La renovación democrática

Acertaba Ortega cuando decía que “para comprender algo humano, personal o colectivo, es preciso contar su historia. (…) La vida sólo se vuelve un poco transparente ante la razón histórica”. Porque es cierto que la historia no se repite y resulta vano esperar la reiteración automática de ciclos idénticos, pero sí es muy útil para saber lo que sucede, para entender lo que nos pasa. Así, ahora, para captar hacia dónde se dirige la desgobernada nave de España resulta esclarecedor remontarse sólo cien años atrás, cuando Antonio Maura, despechado y transido de soberbia, sentenció que “los partidos son incapaces de gobernar”.

Marginado Maura por buena parte de los suyos y asesinado Canalejas -su igual en talento y decisión-, la política española languidecía y se pervertía en manos de segundones sin visión y sin agallas. La excepción de Cambó -político de primer nivel- no pudo aprovecharse por la exigencia regia de que abandonase su ideario catalanista para poder asumir la presidencia del gobierno de España. Todo lo cual provocó que la primera Restauración (que se hizo en la persona de Alfonso XII) comenzase a despeñarse hacia el caos a causa de la exclusión de buena parte del país (la clase trabajadora y la izquierda reformista burguesa), ajena al turnismo de los dos grandes partidos. Se intentó rectificar con dos gobiernos de concentración presididos por Maura y con presencia catalana, pero no fue posible, hasta el punto de que el desgobierno, unido a la crisis del orden público, desembocó en la primera dictadura del siglo XX, proclamada -con anuencia regia- por el general Primo de Rivera, capitán general de Catalunya, quien -la noche del 14 de septiembre de 1923- fue despedido calurosamente en la Estación de Francia barcelonesa. Allí, dos oradores espontáneos y pertenecientes a las clases populares le pidieron a Primo de Rivera que “metiera en la cárcel a los ladrones” y que “acabara con los políticos”. El alcalde de la ciudad, marqués de Alella le dio un abrazo y, cuando el tren partía, el obispo de Barcelona le bendijo. En La Vanguardia del día siguiente se leía: “Jamás habíamos visto cosa semejante en actos de tal índole”.

“El capitán general de Catalunya -dice Javier Tusell- no estranguló a un recién nacido sino que enterró un cadáver; el sistema político murió de cáncer terminal, de resultado conocido de antiguo, y no de un infarto de miocardio”. Lo que, sin embargo, no puede hacer olvidar que en la primera Restauración hubo -desde 1875 hasta 1909 y pese al desastre de 1898- una larga etapa de crecimiento económico y progreso social, que hizo posible -por ejemplo- la edad de plata de la cultura española. Pero el germen de la exclusión de media España, así como la descomposición de un sistema representativo pervertido por la oligarquía y el caciquismo, hicieron imposible su continuidad.

No es igual hoy la situación. España es mucho más rica y culta, el sistema democrático funciona aunque sea con fuertes disfunciones y España está dentro de la UE. Pese a ello, existen notables similitudes entre la Primera y la Segunda Restauración (hecha efectiva en la persona de Juan Carlos I). Una inicial etapa de crecimiento y progreso (de 1975 a 2007); una crisis política de larga incubación (cuyo primeros síntomas aparecieron a partir de 1993); una progresiva pérdida de credibilidad por la clase política, que está alcanzando su clímax con la actual eclosión generalizada de casos de corrupción; un desprestigio generalizado de las instituciones, y la erosión del Estado como sistema jurídico. La conclusión es que la Segunda Restauración está gravísimamente herida, y buena prueba de ello es que comienza a hablarse -como en la Primera- de la necesidad de un Gobierno de concentración PP-PSOE como única salida posible, ciertamente tardía y como tal ineficaz. Los partidos vuelven a ser -como en la Primera Restauración- incapaces de gobernar.

Pero ahí se acaban las similitudes, porque hoy en día es impensable en España cualquier salida que no pase por las urnas. Y éstas hablarán -¡y de qué manera!- a lo largo del año 2015. Se va a producir, tanto en España como en Catalunya, un resultado electoral que relegará al olvido la anterior situación de dos partidos hegemónicos prestos a repartirse el poder. Otros partidos, que encuadran a unos grupos sociales relativamente distintos, tomarán en parte el relevo. Porque es inevitable un cambio en los núcleos dirigentes, y son estos nuevos protagonistas quienes tendrán que acometer un proceso de renovación democrática de las instituciones y, sobre todo, de la actitud ante el ejercicio del poder, que no es una herramienta para beneficio de una minoría -por amplia que esta sea-, sino un instrumento al servicio de todos. En conclusión: no es por suerte tiempo de revoluciones ni de dictaduras, pero sí lo es de renovación profunda de una manera de hacer política que hoy ya no se sostiene. La vieja política ha muerto, y esta vez también de cáncer.

Juan-José López Burniol

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