La rendición de Crisótemis

Desde el mismo momento en que se levantó el telón y la inquietante música politonal de Strauss, que según el crítico Panofsky «martillea, retumba, ruge, canta, tortura, azota y domina», comenzó a llenar cada recoveco del páramo atrincherado a base de lóbregos barracones superpuestos, diseñado por Kiefer como espacio escénico, me di cuenta de que no estábamos en la Micenas del asesinado Agamenón sino en el País Vasco del millar de muertos.

¿Cuántas veces no habremos escuchado durante estos años la inicial discusión de las doncellas sobre la actitud de la apestada Electra, a propósito de la protesta y el protagonismo de las víctimas del terrorismo? «Estás siempre al acecho donde el hedor a carroña te retiene, ¡escarbas en busca de un cadáver viejo!», dicen sus detractoras, cuestionando incluso «que la reina permita que semejante demonio se mueva libremente por la corte y el palacio». Sí, es cierto, replican sus defensoras, «yace envuelta en harapos ante el umbral, ¡pero nadie, nadie en esta casa, puede sostener su mirada!».

Entonces aparece ella. Y se desparrama sin pudor ni consuelo: «¡Sola! ¡Ay! Completamente sola. Ausente el padre, arrojado en sus fríos abismos… ¡Agamenón! ¡Agamenón! ¿Dónde estás, padre? ¿Ya no tienes fuerzas para arrastrar ante mí tu rostro? ¡Es la hora, es nuestra hora, la hora en que ellos te asesinaron…!».

Electra es Ana Velasco Vidal-Abarca, hija del comandante Jesús Velasco; Electra es Aitziber López de Lacalle, hija de José Luis López de Lacalle; Electra es Sandra Carrasco, hija de Isaías Carrasco; Electra es Cristina Cuesta, hija de Enrique Cuesta… Y por extensión Electra es Maite Pagaza, Pilar Ruiz, Ana Iribar, Mari Mar Blanco, Teresa Jiménez Becerril, Daniel Portero, Rubén Múgica y cientos y cientos de huérfanos, viudas, madres y hermanos privados de sus seres queridos por los matarifes de ETA.

Electra conserva el hacha con que asesinaron a su padre pero, cuando llegue la hora de ajustar cuentas, al enviado de los dioses -su hermano Orestes- se le olvidará recogerla. No más hachas. No pedimos el ojo por ojo. La civilización y la democracia han sustituido la venganza de la tragedia griega por la justicia propia de un Estado de Derecho. Pero el crimen no puede quedar impune. Los asesinos deben ser castigados. Sólo así podrá darse por satisfecha Electra, sólo entonces podrá dejarse arrastrar al frenesí de la alegría en el postrero homenaje a quien le dio la vida: «¡Bienaventurado aquel que tiene hijos, que en torno a su tumba bailes tan regios y triunfales danzan!».

El problema es que no todos estamos hechos de la misma pasta. Electra es fuerte, indomable, no claudicará nunca. Su hermana Crisótemis es débil, quiere pactar, buscar acomodo en el oprobio, pasar página cuanto antes. A las dos las conocemos, las hemos visto de cerca una y otra vez en el Parlamento vasco, en el Congreso, en las tertulias de la televisión y de la radio.

Crisótemis le dice a Electra que está asustada: «No puedo sentarme a contemplar la oscuridad como tú… Tengo tanto miedo que las rodillas me tiemblan de día y de noche». Pero además le reprocha su intransigencia: «Si no fuera por ti, nos dejarían marchar. Si no fuera por tu odio, tu espíritu insomne e indómito… Antes de morir, ¡quiero vivir! Quiero tener hijos antes de que mi cuerpo se marchite».

Crisótemis ha interiorizado la derrota aun antes de empezar a luchar: «¿A quién aprovecha este tormento? Nuestro padre murió. Nuestro hermano no regresará. Aquí estaremos eternamente enjauladas como los pájaros sobre su rama… y nadie vendrá, ni el hermano, ni el mensajero del hermano, ni el mensajero del mensajero, ¡nadie!».

