La represión en el País Vasco

 Una imagen de Gernika, tras el bombardeo del 26 de abril de 1937. FUNDACIÓN SABINO ARANA
Una imagen de Gernika, tras el bombardeo del 26 de abril de 1937. FUNDACIÓN SABINO ARANA

Cumple un aniversario más del bombardeo de Gernika por la aviación a las órdenes de Franco, y volvemos a escuchar las ya habituales desmesuras que forman parte de lo puede denominarse como “el canon de la historia vasca del mundo”. Un canon en el que lo de la villa foral se define como un martirio, genocidio, holocausto o exterminio de un pueblo por sus seculares enemigos. Canon que además lleva camino de convertirse en memoria común por mor de la hegemonía nacionalista en la construcción de la vasca.

Este canon incluye también la noción de que la represión franquista en el País Vasco fue más salvaje y exterminadora que la que tuvo lugar en otras provincias españolas. La puso en circulación el lehendakari Agirre en 1938 y desde entonces sigue siendo mantenida como verdad indubitada, incluso alimentada por los Gobiernos vascos actuales que no titubean en proporcionar en sus páginas oficiales listados incorrectos de represaliados. Por cierto, el canon de la represión especialmente salvaje es el que movió a los jóvenes de ETA a iniciar lo que imaginaron como la venganza de sus padres.

Es curioso, la historia documentada de la represión franquista en las tres provincias vascas nos dice todo lo contrario. Como ha resumido el historiador Erik Zubiaga, si nos atenemos a los listados de ejecutados que se aceptan hoy por la academia, el número porcentual de ejecutados/habitantes en el País Vasco fue del 0,16%, el más bajo de España salvo el de Cataluña del 0,12% (la media española fue casi el 0,50%). El mito de la feroz represión se convierte en un caso de suavidad excepcional, como ya señaló y estudió Francisco Espinosa hace pocos años, y lo que necesita de explicación es esa lenidad excepcional del franquismo en la guerra y posguerra en Euskadi, no lo contrario.

Hoy están probados unos 199 muertos extrajudiciales en 1936 en Álava (Gómez Calvo) y 500 en Gipuzkoa (Aizpuru/Barruso), y menos de 900 condenados y ejecutados por la justicia militar en Bizkaia después de su ocupación en 1937. La suma total equivale al de asesinados o ejecutados en la represión revolucionaria o contraderechista, materia en la que, también en contra de la imagen de oasis de paz que se ha sostenido hasta hoy, los promedios de asesinados en el País Vasco igualan a los del resto de España.

¿Razón de esta excepcional lenidad? No es una cuestión fácil de responder. No se debe, desde luego, al carácter católico y conservador de la población vasca rural. Provincias más conservadoras y agrarias como Burgos, Zamora o Valladolid sufrieron un número muy superior de asesinados a pesar de su muy inferior población. Tampoco se debe al hecho de que cuando la represión llegó a Bizkaia en el verano de 1937 había desaparecido la violencia incontrolada y la represión la aplicaba con método la fiscalía militar, que se supone sería más controlada. No es así, porque esa misma justicia militar causó un número proporcional muy superior de muertes inmediatamente antes en Málaga, donde debutó, y también en Santander y Asturias donde siguió a Bizkaia en su rastro de muertes. El propio fiscal a cargo denunció entonces que en el territorio vasco no se cumplían las normas represoras con la severidad de otros sitios. Y Giménez Caballero lo justificaba entonces en la prensa donostiarra alegando que no era necesario “purificar justicieramente” Bizkaia como sí lo era Málaga o Badajoz. ¿La religión? ¿La política hacia el nacionalismo vasco? Lo cierto es que en fecha tan temprana como 1943 no quedaba en las cárceles de Franco ni un solo nacionalista vasco (Espinosa).

Igual de significativo sobre este trato de favor es el hecho de que las proporciones de combatientes vascos que fueron encausados y fusilados tras consejo de guerra en Bizkaia, Santander y Asturias exhiben una llamativa disparidad en el caso de los combatientes nacionalistas (pues fueron el 41,7% de combatientes y solo el 1,0% de fusilados) mientras que las proporciones entre combatientes y fusilados guardan correlación normal en el caso de anarquistas, socialistas, comunistas y republicanos. En este sentido, y refiriéndose a los años posteriores, Fernando Molina ha puesto de manifiesto cómo las tradiciones de comunidad socialistas o anarquistas fueron desarraigadas de la sociedad por la represión mientras se toleraba la reproducción familiar del canon nacionalista. Vamos, que Luis Arana Goiri volvió del exilio en 1941 siendo como era cofundador del PNV y vivió tranquilamente, mientras que Julián Zugazagoitia fue entregado por la Gestapo en 1940 e inmediatamente fusilado.

Digámoslo en breve: lo asombroso del canon vasco de la represión franquista es que pueda seguir siendo memoria común, incluso aceptada dócilmente en el resto de España. ¿Cuánta historia hace falta para ajustarlo?

José María Ruiz Soroa es abogado.

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