La religión patriótica

Llama la atención que el portavoz del PNV en el Congreso, Josu Erkoreka, utilice, en su última entrevista en este periódico (24-5-2009), los términos religión patriótica con el ánimo de descalificar el pacto del PSE con el PP que ha propiciado una nueva mayoría en el Parlamento vasco y el cambio de lehendakari en Euskadi. Y llama la atención por provenir de un partido que se ha enorgullecido siempre de ser cristianodemócrata, que afirma que sus planteamientos se asientan en el humanismo cristiano, y que todos los años celebra con emoción el Aberri Eguna, el día de la patria, lo que les permite llamarse a sí mismos aberri-zales, patriotas. Descalifica sus propios fundamentos.
Se puede dejar de lado la opinión de Zygmunt Baumann cuando afirma que la familia y la nación son los sustitutos modernos de la fe en la inmortalidad, lo que dota a ambas instituciones de un carácter estrictamente religioso. Lo que importa es analizar si los términos invocados, religión y patriótica, son descalificadores y, si lo son, por qué. Pues empieza a ser una constante que casi todas las afirmaciones que surgen de boca de líderes nacionalistas tras la pérdida del poder den lugar a aprender algo sobre lo que es y significa la democracia, pero en el sentido opuesto a lo que creen quienes producen esas afirmaciones.

En un precioso libro, ‘Por amor a la patria’, Maurizio Virolli defiende la posibilidad de desarrollar un sentimiento de afecto hacia la patria que él denomina republicana, que no es otra que la patria conformada no por un territorio, por una lengua determinada, por una historia y unas tradiciones, sino conformada por el conjunto de leyes, normas y procedimientos que garantizan la seguridad y la libertad de sus ciudadanos. Escribe: «La unidad etnocultural puede traducirse en solidaridad cívica si se erige sobre ella una cultura de ciudadanía; o mejor, si el sentido de pertenencia, basado en la descendencia común cultural y étnica, se traduce en una cultura de ciudadanía. Sin una cultura política de libertad, la unidad etnocultural genera amor por la unicidad cultural (si no superioridad) y un deseo de mantenerla pura y alejada de la contaminación e intrusión exterior. (…) Los Estados democráticos no necesitan unidad etnocultural; necesitan ciudadanos comprometidos con la forma de vida de la república» (p. 219). Y la referencia a la república no está en contradicción con una monarquía constitucional, sino que se refiere al imperio del derecho y de la ley, a una democracia basada en principios constitucionales.

A este tipo de amor a la república, a esta virtud republicana, a esta exigencia a los ciudadanos para comprometerse con la defensa de las leyes que les garantizan la libertad, otros autores la han llamado patriotismo constitucional, Stanberger y Habermas por ejemplo. Y no tiene nada de extraño que el autor sea de procedencia italiana, y que los otros dos autores sean alemanes: después de los desmanes y las tragedias causadas por la exacerbación nacionalista en Alemania e Italia reclaman otro tipo de patriotismo, un patriotismo que se asiente en los valores constitucionales. No hay otra forma posible de ser patriotas después del nazismo y del fascismo.

Se puede emparejar el discurso del patriotismo constitucional con el discurso de amor a la patria y con el discurso de religión patriótica, siempre que la patria sea el conjunto conformado por el derecho, las leyes y los principios constitucionales. Este amor patriótico, este patriotismo constitucional no niega la existencia de otros sentimientos vinculados a la tradición, a la cultura o a la lengua, pero los coloca en un segundo plano, regulados siempre por la primacía del derecho y de los valores constitucionales.

Es conocida la aversión de los nacionalistas a la Constitución española, no por contener principios constitucionales, dicen, no por suponer el imperio del derecho y de la ley, sino por circunscribirse a una geografía. Es la geografía, es el territorio en el que reclama fuerza de aplicación una Constitución lo que supone el problema para los nacionalistas. Afirman ser tan defensores de los principios constitucionales como el que más, sólo que exigen otro territorio de aplicación. Lo que la Constitución española establece como garantías de libertad para el territorio del todo el Estado, dicen, podría valer como igual garantía de libertad en el territorio de Euskadi, o de Euskal Herria. Y es un argumento que a muchos no nacionalistas causa dolor de cabeza.

