¿La resistencia frente a Trump?

“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Y a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. De la famosa justificación de Abraham Lincoln a favor de la democracia se omitió un hecho clave: la democracia es un juego de mayorías y sí puedes engañar a la mayor parte de la gente la mayor parte del tiempo.

Es por eso que la democracia suele ser autodestructora. Su mayor enemigo son los votantes. Algunos de los peores dictadores de la edad contemporánea -Hitler y Mussolini entre otros- subieron al poder ganando unas elecciones. Los que ascendieron por guerras o golpes se legitimaron luego convocando plebiscitos multitudinarios. Sus descendientes espirituales son los populistas, demagogos y autoritarios que abundan en el mundo actual: un Putin, por ejemplo, o un Maduro, que abusan de los votos para perpetuar sus dictaduras, o un Bolsonaro que se eleva a la Presidencia de Brasil recomendando la dictadura como solución a los problemas del país, o un Trump, para quien una plataforma electoral no es sino un pretexto para aumentar su propio poder, o unos independistas catalanes que explotan defectos en el sistema electoral para marginar a la mayoría de sus conciudadanos.

Pero el reto más grave que afronta la democracia en la actualidad surge, casi sin observarse ni temerse, desde fuera de los sistemas electorales, no depende en absoluto de la candidez explotable de los votantes.

En EEUU este reto se develó hace un par de meses en el nuevo libro de Bob Woodward, periodista veterano, cuya fama procede de sus investigaciones en los años 70 del siglo pasado por esa “garganta profunda” que le entregó los secretos de los delitos del presidente Richard Nixon, en relación con el caso Watergate. La última gran publicación de Woodward ha sido Fear: Trump in the White House (Miedo: Trump en la Casa Blanca), una investigación, a base de entrevistas, sobre cómo funciona la Presidencia de ese parvenu político que desconoce las estructuras que debe gestionar y el ambiente que debe presidir en Washington, D.C. Según textos grabados por Woodward, en conversaciones con algunos de los coadjutores más íntimos del presidente, se le calificó de “idiota desenfrenado” y “mentiroso desgraciado”, con “el nivel intelectual de un niño”- lo cual sirvió para vender el libro y rellenar reseñas. Se vendieron más de un millón de ejemplares.

Pero la revelación más interesante, y relativamente poco comentada, fue que hay gente del personal de la Casa Blanca que se dedica a sustraer borradores de la mesa de trabajo del presidente para evitar que se firmen: es decir, que hay burócratas y técnicos, no elegidos democráticamente, que se dedican a frustrar la política del elegido del pueblo.

Tratándose de Trump me parece bien que sea así. Todo lo que se le impida hacer conduce al bien del país y del mundo. Pero no cabe duda de que el reto a la democracia es claro, insidioso y perturbador. Las declaraciones de Woodward, publicadas el 3 de setiembre, se confirmaron el día siguiente, cuando salió un artículo del New York Times, supuestamente firmado por un “oficial de alta categoría de la Casa Blanca”, contando los métodos por los cuales unos “héroes clandestinos (…) trabajaban diligentemente desde dentro de la Administración para frustrar los intentos del presidente y callar sus peores instintos”. El autor se proclama ser “parte de la Resistencia” interna a la Presidencia Trump.

Como todos los golpistas militares, revolucionarios políticamente ilegítimos, validos de corte y eminencias grises de la historia, los de la Resistencia interna de la Casa Blanca insisten en su derecho de ejercer un papel casi constitucional, protegiendo a las instituciones de los excesos de un líder peligroso o dañoso, y hasta, según reza el texto del artículo del New York Times, “defendiendo la democracia”. Su “deber primordial”, se felicita el infiltrado, “es servir al país mientras el presidente actúa de una forma contraria al bienestar de la república”. El que se apropia los derechos colectivos de la ciudadanía no es un demócrata, sino un arrogante. El que desvía las funciones de un presidente elegido hacia unos intrusos anónimos que carecen de legitimad democrática es un sedicioso, que intenta realizar su propia visión antes de cumplir la ley o obedecer a la constitución o conformarse a los principios filosóficos de la democracia.

