La religión "verdadera"

Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 11/01/08):

¿Por qué provocan tanto revuelo las manifestaciones convocadas por los prelados de la Iglesia católica? El Gobierno y el PSOE llevan mal los disgustos que durante esta legislatura les han proporcionado los jefes de la Iglesia verdadera. El calificativo que atribuyo a la Iglesia católica encierra la respuesta a la pregunta del inicio. Efectivamente, nadie puede ignorar lo que han sido veinte siglos de fe y creencias inspiradas en la doctrina impartida desde Roma y seguida a pies juntillas en los países de nuestro entorno, con variantes que no se apartan en lo sustancial de los dogmas principales del cristianismo. Con esa doctrina nuestros padres, abuelos y tatarabuelos se bautizaron, hicieron la primera comunión, se casaron y murieron.

Cada vez que los obispos y cardenales han salido a la calle a defender lo que siempre han defendido -lo extraño sería que comulgaran con "ruedas de molino"-, siempre ha habido un socialista dispuesto a indignarse después de hacer pública profesión en la fe de los prelados escandalizadores. Algunos se duelen de que a los socialistas, y no al PP, los jefes de esa Iglesia les recriminen sus leyes y sus apuestas por la moral y la libertad, sin llegar a entender que en cuestiones de moral y de fe cristiana, la voz de un socialista que se reclama católico o cristiano es una voz en la Iglesia Católica, mientras que la voz de los obispos y cardenales es la voz de la Iglesia.

La Iglesia católica cuando habla de verdad lo hace a través de sus portavoces cualificados, mientras que los católicos que hablan -sean de izquierdas o de derechas- simplemente transmiten opiniones personales que, pudiendo estar más o menos próximas a la verdad oficial, no dejan de ser variantes sobre lo accidental, ya que en lo importante y sustancial todos están de acuerdo (Dios creó el mundo, la resurrección de los muertos, Dios hecho hombre para la salvación de la humanidad...).

Hay dos formas de situarse ante quien ostenta el poder en toda organización humana, y más en una divina: o se acepta o se enfrenta; o se está a favor de quienes lo ejercen o se está en contra. Normalmente, la derecha política democrática acepta y está a favor del poder de la Iglesia católica; por el contrario, la izquierda socialista tiene la tendencia a enfrentarlo y a ponerse en contra. Pero ese enfrentamiento nunca acaba en ruptura porque, en el fondo, la mayoría de sus votantes y militantes saben que se están posicionando contra la única y verdadera religión. El atavismo de siglos hace su aparición en la mayoría de ellos que asisten perplejos a posturas doctrinarias que creían que su iglesia verdadera había superado, pero, cuando se encuentran con la virulencia de los más aguerridos prelados, no dejan de pensar en lo más íntimo de su alma (¿en dónde si no?) que lo que defienden sus jefes es lo que da sustento a la parte más comprensible de la Iglesia verdadera.

Que obispos y cardenales se opongan a la posibilidad cierta y legal de romper el sacramento del matrimonio, o a interrumpir lo que la Iglesia siempre ha considerado vida, o a equiparar a una pareja de homosexuales con la familia que ellos han bendecido, entra dentro de las verdades más esenciales de la moral católica; legislar desde esa posición en sentido contrario no deja de ser un juego arriesgado en el que siempre llevarán la peor parte los que creen en la fe católica pero llevan al Boletín Oficial del Estado disposiciones que vulneran claramente esa fe y esa moral que ellos dicen tener y practicar.

A los legisladores católicos no les molesta tanto que los representantes de otras religiones -no verdaderas- hagan pronunciamientos monstruosos sobre el terrorismo, por ejemplo; lo que molesta, hiere y duele es que sean algunos de los de la religión -verdadera, por supuesto- los que hagan declaraciones setieninas intolerables. Que doscientas mil personas en un frío domingo madrileño, acompañados de guitarristas y pantallas de plasma gigantes, pongan de los nervios a los gobernantes de este querido país, no deja de ser sólo la consecuencia de que lo que allí se cantó y allí se oyó y vio es lo que llevamos escuchando a lo largo de toda la historia. Allí estaban los obispos y cardenales de la religión verdadera y eso no es poca cosa para los que, desde la política, se acercan a las tribunas a proclamar, desde su fe en esa religión, sus discrepancias con la voz de la Iglesia.

¿Cuál hubiera sido la respuesta de políticos, gobernantes y periodistas si, en lugar de juntarse dos cientos de miles de adeptos y jefes de la Iglesia verdadera, se hubieran reunido cinco millones de fieles y jefes de otras religiones -falsas, por supuesto-, reclamando al poder institucional que se legisle para despenalizar la ablación de clítoris o que se impida a los profesionales de nuestro sistema sanitario transfusiones de sangre a enfermos que no lo autoricen por sus creencias religiosas -falsas, evidentemente-? El Gobierno hubiera sonreído, la prensa los hubiera ignorado o minimizado y los legisladores se hubieran aprestado a llenar más la mochila de nuestros escolares con otra asignatura alternativa a la de la religión verdadera. Lo dicho, o todas falsas o todas verdaderas; pero mientras sigamos considerando verdadera a una sola de ellas, los que la acepten como tal que apechuguen con las consecuencias.