Crisótemis representa el desistimiento, la resignación, el relativismo moral, el pragmatismo, el entreguismo. O para ser más exactos, la doctrina del apaciguamiento que una parte de los judíos alemanes practicaron frente a los nazis hasta llegar a los campos de exterminio y que los diputados moderados de la Convención adoptaron frente a los jacobinos para acabar igual en la guillotina.

La obra de Sófocles es aún más explícita que el libreto que Hugo von Hofmannsthal escribió para Strauss. En la tragedia original, cuando Electra se queja ante su hermana de que no puede soportar -como Pilar Elías, como tantos huérfanos y viudas vascas- «cruzarse» con los asesinos de su padre, Crisótemis se lo afea: «¿No has aprendido aún, en tantos años, a resignarte?». E incluso ensalza el sometimiento al poder, por indigno que sea su origen, con una frase lapidaria que anticipa en 2.400 años a Orwell: «Si quieres vivir con libertad, conviene obedecer a los que mandan».

A pesar de que esta producción de Electra, basada en la árida escenografía de Kiefer, tiene ya casi una década de vida, ha sido su programación en Madrid lo que ha permitido a Gerard Mortier obtener el reconocimiento transversal del público como el gran director artístico del Teatro Real que es. En la opinión dominante sobre su gestión habrá un antes y un después de Electra, pues pocas veces una dramaturgia tan vanguardista ha servido para demostrar musical y escénicamente la contemporaneidad de un mito clásico, transformado, según el propio libretista, en «bacteriología del alma».

Por si faltara algún ingrediente, la serpiente simulada que acompaña doquiera que va a Clitemnestra cierra el camino a cualquier escapismo esteticista. La misma Electra lo enfatiza con el que podría ser el gran reproche histórico al nacionalismo vasco: «Ya no eres tú misma. ¡Con esa serpiente siempre enroscada al cuello!». El hacha y la serpiente, la serpiente y el hacha. Lo sorprendente no es que yo creyera estar en Ajuria Enea, la sede de la Diputación de Guipúzcoa o el Palacio de Ayete que albergará mañana la Conferencia Internacional de la infamia, sino que entre el público quedaran almas cándidas que sobre el escenario sólo percibieran unos contenedores de chapa y yeso.

Clitemnestra es el rostro político del mal. La que aparece, la que da la cara mientras Egisto permanece fuera de la escena, como si continuara encapuchado hasta su patética irrupción final camino del patíbulo. También es la interlocutora a la que Electra ve todos los días, a la que tiene la oportunidad de desear su merecido sin ambages, sin medias palabras, como se habla desde las heridas del corazón: «Que puedas sentir lo que sufren los náufragos cuando sus gritos son engullidos por la oscuridad de las nubes y de la muerte, que envidies a los encadenados al muro de una cárcel o a los que desde el fondo de un pozo la muerte imploran como liberación». O sea, que recibas tu merecido.

Electra busca la derrota total de los malvados para hacerles pagar por sus crímenes. Al precio que sea, frente a cualquier adversidad, a costa de cuantos sacrificios sean necesarios. Cuando todos dicen que Orestes ha muerto y que nunca volverá para castigar a los asesinos, ella saca fuerzas de flaqueza y le propone a Crisótemis actuar en coalición: «¡Ahora debemos hacerlo nosotras!».

La ambigua Crisótemis duda. Una de sus dos almas la empuja a secundar el afán de justicia de su hermana, la otra a entenderse con los criminales con los que convive todos los días. Electra apela a su amor propio, a su orgullo, estimula su autoestima como Basagoiti solía hacer con el líder del PSE: «¡Hay tanta fuerza en ti! Brota como el agua fresca que se desliza por la roca… De esa boca pura y fuerte ha de salir un grito terrible». Trata de convencerla de que después de la confrontación y la victoria llegará la anhelada paz: «En cuanto te quites las ropas ensangrentadas cubrirás tu cuerpo puro con el vestido nupcial».

