La religión como antídoto

No es una casualidad que la pandemia desatada por el Covid-19 haya reactivado el sentimiento religioso. Ahí están las personas que sintonizan el televisor para recibir la bendición urbi et orbi del Papa Francisco, quienes lamentan la supresión de los servicios religiosos en la despedida -inexistente- de los fallecidos, los que rezan por la salud de los contagiados y el futuro de la Humanidad, aquellos que recurren a la fe para recuperar la confianza, superar el miedo o la ansiedad, y buscar el consuelo o la liberación del sufrimiento. Un ejemplo de la religiosidad latente -«lo que íntimamente nos concierne», diría el teólogo Paul Tillich- en nuestra sociedad.

El nuestro, ¿un mundo desencantado? La nuestra, ¿una sociedad agnóstica? El hombre, ¿un ser descreído? La pandemia del Covid-19 -como sucedió durante las numerosas epidemias que azotaron Europa desde la peste negra de 1347- demuestra que el hombre necesita la religión. Porque, el ser humano necesita creer para superar las limitaciones de la existencia, del presente y las suyas propias como especie e individuo. La religión -que no siempre necesita de entidades trascendentes- alienta y transmite esperanza y sentido a la vida.

La religión como antídotoMientras en el mundo existan las enfermedades, el sufrimiento, la violencia, el miedo, la angustia, la insatisfacción, la injusticia, la pobreza, la exclusión, la desorientación, la desesperación o la preocupación por lo espiritual; mientras en el mundo exista todo eso, la religión persistirá. En otros términos, la religión -de ahí su permanencia milenaria- es una característica inherente -una necesidad, una manifestación íntima, una facultad- del ser humano. Una religión -trascendente, inmanente o secularizada- que apunta a la salvación. Quizá por eso, Miguel de Unamuno escribió que «todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho» (San Manuel Bueno, mártir, 1930). Idea probablemente recogida de Émile Durkheim, que afirma que «en el fondo, ninguna religión es falsa. Todas son verdaderas a su modo, y todas responden, aunque de formas distintas, a condiciones dadas de la existencia humana» (Las formas elementales de la vida religiosa, 1912).

Llegados a este punto, conviene dar respuesta a una cuestión fundamental: ¿qué es la religión? El caso es que los pensadores que más han estudiado el hecho religioso -pongamos por caso William James, Georg Simmel o Max Weber- no han formulado -¿por la complejidad de la empresa?- ninguna definición de la misma. La excepción, Émile Durkheim (en el trabajo ya citado): «Una religión es un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas, es decir, separadas, prohibidas, creencias y prácticas que unen en una misma comunidad moral, llamada Iglesia, a todos los que se adhieren a ellas».

La religión como expresión de lo social o lo colectivo -con el término «Iglesia», el sociólogo francés distingue la religión de la magia- que se traduciría en «un sistema de ideas y prácticas». Detalle: cuando Émile Durkheim habla de prohibiciones o prácticas, está hablando -a la manera de Kant- de los «imperativos categóricos» y no de las «máximas utilitarias». En definitiva, la religión responde la necesidad humana de formar una comunidad integrada capaz de hacer frente a los avatares de la existencia. De ahí, «la naturaleza religiosa del hombre» que constituye «un aspecto esencial y permanente de la humanidad».

Al respecto -para seguir perfilando el qué de la religión-, merece la pena recurrir a la etimología. El filólogo, lexicógrafo y etimólogo Juan Corominas nos recuerda que el término «religión» deriva del latín y remite a «escrúpulo» y «delicadeza», de donde surge la expresión «sentimiento religioso» (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, 1973). Si continuamos la incursión etimológica -por cierto, «religión» no procede de religare como suele creerse-, vemos que el término «religión» -construido por la civilización occidental a partir del término religio- aparece en el siglo I con dos particularidades. En un primer momento, «religión» es sinónimo de advertencias, observaciones, reglas de conducta e interdicciones. En un segundo momento, el ámbito geográfico del término «religión» se limita y se usa únicamente -conservando las características citadas- para referirse al cristianismo. Vale decir que las religiones orientales no se consideran, propiamente hablando, religiones, sino doctrinas filosóficas. «La filosofía del alma», en palabras de Friedrich Nietzsche.

A tenor de lo dicho -sin olvidar la función de la religión ya reseñada más arriba-, surge la siguiente cuestión: ¿qué supone la religión para el hombre? La religión -como ha señalado Yuval Noah Harari en Sapiens, 2011- es uno de los grandes cohesionadores, junto a la moneda y el imperio, de la humanidad. Y ello, porque, en general, fomenta la unión, el orden y la convivencia en sociedades frágiles propensas al conflicto y la ruptura social. Por decirlo en otros términos, los mandamientos que emanan de la religión -pongamos por caso los Diez Mandamientos, la mayoría de los cuales pueden ser asumidos por agnósticos y ateos al ser auténticos imperativos categóricos- tienen la virtud de estabilizar el sistema social proponiendo valores y normas que dignifican la conducta humana. Pregunta: ¿acaso, con frecuencia, las orientaciones religiosas no han sido más positivas que la ideología de muchos líderes, armados o desarmados, que han dirigido a los pueblos de la Tierra?

La religión siempre ha estado presente en la vida del hombre. Quizá por ello, la ciencia ha tomado, al respecto, la palabra. La biología y la neurología, así como la denominada neurorreligión, hablan de un homo religiosus y una religió naturalis que -más allá de la experiencia religiosa en sí- serían el resultado de un cerebro evolucionado que, por razones adaptativas, ha incorporado el modelo religioso de comportamiento en la manera de ser, pensar y hacer del hombre. Modelo que incluiría el altruismo, la solidaridad, el amor al prójimo, la compasión o el sentimiento de culpa. Al respecto, el teólogo y biólogo Ramon Maria Nogués afirma que la religión tiene una base neuronal y que existen estructuras neuronales específicas que responden ante la experiencia religiosa (Dioses, creencias y neuronas, 2007).

Probablemente por todo lo dicho -porque, la religión ofrece a los hombres un determinado código de conducta que indica qué se debe hacer para sobrevivir, para vivir moralmente y para convivir de forma cohesionada: la religión conduce a una parte y no a cualquier parte-, el Covid-19 ha reactivado el sentimiento religioso. En buena medida -acepten la licencia- la religión ha devenido un antídoto contra la ansiedad o la depresión propiciadas por la epidemia del Covid-19. Antídoto, ¿para qué? Para ser y estar un poco mejor. Todos.

A uno se le ocurre que, frente a la «religión» a la carta del siglo XXI que ofrece la autoayuda y demás terapias alternativas; contra los desvaríos de distinto signo que inundan la Red, bueno sería recuperar la religión sin comillas -el imperativo categórico que lleva a respetar al otro- que algunos se han empeñado en mandar al exilio. El original siempre es mejor que la copia.

Miquel Porta Perales es articulista y escritor.

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