La religión contra la política en Irán

Para comprender lo que está sucediendo en Irán es preciso entender la estructura de su sociedad, mucho más moderna de lo que muchos piensan, y la peculiar naturaleza de su sistema de gobierno, verdaderamente único en el mundo.

Bajo el sha, Irán era un ejemplo perfecto de falsa modernización autocrática: modernización material bajo un gobierno despótico casi medieval. Peor todavía: gran parte de su modernización era apenas un vulgar decorado. Por ejemplo: el ejército disponía de las armas más modernas, pero no de tropas instruidas en su manejo, talleres y arsenales para el mantenimiento ni hangares donde guardar los tanques y los aviones. No es sorprendente que, al llegar la revolución, ese ejército de cartón piedra no le sirviese de nada al sha. Fue la sociedad civil, no el clero, la que desencadenó la revolución de 1979. Pero el clero tomó rápidamente el control del movimiento gracias a su organización y el prestigio personal de Jomeini como adversario del sha. Así fue como la revolución de 1979 se convirtió en ‘islámica’.

Jomeini instauró una dictadura tan antimoderna y represiva como la del sha, sólo que mucho más eficaz e implacable. Ahora bien, lo que Jomeini hizo fue algo sin precedentes en los 14 siglos de historia del Islam. Nunca antes los religiosos habían ejercido directamente el poder. Hay una razón para esto: en el Islam, el estamento religioso no posee la organización jerárquica de algunas iglesias cristianas. Por lo tanto, en el Islam suní no existe ni puede existir una figura como la del Papa católico, el patriarca ortodoxo o el arzobispo de Canterbury anglicano. Los califas fueron siempre gobernantes civiles sin autoridad religiosa. No existía una iglesia islámica cuyo líder supremo pudiera rivalizar con los califas por el poder terrenal, tal y como los papas medievales se enfrentaron a los emperadores germánicos de la dinastía Hohenstaufen.

En el Islam chií, que nació como partido político antisistema antes de ser un cisma religioso, existía un líder supremo hereditario llamado imán, pero los chiíes estuvieron siempre apartados del poder y divididos internamente. Cuando el duodécimo imán murió sin descendencia, sus fieles dijeron que había desaparecido de forma misteriosa y regresaría algún día, como el rey Arturo o don Sebastián de Portugal. A partir de entonces, en el chiísmo duodecimano los clérigos no podían aspirar al poder político porque ello implicaría usurpar el lugar del imán oculto.

Jomeini tiró por la borda esta tradición porque comprendió que la modernización social de Irán estaba teniendo lugar a pesar del mal gobierno del sha, que fue un factor decisivo en el desencadenamiento de la revolución. El clero sólo podría detener el avance hacia el laicismo tomando el poder. Para justificar su dictadura, Jomeini afirmó que el gobierno debe ser ejercido por el jurista islámico más experto, el ‘velayat al faqih’. La vieja noción fascista del caudillaje del individuo excepcional, superior a la plebe, a la que sólo le queda obedecer.

Cuando Jomeini murió, la oligarquía clerical quiso evitar una nueva dictadura individual repartiendo el poder. Jomeini fue sustituido por un ‘guía supremo’, Alí Jamenéi, con atribuciones reducidas y acompañado de un presidente elegido, un parlamento también elegido, una asamblea de clérigos expertos y un consejo de arbitraje para mediar entre las diferentes instituciones. Sin embargo, la democracia iraní es una farsa. Es como si en la época de Franco hubiera existido una democracia restringida a los partidarios del régimen, compitiendo electoralmente los falangistas, los católicos, los tecnócratas, los monárquicos y los carlistas, contando siempre con permiso expreso del régimen para cada candidatura y con pucherazo sistemático en el recuento para que no pudiese ganar alguien demasiado de izquierdas como, por ejemplo, Manuel Fraga.

El problema para los ayatolás es que el pueblo se tomó en serio el sistema democrático y escogió como presidente a un clérigo reformista, Mohamed Jatamí. Entonces, el régimen aplicó un estricto pucherazo para alzar a la presidencia a Mahmud Ahmadineyad, hombre de paja de Alí Jamenéi. Sin embargo, la sociedad iraní ha seguido evolucionado, alejándose cada vez más de los modelos religiosos tradicionales. Por este motivo, la reelección de Ahmadineyad ha requerido un fraude todavía más descarado. Las papeletas contabilizadas superan holgadamente el total de la población y, por si eso fuera poco, en una demostración apabullante de eficacia, la televisión oficial anunció los resultados definitivos con un 100% del voto ya escrutado… ¡cuando todavía no habían cerrado los colegios electorales y los electores seguían votando! No es de extrañar que las masas se indignasen y se echasen a la calle.

Según la costumbre chií, a los 40 días de un fallecimiento se celebran ceremonias en honor del difunto. En 1979 estas ceremonias eran la excusa para nuevas manifestaciones, reprimidas por las autoridades, lo que implicó nuevas víctimas y nuevas olas de protestas cada vez más amplias cada 40 días hasta la caída definitiva del sha. ¿Puede suceder lo mismo 30 años después? Si en unas semanas las masas se echan de nuevo a la calle para conmemorar a las víctimas del actual alzamiento, el régimen estará condenado. De lo contrario aguantará algunos años más, pero como un edificio sin cimientos, expuesto siempre a que la menor sacudida lo haga caer.

Juanjo Sánchez Arreseigor, historiador. Especialista en el Mundo Árabe.