Todo en vano. El Ich kann nicht! de la bella soprano alemana Manuela Uhl restalla por tres veces en nuestros oídos -«¡No puedo, no puedo, no puedo!»- como si lo gritaran Eguiguren, Ares y Patxi López. Es la hora de la rendición. El momento oprobioso en que Crisótemis abandona a su hermana y busca un lugar en la mesa de la contemporización, a sabiendas de que eso implica legitimar a los asesinos de su padre. El instante fatídico en que se va a materializar la mezcla de maldición y profecía que Pilar Ruiz, la madre de Pagaza, dirigió al hoy lehendakari: «Cerrarás más veces los ojos y dirás y harás cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son».

Por ejemplo, Conferencia Internacional de Paz. La asistencia del PSE de López, es decir del PSOE de Rubalcaba, a ese simulacro de cónclave cosmopolita que se celebrará mañana en San Sebastián para proporcionar una coartada de solemnidad transfronteriza al cambio de táctica de ETA, es una de las peores capitulaciones imaginables por parte de una fuerza supuestamente democrática y una terrible tragedia, no griega sino española, que nos concierne a todos, en la medida en que se trata del partido que aún ejerce el Gobierno del Estado.

Con el agravante respecto a la rendición de Crisótemis de que ella también se doblega a través del autoengaño, pero sólo busca un espacio de felicidad personal: casarse, tener hijos, «calentarlos en las noches frías cuando la tormenta sacuda nuestra choza». En cambio, el PSOE pretende beneficiarse electoralmente de una operación política consistente en anunciar que Egisto y Clitemnestra ya no volverán a matar a nadie, con tal de que se les permita, eso sí, consolidar lo que obtuvieron mediante el asesinato.

Explicar, como ha hecho este patético Boabdil vasco que cada día parece tener más prisa por entregar las llaves de Ajuria Enea a quienes considera sus legítimos sitiadores, que el sentido de acudir a esa cita, siempre anhelada por ETA, es «comprobar» las intenciones pacíficas de la izquierda abertzale, equivale a que Crisótemis justificara su rendición en el afán de asegurarse de que el hacha que mató a su padre y la serpiente que envenenó a su madre ya no presiden, enmarcados en la pared, los banquetes del palacio.

Desde que Rubalcaba se hizo con el PSOE no me cupo la menor duda de que sería capaz de llegar tan bajo como fuera preciso, si con ello creyera servir a su ambición. Nada de lo que se dice que va a ocurrir esta semana, comunicado de ETA incluido, puede por lo tanto sorprenderme -Aznar lo describió bien cuando dijo que los socialistas «mendigaban» un gesto de los terroristas-, pero impresiona ir un miércoles a la ópera a escuchar buena música y encontrarte, sin que nadie lo haya pretendido hacer explícito, que todo viene sucediendo ya del mismo modo desde hace 24 siglos.

Con el alivio final, claro, de que una vez más acaba demostrándose que en el riesgo, en la fortaleza, en la perseverancia es donde anida la esperanza. Porque Orestes no ha muerto; y, aunque tarde, llega la hora de la justicia; y el triunfo del bien sobre el mal se materializa; y Electra encuentra al fin «el bálsamo sobre el que se apacigua el alma»; y la mujer lúgubre e incómoda que espantaba a todos puede erigirse ya en «portadora de la alegría», antes de danzar hasta ir apagándose entre espasmos de felicidad; porque, como explica Orestes, «los dioses no soportan que el clamor de la alegría llegue demasiado alto».

El PP debe escuchar impasible las palabras de trapo que esta semana acompañarán la rendición de Crisótemis: «Electra, ¡ayúdanos a que seamos libres!», le dirá el PSE, sumándose a quienes como el PNV y Bildu han transformado hace tiempo la mentira en la verdad. Pero el 20-N llegará Orestes. Sin el hacha, con la ley. Nada de lo que se diga o se haga fuera de ese cauce debe tener valor alguno. Porque una paz injusta nunca será paz. Por eso ha de haber vencedores y vencidos. ¡Ah, sí! Siempre hay vencedores y vencidos. No le demos más vueltas: de lo único que se trata es de si triunfarán los asesinados o lo harán los asesinos. ¿Quién está con Crisótemis? Yo estoy con Electra.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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