Curiosamente, estas pruebas de cambio profundo en el funcionamiento del sistema de gobierno de EEUU parece que se olvidaron o se descartaron casi en cuanto salieron. Y ya no se comentan más. En los EEUU de Trump experimentamos todos los días los efectos de la política de distracción. Con cada nueva burrada o insulto o disparatada el presidente logra cambiar la agenda de los medios informáticos, ocultar los hechos, suprimir datos importantes y paralizar a sus críticos, rellenándoles la boca y la tripa de una cantidad indigestible de pábulo, que les deja parpando ineficazmente, como gansos productores de foie gras andando a tropezones bajo su peso incontrolable. Por tanto, las noticias son un caleidoscopio de fragmentos cegadores y lo auténticamente importante resulta indistinguible o evanescente.

El hecho de que el país se rija por unos anónimos en lugar del ejecutivo elegido -de que, en efecto, la democracia supuestamente modélica del mundo se ha convertido en tecnocracia- debe llamar la atención. Hasta cierto punto, saber que el presidente carece de autoridad no es ninguna novedad. Los conocidos contrapesos de la constitución estadounidense -la supervisión del Congreso, la eminencia de los tribunales, el sistema federal que delega a los estados individuales gran parte de la responsabilidad soberana- sirven para impedir el despotismo y mantener al presidente dentro de una esfera pomposa pero poco potenciada. En cambio, el presidente es el presidente: el “jefe”, como reza la canción que toca la banda oficial en todos sus viajes a zonas de país, el punto final “donde logra parar la culpa de todo”, como decía el presidente Truman. Los ciudadanos esperan que el presidente pueda mandar, por lo menos en el sentido de dirigir el rumbo general de la política; no quieren que unos tecnócratas le reemplacen.

Irónicamente, el ascenso de la tecnocracia es uno de los motivos de la frustración entre los electores que dio lugar a la elección de Trump y uno de los factores que negaron al partido Demócrata la conquista del Senado en las elecciones más recientes. Sucesos paralelos han producido manifestaciones populistas en Europa. El dominio de los tecnócratas de la Unión Europea sobre los representantes elegidos por los pueblos era parte imprescindible del fondo del Brexit. El triunfo de los populistas en Italia fue un reflejo del rechazo popular a la herencia tecnócrata de la época de Monti. Las intervenciones antidemocráticas de los tecnócratas convierten a Trump en una especie de mártir del pueblo.

En EEUU la peor consecuencia del mando de los tecnócratas es que esos sedicientes guerrilleros en la Casa Blanca que esconden los borradores más nefastos del presidente le están protegiendo de los efectos de su propia estupidez. Trump se suaviza. Su política sale menos desastrosa. Y tal vez lo peor de todo es que la presencia de un monstruo al mando de la superpotencia mundial resulta normal. Su monstruosidad se hace cada vez menos obvia y su deformación moral y mental menos monstruosa. Nos estamos acostumbrando. Ya no nos choca el hecho de que cada madrugada salga otro tuit ofensivo, analfabeto, mentiroso, o enloquecido. La locura se normaliza. Los disparates se hacen rutinarios; las mentiras, regulares; las amenazas violentas ligeramente chuscas; los insultos, muestras de una etiqueta quizás excéntrica pero abordable. Las denuncias de los supuestos delitos de Trump -los fraudes, los actos corruptos, los acosos sexuales- son tan frecuentes que ni llaman la atención. Las mentiras caen de su boca con la normalidad de las hojas del otoño.

El nivel de aceptación del que goza el presidente es evidente en el hecho de que, ahora más que nunca, el partido republicano se identifica con su personalidad y con la política trumpista. Los escépticos dentro del partido, filtrados por las elecciones midterm, han renunciado, jubilado, muerto, o convertido al trumpismo. ¿A quiénes hay que echar la culpa? ¿Al electorado por mostrar un defecto de la democracia? ¿O a los tecnócratas, cuya arrogancia provoca la reacción populista?

Felipe Fernández-Armesto es historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU).

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