La república deconstruida

El soberanismo constituye una república el viernes al mediodía y se marcha de fin de semana. Fiestas de Sant Narcís de Girona, jardinería en Sant Vicenç dels Horts, rovellons de otoño; tantos y diversos entretenimientos no admiten distracciones políticas. Catalunya es un país creativo dispuesto siempre a innovar. De la tortilla deconstruida de Ferran Adrià a la república que solo existe en los corazones.

Puede que en las próximas horas tengamos noticias de los comités de defensa de la república, de la ANC, de Òmnium, de los próceres de la fase final del proceso que diseñaron escenarios de resistencia en la calle, cortes de carreteras y mantenimiento de la actividad del Govern y del Parlament dijese lo que dijese el BOE. Puede. Pero aunque así fuera, lo cierto es que desde el viernes ha pasado suficiente tiempo como para que sea certero afirmar que la república, como el rey en el cuento de Hans Christian Andersen, va desnuda. En cueros. En pelotas, vaya.

El viernes por la noche vimos a Mariano Rajoy disolver el Parlament, cesar al Govern y anunciar elecciones. El sábado amanecimos con la destitución del mayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero. Siguió la jornada con la retirada efectiva de los escoltas a los consellers. El famoso 155 haciendo su trabajo, vaya. Y mientras, en la trinchera soberanista una comparecencia de Carles Puigdemont pidiendo paciencia y perspectiva y un artículo de Oriol Junqueras explicando lo difíciles que son las cosas. Nada más. Bueno, sí, en las redes sociales el ingenio, el voluntarismo y la bisoñez de siempre convirtiendo la victoria del Girona ante el Real Madrid en una metáfora de la victoria de la República Catalana ante el Reino de España.

Va siendo hora de probar con la verdad. La república es solo un gesto porque toda la estrategia del independentismo se basa en acabar forzando la negociación con el Estado. La unilateralidad es el punto final de ese camino que todo lo fía a ir doblando la apuesta. Falta por ejecutar el tramo final: colapso callejero, huelga general, el otoño catalán, el Maidán. Parece, a tenor de las señales del fin de semana, que el tramo final del plan no cuenta ya con muchos partidarios. Esperemos que así sea por el bien de todos, independentistas, unionistas y mediopensionistas.

El debate va a estar muy pronto en las elecciones que ha convocado Mariano Rajoy y que habría podido convocar Carles Puigdemont si el independentismo institucional no fuera el peor carcelero de sí mismo. ¿Qué deben hacer los partidos soberanistas? ¿Presentarse y reconocer que la república no es tal? ¿No presentarse y correr el riesgo de quedar fuera de las instituciones para seguir ejerciendo de «legítimo Govern» desde fuera de una Generalitat en manos de aquellos que sí reconocen el poder del Estado? ¿Hacer ver que esas elecciones que ha convocado Mariano Rajoy son en realidad unos comicios convocados por el propio soberanismo solo que añadiéndole el adjetivo de constituyentes para que siga rodando la pelotita del relato?

Sigue siendo hora de probar con la verdad. Serán unas elecciones autonómicas en las que el independentismo tendrá de nuevo la oportunidad de probar sus fuerzas y demostrar que puede superar su mejor marca del 2015, establecida en 72 diputados y el 48% de los votos. Más que suficiente para hacer de la independencia el primer tema de la agenda política, pero no para avalar la unilateralidad.

El PDECat y ERC van a presentarse con toda seguridad. Harían bien ambas formaciones preguntándose si valía la pena dejar en manos del Estado las instituciones catalanas para proclamar una república que no es nada y si ello no las obliga también a interpelar a sus dirigentes y representantes sobre qué costes y qué beneficios han deparado sus decisiones. Ya saben, en política, como en la vida, cuando los primeros son superiores a los segundos se exigen responsabilidades.

Y para seguir probando con la verdad, estaría bien que en sus programas fueran tan ambiciosos como deseen, pero que añadan al aliño de promesas una dosis de realismo sin el cual ni la política ni la sociedad catalana podrán escapar de su laberinto. Sería suficiente que supiesen zafarse de los grilletes del tenim pressa y aceptasen la imposibilidad del atajo mientras los números en las elecciones sean los que han sido hasta la fecha. De hecho, bastaría con que la distancia entre lo que dicen en privado y lo que dicen en público se acortara, si no del todo sí lo suficiente para que no acaben siendo discursos contrarios.

Josep Martí Blanch, periodista.

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