se vio a un ministro de Asuntos Exteriores francés cogido del brazo de Leonardo DiCaprio, andando juntos para «salvar el clima». Salvar el clima: esta expresión carente de significado adornaba las camisetas y las banderolas. El secretario general de la ONU ofreció su respaldo a los insurrectos de Wall Street y se felicitó públicamente por que la «sociedad civil» apoye a las élites políticas.

Entendámonos: no se trata aquí de entrar en la disputa sobre la realidad del calentamiento climático (los políticos prudentes prefieren ahora hablar de cambio más que de calentamiento), sino de reflexionar sobre esta extraña unanimidad ideológica. Y es que tenemos, por una parte, un debate sobre el clima; y por otra parte, una ideología climática, y las dos cosas solo coinciden parcialmente.

Los climatólogos avezados consideran que la Tierra se calienta, lentamente, pero no se ponen de acuerdo sobre el inicio de este calentamiento. ¿Será desde que se mide, en la década de 1970, o desde el comienzo de la revolución industrial? No se sabe, porque hasta hace no mucho las mediciones y los instrumentos de medida no eran tan precisos como lo son ahora. Si bien se ha aceptado la tendencia al calentamiento, no existe ninguna unanimidad ni en cuanto a la velocidad, ni a las consecuencias ni a las causas. En el día a día, nada es medible, porque un caluroso día de verano no quiere decir nada y un tsunami devastador pone de manifiesto, sobre todo, que los pueblos pobres viven en zonas que hasta hace poco se consideraban inhabitables. Si nos concentramos en las causas, en general se señala como culpable al dióxido de carbono, principalmente porque se pueden medir sus emisiones. Otros factores, como el metano (no vamos a poner en duda a las vacas y a los arrozales) o las manchas sobre el sol, no forman parte del debate público. El dióxido de carbono es culpable porque es medible, y además porque su producción está relacionada con la historia de la industria, del capitalismo y del progreso material. El dióxido de carbono es el elemento perfecto que ha permitido la transición de la ciencia climática a la ideología climática. Esta ideología resulta muy atractiva porque no aparece como una ideología, sino como una ciencia. Sirva como recordatorio que Karl Marx, en su época, consideraba que «su» socialismo era científico. Los climatistas de hoy son como los marxistas de ayer: se apoyan en una pseudociencia y odian el capitalismo que calienta. Al igual que los marxistas, no aceptan ningún debate, porque dudar no sería una postura científica. Al Gore, el gurú del movimiento, tilda de negacionistas a los que dudan; según los climatistas, un escéptico es casi un nazi.
AFP Al Gore, «apóstol» del cambio climático

¿A qué se debe el éxito de la ideología climática? ¿A la urgencia de la amenaza? En realidad, ningún gobierno ha adoptado ninguna medida concreta. El climatismo se impone más bien porque es una creencia de recambio. Los que creían en Dios creen ahora en el poder redentor de la selva amazónica y de los molinos de viento. Los que creían en la Gran Noche bolchevique, y a la que tuvieron que renunciar tras la caída del Muro de Berlín, han recobrado la esperanza de derrotar al capitalismo por otros medios. Contra este deseo de creer, no se escucha ninguna crítica. Es la razón por la cual los políticos se han unido a la ola verde en vez de resistirse a ella; es más cómodo y no compromete a nada. Mejor aún, para el hombre de Estado contemporáneo, desamparado frente a la economía globalizada y el individualismo de los ciudadanos, el climatismo es una causa novedosa y buena. Los estados, en la lucha contra el cambio climático, encuentran una razón de ser, y, por añadidura, en el bando de los ángeles. ¿Exageramos? Apenas. Si los dirigentes políticos quisiesen verdaderamente controlar, no ya el clima, lo que no tiene ningún sentido, pero sí al menos la producción de dióxido de carbono –aunque solo fuese por precaución–, existen soluciones técnicas relativamente sencillas, como el recurso sistemático a la energía nuclear y la imposición de un gravamen mundial sobre el carbono. Pero a los climatistas no les interesan las soluciones concretas, lo que les importa es cuestionar el orden existente, desfilar y estar del lado del Bien.

Por lo tanto, el climatismo tiene un buen futuro; en cuanto al clima real, no lo sabemos. Todos estaremos muertos antes de que, de aquí a un siglo, un termómetro emita su veredicto y divida a los creyentes y a los escépticos.

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