La comprensión del patriotismo constitucional permite aclarar algunas ideas fundamentales. El establecimiento del imperio del derecho y de las leyes derivadas significa que ése es el verdadero territorio de una Constitución, y no la geografía física y humana. El concepto de Estado y el de ciudadano, son por definición y por tendencia universales: el derecho y las leyes lo son. Existe un espacio común de derecho que va más allá de las fronteras de las constituciones concretas. Es la lógica del Tribunal de Derechos Humanos, es la lógica del Tribunal Europeo, es la lógica del TIP.
La obsesión con el territorio va pareja con la obsesión con la soberanía. Pero es preciso recordar que la soberanía es un principio antidemocrático en la medida en que significa poder absoluto e ilimitado, y que es aceptable en democracia sólo en la medida en que deja de ser absoluto, en que renuncia a ser soberano sometiéndose al derecho y a la ley. Sólo si la voluntad constituyente pasa a ser voluntad constituida, es decir, sometida a las reglas y a los principios constitucionales que no están a disposición de la mayoría, se convierte en democrática.

Democracia entendida como patriotismo constitucional significa un espacio abierto, porque el derecho y las leyes, porque el concepto de ciudadano, no pueden quedar encerrados en fronteras físicas, no pueden quedar limitados a un territorio determinado. Democracia es espacio abierto. Teniendo en cuenta que los seres humanos viven en un tiempo y en un espacio, se trata de que ese espacio no se cierre sobre sí mismo, ni en cuanto a la ilimitación del poder -sometiéndose a una soberanía de pretensión absoluta por definición-, ni en cuanto a la unicidad de lengua, de cultura, de identidad, de tradición.

Es cierto que todo esto es el ideal, que ninguna Constitución, que ningún Estado de Derecho, que ninguna democracia termina de materializarlo en todas sus consecuencias. Pero allí donde reinan constituciones democráticas, Estados de Derecho, ésa es la tendencia y el patriotismo de los ciudadanos debe estar dirigido a exigir por un lado, y a colaborar por otro, a que esa tendencia se haga cada vez más realidad.

En el caso de la Constitución española, con todas sus dificultades y problemas, que los tiene, una de sus mejores características es precisamente la de intentar responder a esa idea de espacio abierto: el reconocimiento de otras lenguas, la idea de que el Estado sólo puede serlo si da lugar a autonomías fuertes, el reconocimiento de identidades lingüísticas y culturales distintas a la española, el reconocimiento de símbolos distintos a los comunes, son esfuerzos de crear espacios abiertos hacia el interior, de renegar de la cerrazón que implica la unicidad. Y la Constitución española se ha adaptado perfectamente a la idea de espacio abierto hacia el exterior con su acomodación activa al desarrollo de la Unión Europea.

Por el contrario, son los nacionalistas los que, después de años en los que se podía vislumbrar su paso a esta idea de democracia como patriotismo constitucional, como espacio abierto, han puesto de manifiesto que su dificultad con la Constitución española no lo es con el territorio implicado, como afirman, sino con los valores constitucionales: no quieren varias banderas, sino sólo la ikurriña, no quieren identidades plurales y complejas, sino que quieren ser sólo vascos, han apostado por la unidad de acción nacionalista, dejando de lado, excluyendo a todos los que no lo fueran. En todos sus planteamientos termina por aparecer el deseo, si no es la exigencia, de una homogeneidad, de una unicidad, de una simplificación, de un cierre de fronteras simbólicas que está en total contraposición con la idea de espacio abierto de la democracia, en total contraposición con el patriotismo constitucional, con el amor republicano a la patria, en total contraposición con la idea de Estado de Derecho, con tendencia a la apertura a lo universal.

El patriotismo constitucional es lo que constituye la base de lo que han firmado PSE y PP. Sí: es religión patriótica, en el sentido aquí explicado. Y dice mucho de lo que han llegado a pensar los nacionalistas en los últimos diez años su crítica acerba a ese patriotismo constitucional. Esa crítica es la negación misma de la transversalidad, que no se puede parchear ni ocultar exigiendo la formación de gobiernos mal llamados transversales.

El fundamento de patriotismo constitucional que se encuentra en el acuerdo firmado por el PSE y el PP pone claramente de manifiesto cuál es la asignatura pendiente del nacionalismo. Le falta esa religión patriótica, y se ha zambullido demasiado en la otra, en la religión de la nación etnolingüística, de tendencia absolutista y no universalista. La sociedad vasca sigue esperando.

Joseba Arregui